Antes de El Mapa y el Territorio

LLevo tiempo (ahora que lo pienso, casi un año) con la intención de leer El Mapa y el Territorio, la última novela hasta la fecha de Michel Houellebecq y que valió al escritor francés el Premio Goncourt el pasado año. Pero como tenía ciertas reservas, he decidido comenzar a adentrarme en el universo Julebé (con permiso de SAP, nick del creador del término y personaje listo e ingenioso donde los haya http://lavidaconestagente.blogspot.com.es/  que encima escribe estupendamente) a través de Las partículas elementales (Ed. Anagrama. Colección Compactos 15ª edición, mayo 2011. Traducción de Encarna Castejón). Y aún lo estoy digiriendo. Quizás por lo rápido que lo he leído. Una auténtica pena terminarlo tan pronto…

Seguro que muchos de vosotros lo habéis disfrutado antes que yo. No sé si compartiréis mi opinión pero a mí me ha entusiasmado. De principio a fin. He encontrado todo lo que esperaba de Houellebecq y aún más.

El hilo conductor de Las Partículas Elementales es la historia de Michel y Bruno, dos personajes que, en principio, solo comparten madre aunque, en realidad, ambos son producto de los mismos efectos perversos de la sociedad que les ha tocado vivir; y ambos son hijos de la revolución sexual de la que nos hablaba Martin Amis en su Viuda Embarazada.

Houellebecq es, en cierto modo, determinista. Quizás por eso los descendientes de la frívola Janine Ceccaldi están predestinados desde su nacimiento a sufrir una orfandad emocional que los convertirá en seres asociales. Cada uno a su manera, eso sí. Supongo que para aquéllos que conocéis algo del escritor francés es una obviedad que diga que hay mucho de autobiográfico en este libro. Y mucho de rencor hacia su madre. Es curioso, pero la figura paterna es un algo casi accidental, irrelevante diría yo. El origen de las miserias es ella; la que abandona es ella, la que hace sufrir es ella. Freud se frotaría las manos leyendo el libro porque, paralelamente, hay algo de misoginía en el francés.

Janine Ceccaldi es la encarnación del carpe diem. Guapa, liberal, eterna víctima del síndrome de Peter Pan y de su propio hedonismo. Incapaz de asumir el paso del tiempo y de establecer relaciones afectivas estables; especialmente con un hijo, por la enorme dependencia que ello supone. Inmadura, pseudo intelectual, vividora y con dinero, lo que al final de la vida puede convertirse en un instrumento para continuar rodeada de juventud, de esa juventud que irremediablemente se ha ido.

Bruno Clément, el mayor de los hermanos, muestra un desapego absoluto respecto de sus padres desde muy pequeño, lo que puede resultar extraño ya que los niños suelen conformarse hasta con las migajas de afecto en esa edad en la que los padres lo son todo y son, aún, perfectos. Tiene como único referente emocional a su abuela, pero le falta demasiado pronto y aprende, también demasiado pronto, en qué consiste la jungla de la vida. Aunque le pese, Bruno tiene mucho de su madre. Misógino, obsesionado con el sexo (el único modo que conoce de relacionarse con las mujeres) y a la vez víctima de una enorme inseguridad agudizada por el tamaño de su pene, lo cual resulta lógico si tenemos en cuenta que esas mujeres son para él poco más que fuentes de placer físico, por usar un término correcto; en realidad, son un par de agujeros y, sobre todo, una boca. Creo que en el fondo les tiene miedo o, más aún, pánico.

Michel Djerzinski es otro solitario. Una especie de caracol pseudo genio que renuncia demasiado pronto a la felicidad y casi a la vida. El sexo es para él un trámite asociado a una edad y a un estado hormonal que ve alejarse podría decirse que con alegría. Se priva a sí mismo de aquéllo que quiere porque al tiempo se considera incapaz de amarlo. Pero eso no le libra del sufrimiento; simplemente lo resigna al mismo.

Houellebecq dedica un ímprobo esfuerzo a situarnos en el entorno preciso en el que se desarrolló la infancia de los hermanos. Precisamente porque ahí se encuentra la explicación al cómo son Bruno y Michel hoy y al cómo han transcurrido sus respectivas vidas. Ellos, en definitiva, no han elegido nada. Las cosas, simplemente, no podían ser de otra manera. En este sentido, Las Partículas Elementales es casi un tratado de sociología. El escritor francés desmenuza con absoluta precisión la evolución del pensamiento, de la cultura y hasta de la ciencia en los años en los que transcurre su libro. De hecho, la ciencia tiene un papel fundamental a través del personaje de Michel. El libro está lleno de continúas reflexiones y exposiciones más o menos inteligibles pero que siempre encajan en la historia. Al igual que ocurre con los experimentos, el devenir de los acontecimientos resulta predecible.

El francés nos enseña una sociedad fría, materialista, marcada por el individualismo y por una exaltación enfermiza de la juventud, el sexo y la belleza. El mundo es un lugar donde la felicidad es algo casi inalcanzable o, cuando menos, efímero, y en el que los seres son casi autómatas incapaces de comunicarse. El cómo nos lo enseña es otro cantar; escéptico, provocador, cínico, casi cruel; en ocasiones mordaz y permanentemente incómodo. Las Partículas Elementales, que contiene pasajes que muchos calificarían de pornográficos, hace que te remuevas en el sillón. Y eso me gusta.

Sobra decir que Houellebecq es un escéptico en lo que a las relaciones de pareja se refiere. Sus personajes son incapaces de entregarse a nadie ni de abrirse del todo a nadie. Individualismo como principal síntoma de una sociedad enferma en la que los seres que la componen forman un grupo extraño y heterogéneo. Los escasos momentos de “relajación” que encontramos en Las Particulas Elementales son un puro espejismo. El escritor no hace ni una concesión a aquéllos que gustan de lo amable. Pero engancha. Y deja un sabor amargo. Quizás porque en este libro encontramos mucho de lo que nos rodea y quizás algo de nosotros mismos.

Esta vez no puedo transcribiros ningún pasaje porque he prestado el libro antes de tiempo, me temo. Así que no habrá en este post pruebas escritas del incorformismo y de esa acidez rasposa e hiriente que lo ha dado a conocer. En todo caso, abstenerse los fans de los finales made in Hollywood.

Hoy viernes empiezan mis vacaciones. Aún no sé si me iré con el portátil o si directamente me desconectaré hasta la vuelta. En todo caso, en un momento u otro os contaré a qué he dedicado mis momentos de lectura que espero que sean muchos y provechosos.

Felices vacaciones (o al menos lo que queda de ellas). Y muchas gracias. Por lo de siempre.

El afán

El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán.

Este puede que sea el leit motiv de Juegos de la Edad Tardía, la estupenda novela de Luís Landero (Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Edición, octubre 1989, última de 2005, con prólogo del autor) que por fin ha encontrado un hueco en mi haber literario. Si bien, otros menesteres (y algún problema con la vista) me han tenido alejada de sus páginas y del teclado más tiempo del razonable. Espero que, aún así, sigáis al otro lado.

Juegos de la Edad Tardía es un libro complejo. De una complejidad creciente. Comienza de forma plana, anodina, como un reflejo de su protagonista, Gregorio Olías; oficinista gris y condenado a una vida mediocre. O quizás, simplemente, condenado a una vida que no es la que él siempre quiso vivir y a la que renunció sin que haya sido capaz de llegar a saber por qué. Pero “contaminado” por el afán. Por ese deseo de llegar a ser algo en la vida que ha presidido la de sus antepasados. Estirpe frustrada de hombres que nunca llegaron a ser lo que querían ser.

Gregorio Olías viene al mundo en un pueblo cualquiera. Sin embargo, el destino, que todo lo perturba, le reserva un sitio en la ciudad. En un tiempo en el que, como nos recuerda el autor, las diferencias entre uno y otra exceden lo imaginable. En una España en la que aún se huele la pobreza y se respira el hambre de comida y de cultura. A esa civilización en estado aún embrionario llega nuestro protagonista, tras la muerte de sus padres, a compartir casa, vida y destino con su tío Félix.

La existencia de Gregorio transcurre, podríamos decir, sin sobresaltos; siguiendo esa hoja de ruta aceptada por todos y diseñada (no se sabe bien por quién) para servir de guía a todo hombre “social”. Consigue por tanto alcanzar eso que muchos calificarían de felicidad y otros -los menos- de conformismo.

Aún así, dentro de Gregorio Olías se esconde el afán. Solo está dormido, inerte. Necesita ser despertado. Necesita esa “gota que colma el vaso”, esa “pieza que cuadra el puzzle”. Y ese “eslabón perdido” se llama Gil Gil Gil. Todo un guiño a la mediocridad y a lo comúnmente aceptado, lo que muchas veces (más de las deseables) viene a ser lo mismo.

A través de las conversaciones telefónicas que ambos personajes entablan, Gregorio va descubriéndose a sí mismo. Empieza a ser lo que siempre quiso ser; y lo que Gil quiere que sea. Poco a poco deja de ser Gregorio Olías para convertirse en Augusto Faroni, ese álter ego o más bien “contra ego” que piensa, dice y actúa como Gregorio no se atrevería nunca. Encuentra en Gil el caldo de cultivo perfecto. Tanto es así que éste encontrará, a su vez, a Dacio Gil Monroy, trasunto de sí mismo. Como Don Quijote y Sancho, personajes con los que comparten más que obvias similitudes.

Pero el principal problema de ese juego es que conduce a un enfrentamiento entre el protagonista y sus propias miserias, su auténtico yo. La grandeza de Faroni sirve para empequeñecer aún más a Gregorio. Como si de repente le pusieran un espejo delante y se mirara por primera vez. Y no le gusta lo que ve. Se encuentra de sopetón con sus limitaciones y con su cobardía. Se tropieza con la resignación de los que han renunciado a sus ideales y han confundido felicidad con seguridad.

Ya hemos “hablado” alguna vez de esa eterna lucha entre lo que se es y lo que se quiere ser. Y de como la asunción de ese “yo ideal” puede tener consecuencias impredecibles. Recuerdo por ejemplo El Adversario, quizás el ejemplo más extremo del miedo a que se descubra la verdad sobre uno mismo. Eso le ocurre a Gregorio. Faroni le irá fagocitando poco a poco, casi sin que se de cuenta. ¿Cómo parar la mentira cuando es tan fácil mentir?. ¿Cómo parar la mentira cuando nos permite aparecer como perfectos?. ¿Cómo parar la mentira cuando es exactamente lo que los otros quieren ver?. ¿Cómo parar la mentira cuando de ella dependen el reconocimiento y hasta nuestra felicidad?.

No obstante, Gregorio Olías, al igual que le sucedía a Jean Claude Romand, vive momentos de auténtica angustia, de hastío por su impostura. Es el cansancio del fingimiento; un fingimiento que los hace verse a sí mismos aún más miserables de lo que son en realidad. Pero en Olías no hay maldad; solo miedo.

Pero de nuevo le volvio el cansancio del absurdo, y lo sintió intermitentemente durante mucho tiempo, mientras Gil pedía instrucciones para representar con éxito su nuevo carácter y él hablaba ya sin necesidad de libreta, pues las preguntas eran tan fáciles que podían contestarse casi con la verdad pelada: “Se peina, ¿con el peine o con la mano?, ¿cruza las piernas cuando se sienta?. ¿escribe por las noches?, ¿se deja crecer las uñas?, ¿hace gimnasia al levantarse?”, y Gregorio, para darle un aire real a la farsa, comenzó a peinarse con la mano, a dejarse crecer las uñas y a hacer ejercicios gimnásticos cada mañana. Aquellas sutiles alteraciones en los hábitos lo animaron por unos días, pero la fatiga de la ficción, y el peso de las ilusiones y los malos presagios, lo sumían frecuentemente en una tristeza sin retorno. Comenzaban a hastiarle los ensueños nocturnos, y a avergonzarle sus hábitos de siempre. A veces sus nombres ficticios le producían dentera. Las preguntas de Gil se le hacían por momentos insoportables, y cada día era más lacónico en las respuestas. Definitivamente, estaba saturado de irrealidad. (pág. 185).

Evidentemente, Lantero es un incorformista, un anti-modelo social. Pero no quiere ocultarnos los riesgos del individualismo. Juegos de la Edad Tardía es una especie de fábula con una prolija moraleja. Primero sutilmente, de forma abrupta después, Gregorio Olías va desapareciendo. Como ocurre en El Quijote cervantino, el protagonista empieza a confundir realidad y ficción. Una mentira sustenta a otra y así sucesivamente. Y la cada vez más evidente justificación de esas mentiras es la argamasa que las une.

El anuncio de que Gil visitará la ciudad será el elemento determinante de la novela. A partir de ahi el ritmo y la historia sufren un giro casi completo. De repente hay otro Landero, otros Juegos de la Edad Tardía. Incluso otro Gregorio. Nos acercamos al surrealismo y al esperpento. En algunos momentos, el protagonista y alguno de los personajes que le rodean en su otra vida me han recordado al investigador sin nombre de Mendoza y sus adláteres. Y en otros al Segismundo de Calderón (La Vida es Sueño es uno de esos libros que sé que me acompañarán siempre). Curiosas son, sin duda, las asociaciones mentales que hacemos. O puede que solo se trate de metaliteratura.

Ese camino sin retorno convierte los Juegos de Landero en un libro apasionante a pesar de que en algún momento me pareció algo monótona su lectura. Pero casi casi creo que esa monotonía es algo buscado, algo que se corresponde con el propio Gregorio y con esa primera parte en la que aún no ha perdido el control sobre su propia vida.

Alguno se estará preguntando dónde está la mujer que obviamente comparte con Olías esa vida sosegada y convencional. Angelina es el necesario contrapunto de Gregorio. Con los pies firmemente anclados en la tierra es el más claro ejemplo de que esa hoja de ruta de la que escribía hace ya algunos párrafos lleva a muchos a encontrar la felicidad o al menos a pensar que la han encontrado. En realidad, no hay mucha diferencia entre una cosa y otra, supongo.

¿Qué más podría contaros de Juegos de la Edad Tardía?. Que me gusta como escribe Landero. Que es un libro más denso de lo que pueda parecer. Que tiene momentos tiernos. Que, a pesar de que nos acerca al pesimismo existencial, deja entrever cierta fe en la especie humana. En fin, que es libro más que estupendo.

Muchas gracias; por lo de hace mucho (y lo de siempre).

Lo general y lo concreto

La frialdad de las cifras tiene el efecto perverso (y aliviador) de alejarnos de la realidad. Lo general, por definición, siempre nos resulta más extraño, más lejano. Lo concreto, por el contrario, nos toca más cerca.

Quizás el ejemplo más claro de lo que digo sea el referido a las cifras de víctimas. Llega un momento en el que la cabeza, y quizás el corazón, se abstraen y toman distancia de los efectos de las grandes tragedias que los hombres hemos sufrido a lo largo de los siglos. Ya sea por los caprichos de la naturaleza, ya sea por nuestros propios caprichos o por nuestra siempre presente vanidad.

Las cifras de muertos de la Segunda Guerra Mundial consiguen abrumarnos: 40, 50, 60 millones de muertos; quizás 70 u 80. Como si 10 millones arriba o abajo no importaran. Parece que suena más o menos igual. Y dentro de ese desfase absoluto de sinrazón empezamos poco a poco a concretar: 25 millones en Rusia, unos 13 en China; si descendemos un poco más nos encontramos con los más de 200.000 muertos en Hiroshima y Nagasaki, quizás las más crueles demostraciones de poder omnímodo que forman parte de nuestra historia. Pero no es éste el sitio para hablar de eso. O sí. Pero desde una perspectiva literaria. Hiroshima (Ed. Debolsillo, 2ª Ed. marzo 2011) es el libro que me ha llevado a estas reflexiones. Tristemente, no es una novela de ficción, sino un artículo publicado en la revista The New Yorker escrito por el Premio Pulitzer y corresponsal del Pacífico durante la Gran Guerra, John Hersey, convertido en libro.

Hiroshima es lo contrario a la generalidad. Lo contrario a la absurda y estéril empatía, universal y enfermiza, que a veces sufrimos. Hiroshima pone nombre y apellidos a la tragedia, a las víctimas, al sufrimiento. Y eso es, precisamente, lo que lo convierte en espeluznante. Las vivencias de los seis personajes que componen este relato son capaces de hacernos atisbar lo que debió ser aquel infierno. Otro de esos libros que debería ser de obligada lectura, sobre todo en una parte del mundo en la que la industria del cine americano ha vendido a lo largo de las décadas la versión parcial de esa guerra que han querido enseñar: los japoneses son los bárbaros que atacaron sin piedad Pearl Harbour. Se olvida que el castigo fue brutal, tremendo. Dos bombas (por llamarlo de alguna forma) lanzadas sin piedad sobre poblaciones llenas de civiles y niños, cuyos efectos, físicos y psicológicos, aún hoy perduran. Otra forma de holocausto.

Hiroshima no tiene absolutamente nada de novela. Es narración real pura, directa, dura, pero a la vez humana. En ningún momento a lo largo de la lectura de sus páginas se pregunta uno de dónde han salido esas historias. Es evidente que fueron reales; quizás porque Hersey no se ha detenido en ese detalle o en esa frase en las que sin dificultad se adivina que el escritor ha añadido algo suyo a la trama. Son páginas impresionantes; todas ellas. El libro comienza con el estallido de la primera bomba y a partir de ese momento nos narra cómo se vivieron esos primeros momentos de absoluto caos. Los primeros instantes en los que se pensaba que lo que había caído del cielo era una bomba más. Y las horas posteriores, en los que poco a poco los supervivientes se van dando cuenta de la dimensión del desastre mientras comienza a llover una extraña ceniza del cielo. Aunque siguen sin entender absolutamente nada. No es de extrañar; aún hoy, a muchos nos resulta incomprensible.

Algo parecido a una película de zombies debió resultar ese dantesco desfile. Silencio, gente en harapos o desnuda; gente a la que las quemaduras ha labrado los dibujos de la ropa que llevaban en su propia piel. Decenas, miles de personas deambulando sin saber hacia dónde van, sin saber si están vivos o muertos. Esperando que en algún momento termine el infierno y aparezcan casas en pie, hospitales en pie, gente a la que no haya alcanzado el monstruo. Pero ese lugar no llega: está demasiado lejos, a demasiados kilómetros. Y toda esa gente tiene que convivir, malvivir durante días con la muerte, los lamentos, la sangre, el hedor y la miseria. Solo uno de los protagonistas permanece con su cuerpo intacto: el Sr. Tanimoto. Hersey nos cuenta como los que se cruzaban con él exclamaban !Miren! Uno que no está herido. También nos cuenta el efecto que a Tanimoto le causaba lo que veía alrededor: Como cristiano, se sintió lleno de compasión por los que estaban atrapados, y como japonés se sintió abrumado por la vergüenza de estar ileso, y rezaba mientras corria: “Dios los ayude y los salve del fuego” . […] Durante todo el camino se cruzó con gente terriblemente quemada y lacerada, y eran tales sus remordimientos que se giraba a derecha y a izquierda para decirles: “Perdonen que no lleve una carga como la suya” (pág. 41).

No hay nada más que contar del libro. Supongo que todos creemos conocer esa historia. Pero no es verdad. No la conocemos en absoluto. Hersey nos cuenta cómo la vivieron algunos. Pocos, solo seis; seis hibakushas, como se llamó a aquéllos que sobrevivieron a la explosión y que se convirtieron en una especie de grupo casi maldito, temido por todos y manipulado por muchos. Pero el testimonio de éstos es, sin duda, suficiente para atisbar, aunque sea remotamente, lo que Hiroshima debió ser. Y lo que Hiroshima es aún hoy.

Leédlo, leédlo, leédlo!!!. No suelo decirlo, pero a veces se me escapa. No hay nada blando ni fácil en Hiroshima. Pero consiguió remover la conciencia de muchos. Estoy segura de que aún hoy lo sigue haciendo.

Un obituario dedicado a Hersey y publicado en The New Yorker afirmaba que es posible que Hiroshima fuera “el más famoso artículo de revista jamás publicado” y continuaba afirmando que “si hubo alguna vez un tema proclive a hacer que un escritor fuera recargado y un artículo farragoso, ése era la bomba de Hiroshima; pero el reportaje de Hersey fue tan meticuloso, sus frases y párrafos tan claros, serenos y contenidos, que el horror de la historia que tenía que contar nos resultó especialmente espeluznante”.

Antes de despedirme quiero mandar un abrazo a un amigo que pasa por uno de esos momentos que nadie querría vivir y que nadie debería hacerlo. Es muy posible que conozca Hiroshima, porque devora todo lo que se refiere a la II Guerra Mundial. Es de esos que no se conforma con que los demás le cuenten lo que pasó. Afortunadamente, aún nos quedan muchos momentos para que podamos hablar de esa Guerra (yo, más bien escucharte) y de todo lo demás.

Gracias, por lo de siempre.

Anotación: la feria del libro y del relato

Pocas horas después de publicar mi última entrada, encuentro un suplemento en El País titulado La Primavera del Cuento. Y claro, me acuerdo de que este fin de semana es la Feria del Libro en Madrid (quien pudiera…) y de la eterna lluvia que suele acompañarla.

NOTA (día 22): me temo que me he adelantado y que la Feria empieza este viernes 25 y termina el 1o de junio. Así que es posible que este año la lluvia le de una tregua. Buena visita a los que os acerquéis a inaugurarla. Posiblemente el día 9 tendré ocasión de acercarme.

Creo que ya escribimos/hablamos del auge de la novela corta y del descubrimiento de la novelle. Resulta que no soy la única persona que se ha percatado de ello, lo que  en realidad no tiene mérito alguno: cualquiera a quien le guste brujulear y pulular por las librerías lo habrá advertido. Pero me gusta encontrarlo en negro sobre blanco. Igual que me resulta curioso que justo después de leer Mal de Piedras aparezca un reportaje en un referente cutural como es, al menos para mí, El País, contándonos las bondades de la novela corta italiana que es, precisamente, la invitada y protagonista de esta edición de la Feria.

Autores y editores coinciden en señalar que el relato corto italiano se adapta como anillo al dedo al convulso momento que vivimos y a la evidente falta de certidumbre que existe acerca de cuáles serán en un futuro inmediato las nuevas formas de leer y escribir (por no decir las de vivir). Sería una temeridad el pensar que el libro, tal y como lo hemos entendido hasta la fecha, es un objeto inmortal. La afirmación de que Italia es una mina de historias posibles supongo que no sorprende a nadie.

Encuentro en el suplemento referencia a libros que he leído, a escritores que conozco, a otros que quiero conocer y a otros de los que nunca he oido hablar. Entre los primeros, más allá de los de siempre, (entre los que incluyo a mi admirado Italo Calvino) la deliciosa Seda de Alessandro Baricco, convertida por Francois Girard en 1997 en una infumable película; la sorprendente y redonda ópera prima de Paolo Giordano La Soledad de los Números Primos o la tierna y crítica Donde el corazón te lleve de Susanna Tamaro.  Entre los segundos, Antonio Tabucchi y su Sostiene Pereira, convertida, esta vez, en estupendísima película por Roberto Faenza (1996) con un inolvidable y siempre grande Mastroianni o la cruenta Gomorra de Roberto Saviano (de la que creo existe una buena adaptación cinematográfica que no he visto), a la que me una peculiar relación “ahora me apetece leerte, ahora no” (de momento, ni la he comprado pero sí ojeado y hojeado muchas veces). 

Mención aparte merece el fenómeno Federicco Moccia. He leído Perdona si te llamo amor, ese título inmortalizado en manos de Iker Casillas por un paparazzi hace un par de veranos coincidiendo con su televisivo beso. No sorprenderá que diga que es un título prescindible. Pero quizás si sorprenda que confiese que me descubro ante alguien capaz de hacer leer con fruición a millones de personas de las cuáles, la mayoría, son casi alérgicas a los libros. Y si Moccia es la puerta de entrada a mucho más, bienvenido sea. Nunca se empieza la casa por la ventana.

De los que no conozco (muchos, me temo) aparecen en grande Natalia Ginzgurg (o Natalia Levi), Carlo Emilio Gadda y Claudio Magrís. Mucho trabajo (y mucho placer) por delante. Lo compartiré con vosotros (D.m.) cuando llegue el momento.

Feliz fin de semana literario.

PD: de paso me entero que tras un nombre como el de Gerónimo Stilton (del que mi hija mayor ha sido devota seguidora) se encuentra una italiana. Lo dicho, las cosas no siempre son lo que parecen.

La cosa principal

Mal de piedras (Milena Agus. Ed. Siruela, 2008) es un relato sorprendente. De esos que uno empieza sin saber lo que se va a encontrar y resulta que encuentra algo más de lo que esperaba. Quizás no al principio, porque sus primeras páginas hacen pensar a uno que ya ha leído cosas parecidas; me ha recordado a las novelas de Isabel Allende o Laura Esquivel que en su momento ocuparon mis horas de lectura aunque tengo que decir que a día de hoy, mis gustos van por otros derroteros.

Es una de esas historias en las que los personajes femeninos parecen inundarlo todo. Universo matriarcal que suele aparecer envuelto en un halo de misterio, magia o como quiera que se llame. Las mujeres de estas novelas nunca son mujeres sin más, siempre aparecen “tocadas” por una especie de “don divino” que las situa casi por encima de lo humano. La protagonista de Mal de Piedras tiene algo de todo eso. Será su nieta quien nos narre su historia y quien nos desvele un final que le da sentido a todo el relato y que lo hace aún más diferente a todos los que en un principio me recordaba.

Abuela (así se refiere a ella, con mayúscula) fue una niña peculiar. Obsesionada con encontrar un amor que no llega y que ella adivina en cualquiera que se le acerque. Tan deseosa de querer y ser querida, con una idea tan sumamente idealizada, intensa y apasionada de la pareja que es incapaz de distinguir los sentimientos. El libro nos cuenta como tras un primer encuentro acosaba con cartas casi obscenas a sus hipotéticos pretendientes, los cuales huían despavoridos. Esa fue su vergüenza: aunque todo quedara en papel. Y de su vergüenza nació su locura y de su locura su propia autodestrucción. No es la primera vez que me encuentro con una mujer que utiliza el autocastigo físico como forma de catarsis; me vuelve otra vez a la memoria La Pianista, esa película de Haneke que tanta angustia y soledad transmite. Aunque Abuela no llegue a tanto; pero se le acerca.

 Su locura pesa como una losa en la familia. Mientras ella siga en casa, encerrada y atada cuando no hay otra forma de controlarla, la felicidad del resto parece imposible. Por eso la casan. La obligan a casarse con un viudo que la conoce, que sabe todo de ella y aún así la acepta sin quererla, en pago de una deuda de la que nunca se nos contará nada. A partir de ahí nace una relación extraña entre la pareja y a partir de ahí Mal de Piedras se desmarca de toda esa literatura amable y “buenista” que citaba. El sexo se convierte en el eje central (y puede que único) de la pareja. Aunque aquí nos encontramos con un problema: en realidad no sabremos si llegan o no a quererse. Porque la narradora solo conoce la historia a través de Abuela y Abuela deforma su propia realidad y la describe como ella la ve, a través de ese caleidoscopio de locura que ni ella misma es capaz de manejar.

Mal de Piedras es además la enfermedad del riñón que Abuela sufre. Enfermedad que según ella misma la lleva a perder los hijos que espera una y otra vez. Y que la lleva también a una especie de Balneario donde conocerá al Veterano; por fin su alma gemela. Por fin a quien entregarse. Por fin aquél que le descubrirá “la cosa principal”. Aquél a quien con el tiempo buscará de forma desesperada. Aquél por quien se sentirá culpable por no querer a quien debe. Y del argumento no puedo contar más porque destriparía la esencia del relato.

Mal de piedras nos habla de la pasión, del amor, de lo estéril de empeñarse en amar a quien no se ama aunque sea la persona a la que se deba amar. También de lo peligroso de idealizar los sentimientos, de la culpa, de la espera, de la soledad.

Mal de piedras es un relato que nos habla de que las cosas no son lo que parecen ni lo que nosotros queremos que sean. Las cosas, simplemente, son lo que son.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

El Quijote catalán

A Eduardo Mendoza lo descubrí hace muchos años y muchos libros. Y, aún hoy, Sin Noticias de Gurb sigue siendo el libro que más me ha hecho reír. Y cuando digo reír me refiero a reír a carcajadas, con lagrimones, dolor abdominal y sensación de que tu vecino de autobús debe pensar que estás fatal. Solo a una mente como la suya se le ocurríría crear a un personaje extraterrestre que viene a nuestro planeta a buscar un compatriota perdido que pulula por ahí encarnado en Marta Sánchez.

A partir de ese descubrimiento he leído prácticamente todas sus novelas; de hecho, creo que me faltan solo dos y una de ellas es, curiosamente, el Premio Planeta de hace un par de años.

La verdad sobre el caso Savolta es, probablemente, mi preferida. Pero los buenos ratos que me hizo pasar el detective sin  nombre de su trilogía, podríamos decir, del disparate, compuesta por las geniales El Misterio de la Cripta Embrujada, El Laberinto de las Aceitunas y la, a mi juicio, algo más floja La Aventura del Tocador de Señoras, me han hecho contraer una deuda impagable con el escritor catalán. Una Comedia Ligera no le va a la zaga. Por eso, el resurgir de aquel detective en su última obra ha sido una tentación imposible de controlar.

Todos los que conozcáis la obra de Mendoza sabéis de sobra de lo que hablo. (o mejor dicho, escribo). Esa particular forma de contar las cosas, a modo de sátira en la que, sin embargo, siempre hay un poso amable. Ese lenguaje lleno de giros ingeniosos, de dobles sentidos, a través del cuál se adivina sin esfuerzo un conocimiento profundo de nuestra lengua. Porque Mendoza es un escritor auténtico, un literato, diría yo. Con independencia de que sus historias sean más o menos rocambolescas (que sin duda lo son), creo que su forma de escribir está a la altura de los mejores; y es que Mendoza es de los mejores.

Alguno se preguntará qué hay de nuevo en El Misterio de la Bolsa y la Vida. La respuesta es que hay, y mucho, aunque hay momentos, sobre todo al principio, en los que se tiene la sensación de leer más de lo mismo si bien “eso mismo” es la esencia del autor catalán que tanto nos gusta a algunos.

Es cierto, haciendo balance de la situación, que parece que no hayamos avanzado, y es muy probable que no hayamos avanzado. Incluso es posible que hayamos retrocedido, cosas ambas difíciles de determinar cuando no se conoce el punto de partida ni el objetivo último de nuestro caminar. Pero también puede darse lo contrario, es decir, que hayamos avanzado sin darnos cuenta. Bien es verdad que avanzar sin enterarse de que se avanza es lo mismo que no avanzar, al menos para el que avanza o pretender avanzar. Visto desde fuera es distinto. Aún así, yo abrigo la esperanza de que este avance, real o imaginario, dentro de poco nos conducirá a la solución definitiva o, cuando menos, al principio de otro avance. (pág. 109). Casi suena a la parodia de Una Noche en la Ópera de los Hermanos Marx (la parte contratante de la primera parte…).

Sigue estando presente su gusto por los desarraigados, por los preteridos, por los seres invisibles de nuestra sociedad y de nuestras calles: el hombre estatua, la mujer que se gana la vida tocando el acordeón, la que se dedica a predecir un futuro inventado. Todos son parte de ese universo esperpéntico y delirante en el que se desenvuelve nuestro detective sin nombre (creo recordar que en alguna de las novelas se dice que su madre quiso bautizarlo con el nombre de un actor… pero ahora no soy capaz de concretar más), personaje surrealista donde los haya, que sigue siendo “adicto” a la Pepsi-Cola (ahora insiste mucho en el Magnum) y que de forma invariable se encuentra metido hasta las trancas en las situaciones más inverosímiles.

El Misterio de la Bolsa y la Vida es al tiempo una novela detectivesca, si bien al estilo peculiar e inconfundible del autor. Tiene todos sus ingredientes: un desaparecido, un complot, testigos, cómplices, policía… A su manera y en su estilo. Quizás a algunos os parezca que no está a la altura de sus antecesoras -y, efectivamente, yo también creo que no lo está- pero lo que está fuera de duda es que Mendoza no ha perdido un ápice de ingenio. Es más, ha sabido actualizar el contexto en el que se desenvuelve nuestro hombre y El Misterio de la Bolsa y la Vida nos habla, como toca en estos tiempos que vivimos, de crisis, de bazares chinos, de inmigración, de desarraigo., de mediocridad de la clase política y de mucho más. Se atreve incluso con el terrorismo internacional. Todo visto a través de ese espejo que deforma la realidad sin dejar de reflejarla: unos optan por mostrarla más negra, dejándose llevar por un pesimismo existencial que parece ser la plaga de nuestra era; otros prefieren ignorarla y contar historias que nos hagan olvidarla por unos instantes. Mendoza elige un camino difícil y nos dice “aquí la tenéis: conocerla, entenderla, asumirla, implicaros en ella. Pero ser capaces de reiros de vosotros mismos y de lo que os rodea”. Como si fuera fácil.

En este contexto, el personaje del abuelo Siau, del bazar chino, sirve a Mendoza como altavoz para su crítica,a veces burlesca (-Disculpen molestia -dijo inclinándose hasta dar con la frente en las rodillas-. Esta semana he de practicar canciones populares para inmersión lingüistica. Pág.145), y otras no tanto:

Durante siglos tuvimos dominación extranjera y pasamos hambre que te cagas. Ahora hemos sabido aprovechar oportunidad y nos hemos hecho amos de medio mundo. Ha sido triunfo de realismo sobre fantasías, de humildad sobre arrogancia. Occidente está en crisis y causa de crisis no es otra que arrogancia. Mire Europa. Por arrogancia quiso dejar de ser conjunto de provincias en guerra y convertirse en un gran imperio. Cambió moneda nacional por euro y ahí empezó decadencia y ruina. Occidentales son malos matemáticos. Buenos juristas, buenos filóofos, mentalidad lógica. Pero números no son lógicos. Lógica está supeditada a criterior morales: bueno, malo, regular. En cambio números son sólo números. Ahora europeos no saben cuánto dinero tienen en el banco ni cuánto valen cosas. Gastan sin ton ni son, se hacen lío y piden crédito a Caixa. (pág. 159).

Lo cierto es que el personaje de Mendoza me recuerda al Quijote o, mejor dicho, a lo que recuerdo del Quijote y a lo que me ha llegado del personaje durante los años transcurridos desde la lectura del libro de Cervantes. Siempre empeñado en empresas imposibles que a veces bordean lo surrealista. En El Enredo de la Bolsa y la Vida nuestro personaje se entera, prácticamente por casualidad, de que se planea atentar contra Ángela Merkel durante una visita de la Canciller a Barcelona (ciudad omnipresente en la obra de Mendoza) y pone todo su empeño en impedirlo. La última parte del libro es delirante, sin duda la mejor; ahí es donde encontramos lo atractivo, absurdo, irónico, ácido -pero no agrio- que salpica todas las historias del detective. Pero al igual que Cervantes, Mendoza ha decidido ceder el protagonismo de sus novelas a un antihéroe. Antihéroe que muchos tildan de loco pero que quizás no lo sea tanto. Antihéroe a través del cuál el escritor nos enseña lo mucho de cutre y casposo que aún queda en nuestra España.

Como dice el escritor, el humor es el lenguaje del desencanto. Desencanto hacia lo que nos rodea, hacia lo que nos ha tocado vivir. Supongo que por eso de algún modo se identifica él mismo con Alonso Quijano. Quizás el detective sin nombre sea un trasunto del propio Mendoza.

http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/mendoza/articulo1.htm

Muchas gracias. Por lo de siempre.

De perros, cuervos y…ladillas

Por el título del post, algo parecido a un zoológico puede parecer Los Fantasmas de Edimburgo, la divertidísima novela de Eloy M. Cebrián (Ed. El Tercer Hombre, 2008) que, al parecer, costó a su autor que se publicase más de lo razonable. Este es otro de mis descubrimientos; cierto es lo de que uno no deja de sorprenderse…

Los Fantasmas de Edimburgo es una especie de biografía surrealista (con mucho de imaginación) de un profesor de literatura americana en clave “narrador en primera persona”. En realidad, el relato (o más bien su protagonista) tiene un objetivo muy claro: contar en qué se ha convertido la vida de Luis Miguel Ortiz a raiz de unos sucesos que podrían calificarse de inexplicables, o casi “paranormales”. Pero hasta llegar a ese “momento vital”, Eloy M. Cebrián nos va acercando poco a poco al personaje, desde su infancia. Quizás para que lo conozcamos, quizás para que entendamos cómo llegó hasta allí o quizás para que nos demos cuenta de que hasta la vida más anodina puede dar un vuelco en cuestión de segundos.

El personaje de Ortiz es indescriptible. Quizás el adjetivo que mejor le cuadra es el de cruel. O despreciable. O los dos. Frío, calculador y manipulador desde su más tierna infancia; infancia presidida por un onanismo enfermizo que le perseguirá durante toda su vida, salvando algún episodio de reposo que el propio Ortiz celebra como un descanso. La verdad es que en esta parte he llegado a desesperarme un poco. Y es que ya llevo tres en un año que se dedican con profusión a lo mismo (recuérdese El Lamento de Portnoy, de P. Roth y Lamentaciones de un Prepucio, de S. Auslander). Quizás ha sido solo casualidad, lo que me permite mantener un concepto medianamente digno del adolescente masculino.

Más adjetivos se le pueden añadir al profesor: degenerado, cínico, machista, ególatra, amoral, insensible y una retahíla de epítetos -a cuál más amable- que podría ser interminable. Pero lo más sorprendente de todo es que Cebrián consigue que Ortiz caiga medianamente bien (al menos a mí): igual que el guionista de Mad Men ha convertido a Donald Drapper en un capullo irresistible (si se me permite la expresión). Y eso, de alguna forma, me exaspera.

Los episodios de la vida de Ortiz se van intercalando en la narración de lo que puede llamarse “su presente”. Y al hilo de la historia que nos cuenta, el autor no deja títere con cabeza: política, religión, familia, sistema…y como no, universidad (al más puro estilo Orejudo, con el que quizás pueda encontrarse algún paralelismo); le endiña a todo y a todos. Sin piedad, sin mesura. Pero con mucha gracia, con mucho ingenio. Con una destreza narrativa destacable y una imaginación, algo retorcida, es verdad, pero digna de elogio. Para muestra, un botón:

Siendo parte de una familia o de una sociedad, la mayoría de la gente consigue que unos imbéciles les limpien el culo cuando son críos, y también, con algo de suerte, que otros imbéciles los cuiden cuando la vejez les haga cagarse otra vez. A cambio, durante muchos años intermedios ellos también se convierten en infelices con la obligación de alimentar y limpiarles el culo (en definitiva, ambas acciones no son sino momentos distintos de un mismo proceso) a ciertos parásitos con los que no guardan mayor relación que la pura arbitrariedad genética. La vida es un asunto de limpiarle a alguien el culo para luego tener a alguien dispuesto a limpiártelo a tí (pág. 38).

De ahí que el matrimonio constituya una condición necesaria para alcanzar el éxito social y profesional. Y la paternidad también ayuda lo suyo, bien por el procedimiento clásico o por el más moderno de adoptar una chinita (pág. 158).

Además de todo eso, Laura era boba, muy boba, pero su bobería era de la variedad que convierte a una chica mona en un ser completamente irresistible, un reclamo sexual ambulante (pág.179).

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que el término camufla un eufemismo. “Conciencia de clase” no es más que falta de conciencia, que es lo que capacita a alguien para sumergirse en el estercolero político o sindical y obtener satisfacción y beneficios a cambio de tan repugnante actividad (pág. 192).

Durante aquellos diez días que precedieron a mi catastrófico viaje, la conducta de Julia fue tan ejemplar que llegué a considerar la conveniencia de enamorarme de ella de verdad (pág. 299).

Y podríamos seguir y seguir..

Supongo que ahora es un buen momento para contar el por qué del título del post. El perro es un animal recurrente en el libro. Aparece en la infancia de Ortiz, como ese juguete que al principio gusta y que en cuanto levanta demasiados centímetros del suelo, aburre y se convierte en un estorbo del que deshacerse sin piedad. Quizás sea en forma de fantasma el perro que se aparece, al ya profesor Ortiz, en plena clase, justo cuando llega el momento central de curso en el que recita de memoria el poema El Cuervo de Edgar Allan Poe con el que, año tras año, consigue cautivar a su auditorio (sobre todo al femenino). Y allí, en medio de la clase, ajeno a todo lo que le rodea, el perro vomita una rata muerta. Este momento es el que, a juicio del propio Ortiz, marcará el inicio de su decadencia. Algún perro más aparecerá en la última parte del libro; la más delirante, la más dura, la más incorrecta y “pecaminosa”. Obviamente, no es casualidad.

Ahora solo faltan las ladillas. Aparte de contagiarse con esos bichos en algún momento y devolver algunos ejemplares pegados con celo en una carta a la que supuestamente se los había contagiado, Ladillas es el mote de Ben, el sujeto que marcará la vida del protagonista y hacia el que parece dirigirse toda su existencia. Quizás una de las cosas destacables del libro sea, precisamente,  la constante sensación de que la vida nos lleva de forma irremediable a un punto y que lo que nos sucede por el camino, es, en gran parte,  fruto del azar.

Curiosamente, en las páginas de Los Fantasmas de Edimburgo pueden encontrarse reflexiones y pensamientos no precisamente superficiales. Es evidente que el autor es un tipo inteligente, que mira la vida con sorna y escepticismo pero al que en algún momento se le advierte cierta debilidad. Aunque sea de pasada. El humor de Cebrián es ácido, rasposo, incluso hiriente. En algunos momentos me ha venido a la cabeza Eduardo Mendoza lo que, viniendo de mí, es más que un elogio. Quizás en alguno de esos fantasmas se encuentra algo del “investigador” sin nombre del catalán. Pero mucho más agrio.

Los Fantasmas de Edimburgo es un libro para reírse de todo un poco. Y también para reflexionar sobre muchas cosas. Tiene una parte que podríamos llamar intermedia que quizás flojea algo. Pero el conjunto es más que aceptable. Y la parte final, a lo Hotel California (quien se anime entenderá el por qué de la canción), raya la genialidad. Divertido, incorrecto, sucio a veces, sin pizca de ternura ni de humanidad. Porque el protagonista es Hyde, con él mismo dice. Para el Doctor Jeckyll no hay sitio en esta historia.

Muchas gracias. Por lo de siempre.