Madame Montero

En una especie de “mini relato” que escribí hace algo más de un año y que aparece en algún sitio de la página web de Muñoz Molina afirmaba que son los libros los que muchas veces nos gritan desde las estanterías y no nosotros los que los buscamos a ellos. Eso, precisamente, me pasó con La ridícula idea de no volver a verte (Rosa Montero, Biblioteca Breve, Seix Barral, marzo 2013). Creo que fue el título; sí, sin duda fue eso lo que me llevó a comprarlo sin ni siquiera saber de qué trataba. Eso y que estuviera escrito por Rosa Montero, a la que leo muchas veces en El País y de la que he leído un par de libros. !Qué gozada dejarse llevar por los impulsos y darse cuenta de que se ha acertado!.

La ridícula idea de no volver a verte no es una  novela. Ni un relato, ni un cuento, ni una autobiografía, ni un libro de poemas. La ridicula idea de no volver a verte es un auténtico striptease emocional, una catarsis con efectos, a su vez, catárticos; un ejercicio de liberación. Es de esos libros escritos con el alma: aunque la propia Rosa Montero me jurase que es ficción nunca la creería. La más perfecta de las empatías no sería suficiente para describir de ese modo determinados estados emocionales. Ese lugar común de que hay cosas que no se entienden si no se viven es una de las pocas verdades universales que asumo como tal. Son esos acontecimientos extraordinarios los que nos hacen tomar conciencia de nuestra propia existencia, de nuestra pequeñez y, al tiempo, de nuestra grandeza. En el caso de Rosa Montero fue la muerte de su pareja, Pablo, lo que la dejó suspendida en ese sitio indeterminado entre la muerte y la vida que es el dolor absoluto. Ese dolor con mayúsculas que todo lo ocupa dejando, paradójicamente, todo vacío. Aunque como siempre que intento contaros algo, la propia Rosa Montero lo describe mucho mejor en las primeras páginas del libro (23):

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizás lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oirte.

A pesar de esas tremendas palabras, La Ridícula idea de no volver a verte no es un libro triste. Antes al contrario, es un “canto a la vida” (perdonad si caigo en lo manido), a la superación, a la fortaleza de espíritu, a la Felicidad. Al leerlo, uno se da cuenta de que no debió ser fácil en absoluto el ejercicio de llevar al papel algo tan intenso. Tanto es así que Rosa Montero necesitó “servirse” de la experiencia de otra mujer para abrir la espita por la que vomita la suya propia; Mádame Curié. Unos de esos grandiosos personajes que uno imagina metido en un laboratorio o hablando de la radiación pero, dificilmente, escribiendo las páginas del diario que tanto han impresionado a la escritora; dificilmente, sintiendo todo lo que en ellas cuenta y de la forma en que lo cuenta. Omnia mors aequat. Supongo que el sufrimiento ante la muerte también iguala. Como creo que también lo hace la pasión.

E insisto: no debe ser nada fácil encontrar las palabras para describir lo indescriptible, lo indecible. En estos tiempos en los que el pudor se identifica por muchos con la mojigatería o con la ranciedad de pensamiento, aparece un libro como éste en el que se enseña mucho de uno mismo sin caer en la obviedad ni el exhibicionismo. ¿Hay algo más difícil que contar algo tan íntimo como es la vivencia del sufrimiento?. Creo que es el sentimiento más personal que existe, más incluso que el amor. Ya lo decía Tólstoi en le celebérrima primera frase de su Ánna Karenina, “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizás incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen como polvo de purpurina.

Un libro con semejante comienzo no puede ser algo vulgar. De hecho, La Ridícula idea de no volver a verte no lo es en absoluto. Es una suerte de catálogo de sensaciones, vivencias, pensamientos que se va abriendo poco a poco ante nuestros ojos y que está lleno de amor por la vida, de fuerza, de superación, en definitiva, de ganas. Con el punto justo de ternura. Me gusta todo lo que nos cuenta Rosa Montero; quizás porque encuentro mucho “mío” en sus palabras. 

Hace justo una semana leí en El País Semanal  un artículo escrito por la propia Rosa Montero que es como una pequeña muestra de su libro. No me gusta pensar que llega un momento en la vida en el que hay que creer que lo que queda es “más de lo mismo”. ¿Quién ha decidido dónde debe estar la frontera de nuestra satisfacción?. ¿Por qué nos empeñamos en dar un significado “universal” a la felicidad?. Prefiero creer que aún me queda mucho por vivir, por hacer, por conocer, por sentir. Cada uno que viva como quiera y no como los demás creen que se debe vivir.

Y por cierto: la vida de Mádame Curié es impresionante. Ya “solo” por conocerla, merece la pena leer el libro.

http://elpais.com/elpais/2013/04/12/eps/1365788587_773615.html

Muchas gracias. Por lo de siempre. Más aún después de tanto tiempo….lo dicho: hay que tener ganas.

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El Juan Gris de la letras

Imagino que la primera vez que el común de los mortales visualizó un cuadro de Juan Gris (quien prefiera Picasso o Kandinsky, pueden servir también) no entendió nada. Suele ocurrir con las obras de aquéllos que se atreven a romper con lo ¿habitual?. Son el tiempo y la reiteración lo que convierten en habitual lo especial, en común lo que nos ha sido, hasta entonces, extraño, incomprensible e incluso absurdo. Pero lo primigenio, lo auténtico, siempre conserva su esencia.

Algo de todo eso he encontrado en  la “novela” de Flann O´Brien, pseudónimo de Brian Cubierta En nadar dos p‡jaros bitonoO´Nolan, En Nadar-dos-Pájaros (Colección Otras Latitudes, 2010 Ed. Nordicalibros. Traducción de José Manuel Álvarez Florez).Me temo que es uno más de esos casos en los que mejor hubiera sido no traducir el título, el original, irlandés, Buile Suibhne, traducción a su vez del topónimo gaélico de un lugar situado en el centro de Irlanda, Snámh-dá-én, así llamado porque un héroe de las sagas antiguas mató en él dos pájaros que estaban posados en los hombros de una amazona. Del Prólogo de Eamon Butterfield.

En Nadar-dos-Pájaros es un libro “raro”. Raro en todos los sentidos: extraordinario, escaso, sobresaliente y extravagante. E inteligente. Y delirante, sarcástico, denso (más de lo que pueda parecer)..y muchas cosas más.

Difícil relatar su argumento porque como alguien ha dicho en algún sitio, En-Nadar-dos-Pájaros, son muchos libros en uno. De hecho, más que un libro, yo lo calificaría de auténtico experimento literario. Una especie de “rareza” (perdonad si me repito) desconocida para el gran público y con mucha probabilidad, injustamente relegada a algún recóndito estante de las librerías y por tanto, solo al alcance de los que lo conocen, aunque sea “de oído”, y lo piden expresamente. Su título tampoco ayuda. No sé si ponerlo a la vista serviría de mucho. Espero aportar desde aquí un pequeño granito de arena, aunque me temo que más de uno protestaría enérgicamente después de leerlo. Quizás yo comparto también algo de esa “rareza”. En todo caso, hagamos un pequeño esfuerzo…

Quizás el punto de partida deba ser la sugerente propuesta del “protagonista” de que los personajes de los libros tengan vida propia al margen de las historias que viven. Que dichos personajes sean, además, “limitados”. O por decirlo de otro modo, O´Brien nos sugiere que con el material literario que hay hasta la fecha no habría que inventar más. Los personajes son una especie “finita”, una especie compuesta por creaciones intercambiables entre sí de forma que puedan (y deban) “prestarse” por sus creadores y pulular así por distintas obras al mismo tiempo. Estamos ante una especie de profesionalización del oficio de personaje literario. Y, probablemente, estamos también ante una sutil (o no tanto) crítica a la falta de creatividad y de ingenio que, por cierto, son dos cosas que le sobran al irlandés. No me podréis negar que es “raro”…

Tenemos para empezar tres “aperturas independientes”, como las llama el propio O´Brien, del mismo libro: la primera nos muestra al Puca MacPhellimey, una especie de demonio obsesionado con la naturaleza de los números. La segunda nos pone delante a John Furriskey, un hombre de apariencia normal pero que había nacido a los veinticinco años de edad y había llegado al mundo dotado de memoria, pese a carecer de experiencia personal que la justificase. Por último, tenemos a Finn Mac Cool, un héroe legendario de la antigua irlanda con una robustez y fuerza fuera de lo común. Todo eso en las dos primeras páginas. Como un aperitivo de lo que vendrá después.

El personaje más “real” de En-Nadar-dos-Pájaros es un joven estudiante (o que al menos aparenta serlo) que vive con su tío y se pasa el día vagueando o escribiendo una especie de libro en forma de capítulos o, más bien, “entradas” precedidas de una especie de título o, más bien, curiosa anotación. Puede que sea lo único medianamente “coherente” del libro.

Fiel a sus principios literarios, O´Brien hace interactuar a sus personajes a través de un delirante viaje hacia El Cisne Rojo, hotel en el que vive Dermont Trellis, escritor que lleva veinte años en la cama, “creador” de multitud de personajes que ahora se rebelan contra él; lo acusan de abusar de ellos, de asignarles papeles para los que no fueron creados, de mantenerlos en pésimas condiciones…una especie de huelga general que culmina en un surrealista juicio contra el propio Trellis. Y es que el argumento de En Nadar dos Pájaros es sumamente enrevesado; llega un momento en el que no está demasiado claro qué personaje es “real” y qué personaje es pura ficción…partiendo de la premisa de que todo es ficción, obviamente…no se sabe quién crea a quien. Qué mas da, al fin y a la postre, todo es fruto de la extraordinaria mente del irlandés.

Leer a O´Brien es toda una experiencia. No se parece en nada a nada. O bueno sí… más bien hay “cosas” que recuerdan a O´Brien porque su genialidad deja fuera de toda duda que él haya sido el auténtico “creador”, aunque no sepa exactamente de qué. Quizás de un modo de escribir, irónico, ácido, mordaz, tremendamente lúcido y crítico que podemos encontrar en algunos escritores como…¿Eduardo Mendoza?. Pues sí, en algún momento me ha recordado al escritor catalán aunque el despropósito del irlandés es infinitamente mayor.¿Luis Landero?. También, por algún parecido con el anterior.

En Nadar dos Pájaros contiene auténticas genialidades. Pasajes para releer, para rebuscar entre sus líneas y encontrar en ellas mucho más de lo que en un primer momento pueda parecer. Hay que hacer una auténtica labor de arqueología para ser capaz de descubrirlo todo, de comprenderlo todo, si es que ello es posible para una mente vulgar. Seguro, segurísimo que se me ha escapado mucho; aún así he encontrado más que suficiente, más de lo que podía esperar.

Una especie de oda a la locura, a la excentricidad, a lo extraordinario, a lo imaginario, a lo genial. Justo lo contrario de lo fácil, lo cómodo, lo vendible, lo convencional, lo vulgar que hoy está tan de moda. Vamos, que no me extraña que no se conozca demasiado a pesar de estar considerada una de las mejores novelas del siglo XX. Yo, afortunadamente, he tenido la enorme suerte de hacerlo.

Muchas gracias. Por lo de siempre (y me temo que hace demasiado…).

 

Siempre nos quedará Fitzgerald

Después de la última lectura, necesitaba un poco de “droga dura” literaria y El Gran Gatsby (Panorama de Narrativas, Ed. Anagrama, octubre 2011; traducción y epílogo de Justo Navarro), de Francis Scott Fitzgerald, ha desempeñado ese papel a la perfección: como una cerveza fría a cuarenta grados.

Muchos de nosotros somos incapaces de separar el título de este (ya) clásico, de Robert Redford y Mia Farrow en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974. No he visto el resto de versiones pero me apetece la que prepara para este mismo año el algo excesivo Baz Luhrmann con Leonardo Di Caprio como Jay Gatsby. Aún con todo, una vez más, las letras superan con creces las imágenes: qué podría deciros…qué gozada de libro!!!.

Supongo que la historia es para casi todos conocida: en los inicios de los felices veinte -la Edad del Jazz, de los excesos, justo antes de la Gran Depresión- Jay Gatsby se instala en una espléndida mansión en Long Island donde organiza fiestas por todo lo alto a las que ser o no invitado da exactamente igual; solo importa el estar. Por sus jardines se pasea toda la clase alta de los alrededores, bebiéndose su champagne, bailando su música, conformando un cuadro perfecto de lo que debían ser aquéllos años. Vestidos, coches magníficos, derroche, frivolidad e hipocresía compartiendo veladas interminables bajo la atenta y, de algún modo condescendiente, mirada del anfitrión.

El halo de misterio que rodea a Gatsby es el alimento perfecto para esa jauría hambrienta de novedad, hastiada de sí misma y de su superficial existencia. Deseosa de cobrarse una pieza que despedazar. Gatsby lo sabe y entra en su juego. Es consciente de que mantenerse a una distancia prudencial le otorga cierta ventaja, le permite mirar desde arriba, desde lo alto de la escalera.

Prueba de las románticas especulaciones que inspiraba era que murmuraban a su costa aquellos que habían encontrado en este mundo poco sobre lo que poder murmurar (pág. 54).

Gatsby se mantiene al margen. Esas fiestas son su creación, su forma de demostrar al mundo que ha llegado todo lo lejos que se puede llegar; en todo caso, lo suficientemente lejos para recuperar el amor de Daisy de la que le separaron la guerra y la pobreza. Gatsby siempre tuvo el convencimiento de que no era lo suficientemente bueno para ella. Por eso dedicó años de su vida a reinventarse a sí mismo; o más bien a crearse a sí mismo, desde la nada. El auténtico sueño americano. Y ahora que ha llegado a la cima del mundo se presenta ante Daisy para ponerlo a sus pies. Pero no se da cuenta de que ella siempre lo tuvo.

En este universo crepuscular volvió Daisy a moverse cuando empezó la temporada; de pronto se vio de nuevo con seis citas al día con seis hombres distintos, y cayéndose de sueño al amanecer, con las cuentas y gasas del vestido de noche hechas una maraña en el suelo, entre las orquídeas moribundas. Y algo en su interior nunca dejaba de exigirle una decisión. Quería que su vida tomara forma ya, inmediatamente, y la decisión había de ser impuesta por alguna fuerza -amor, dinero o indiscutible sentido práctico- al alcance de su mano. (Pág. 159).

Daisy es ahora la Sra de Tom Buchanan. Ambos forman parte, por derecho y por nacimiento, de ese mundo al que Gatsby es ajeno y al que nunca llegará a pertenecer. Simplemente porque la entrada al mismo no puede comprarse. El tener indecentes cantidades de dinero le permite a uno acercarse, pero solamente eso: como el agua y el aceite. Jay Gastby es, en definitiva, un nuevo rico, un desarraigado, casi un intruso. Y al fin y a la postre, nunca dejará de sentirse así.

El narrador de la historia es Nick Carraway, un personaje algo gris que “pulula” entre los dos mundos. Su casa está al lado de la de Gatsby…aunque separada de ésta por una invisible barrera de miles de kilómetros. Amigo de los Buchanan, le hará sin embargo a Gatsby el papel de alcahueta propiciando el reencuentro de éste con Daisy. Todo lo que sabemos de Gatsby nos lo cuenta Nick de primera mano. Por él conoceremos sus misterios, su pasado. Nos enseñará a ese Jay Gatsby espléndido, inmenso, pero también a ese Gatsby inseguro, acomplejado y obsesionado con recuperar lo irrecuperable: el pasado. Es el hombre hecho a sí mismo que, sin embargo, no ha sabido mirar hacia adelante.

!Casi cinco años! Incluso aquella tarde tuvo que haber algún momento en que Daisy no estuviera a la altura de sus sueños, no tanto por culpa de la propia Daisy, sino por la colosal vitalidad de su propia ilusión. Su ilusión iba más allá de Daisy, más allá de todo. Y a esa ilusión se había entregado Gatsby con una pasión creadora, aumentándola incesantemente, engalanándola con cualquier pluma que cogiera al vuelo. No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre guarda entre los fantasmas de su corazón (pág 106).

Tom Buchanan es exactamente lo contrario que Jay Gatsby: uno de esos tipos que parece ser lo que se debe ser en cada momento, y que ostenta con ofensiva naturalidad lo que otros son incapaces de alcanzar por mucho que se empeñen en ello. Vive su perfecta vida con su perfeta mujer. Y por supuesto tiene como amante a una estúpida de medio pelo a la que trata como una propiedad suya: quizás porque realmente es así. Supongo que para cualquier Tom sería muy sencillo deslumbrar a cualquier Myrtle, sacándola por unas horas a la semana de su monótona, pobre y triste vida. Al igual que Gatsby -y que Ícaro- recibirá un enorme castigo por intentar acercarse demasiado al paraíso.

El Gran Gatsby es un retrato social perfecto, una visión del sueño americano pero también de la decadencia moral de los que han llegado a la cima. Los Buchanan están dentro de ese círculo cerrado e inaccesible que guarda las miserias y debilidades propias de la endogamia y el aburrimiento, de la doble moral y la necedad. Forman parte de ese grupo escogido que solo tiene que preocuparse por vivir: por vivir en la certeza de que lo suyo es lo perfecto, lo adecuado. Ese modus vivendi, esa banalidad, aparecen condensadas en una frase de Daisy: -¿Qué vamos a hacer esta tarde? -…-. ¿Y mañana, y en los próximos treinta años?.

Quizás sea ese aburrimiento, ese “vacío” que en realidad siente Daisy lo que la lleva, aunque sea de forma pasajera, a dejarse impresionar por Gatsby. Pero la fatalidad la vuelve cobarde y no es capaz de enfrentarse a ese mundo que la rodea, precisamente porque forma parte del mismo. Al igual que su marido, su complemento perfecto. Como nos cuenta el narrador: No podía perdonarlo ni demostrarle simpatía, pero entendí que, para él, lo que había hecho estaba totamente justificado. Sólo era deconsideración y confusión: Tom y Daisy eran personas desconsideradas. Destrozaban cosas y luego se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración, o de lo que los unía, fuera lo que fuera, y dejaban que otros limpiaran la suciedad que ellos dejaban… (pág. 190).

Fitzgerald nos enseña algo de la crueldad humana: nos pone delante a Jay Gatsby, a Myrtle y a su marido, el casi miserable Wilson, todos ellos piezas con las que jugar al ajedrez, diversión pasajera, posesiones de las que valerse para llenar las horas del día. Y es un genio moviendo los personajes. No sobra ni falta ninguno; todos tienen su razón de ser en esta espléndida novela. Su argumento engancha. Como decía, existen libros que no puedes dejar de leer y encima son buenos, geniales. 

El Gran Gatsby nos habla además de los sueños y de la ilusión; de la necesidad de perseguir algo y de lo pobre que es la existencia cuando uno cree que la vida es únicamente lo que tiene delante de las narices. Y de mucho más. El propio Fitzgerald dijo de El Gran Gatsby “he escrito la mejor novela de los Estados Unidos de América”. No sé si será para tanto. Pero ya sabéis que no me gusta contradecir a los grandes.

Termino con el espléndido final de la novela. No se me ocurre otra forma mejor de hacerlo.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Y, allí, pensando en el viejo mundo desconocido, me acordé del asombro de Gatsby cuano descubrió la luz verde al final del embarcadero de Daisy. Había hecho un largo camino hasta aquel césped azul y su sueño debió de parecerle tan cercano que dificilmente podía escapársele. No sabía que ya lo había dejado atrás, en algún sitio, más allá de la ciudad, en la vasta tiniebla, donde los oscuros campos de la república se extienden en la noche.

Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más, alargaremos más los brazos y llegarán más lejos…Y una buena mañana…

Así seguimos, golpeándonos, barcas contracorriente, devueltos sin cesar al pasado. (Pág 191-192).

Otro Nobel: Mo Yan

Announcement of the 2012 Nobel Prize in Literature

Mo Yan

2012 Nobel Prize in Literature

The 2012 Nobel Prize in Literature was awarded to Mo Yan who with hallucinatory realism merges folk tales, history and the contemporary”.

Pasa el tiempo… tanto es así que parece que fue ayer cuando os contaba que habían concedido el Nobel de Literatura al sueco Tomas Tranströmer, ese poeta de apellido casi impronunciable.

Un año después nos encontramos, de nuevo, con el premio. Esta vez ha ido a parar a las manos de un chino, Mo Yan. E imagino que para algunos ese nombre era desconocido hasta hoy.  A mí, esta vez, no me han pillado in alvis los de la Academia. Pero tengo que confesar que mi escasísimo conocimiento de Mo Yan se debe, no a la lectura de su obra, sino a la deliciosa Sorgo Rojo, adaptación cinematógrafica de la novela La familia dirigida por Zhang Yimou, creador también de la espléndida La Semilla del Crisantemo y de muchas otras.

Brujuléo un poco y me entero de que se acaba de publicar en nuestro país Grandes pechos, amplias caderas, novela que, según el propio Mo Yan, ha sido concebida como un homenaje al universo femenino. Apetece leerlo.

Me temo que los entusiastas de Murakami deberán esperar un año más. Al menos les queda el consuelo de que ha sido un compatriota suyo el que se ha llevado el gato al agua… ay pero no son compatriotas!!! Uno e schino y el otro japonés me acaban de decir. Mil perdones por la confusión pero me temo que los nombres me lían.

Que tengáis una estupenda Fiesta del Pilar (me resisto a lo del Día de la Hispanidad).

El afán

El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán.

Este puede que sea el leit motiv de Juegos de la Edad Tardía, la estupenda novela de Luís Landero (Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Edición, octubre 1989, última de 2005, con prólogo del autor) que por fin ha encontrado un hueco en mi haber literario. Si bien, otros menesteres (y algún problema con la vista) me han tenido alejada de sus páginas y del teclado más tiempo del razonable. Espero que, aún así, sigáis al otro lado.

Juegos de la Edad Tardía es un libro complejo. De una complejidad creciente. Comienza de forma plana, anodina, como un reflejo de su protagonista, Gregorio Olías; oficinista gris y condenado a una vida mediocre. O quizás, simplemente, condenado a una vida que no es la que él siempre quiso vivir y a la que renunció sin que haya sido capaz de llegar a saber por qué. Pero “contaminado” por el afán. Por ese deseo de llegar a ser algo en la vida que ha presidido la de sus antepasados. Estirpe frustrada de hombres que nunca llegaron a ser lo que querían ser.

Gregorio Olías viene al mundo en un pueblo cualquiera. Sin embargo, el destino, que todo lo perturba, le reserva un sitio en la ciudad. En un tiempo en el que, como nos recuerda el autor, las diferencias entre uno y otra exceden lo imaginable. En una España en la que aún se huele la pobreza y se respira el hambre de comida y de cultura. A esa civilización en estado aún embrionario llega nuestro protagonista, tras la muerte de sus padres, a compartir casa, vida y destino con su tío Félix.

La existencia de Gregorio transcurre, podríamos decir, sin sobresaltos; siguiendo esa hoja de ruta aceptada por todos y diseñada (no se sabe bien por quién) para servir de guía a todo hombre “social”. Consigue por tanto alcanzar eso que muchos calificarían de felicidad y otros -los menos- de conformismo.

Aún así, dentro de Gregorio Olías se esconde el afán. Solo está dormido, inerte. Necesita ser despertado. Necesita esa “gota que colma el vaso”, esa “pieza que cuadra el puzzle”. Y ese “eslabón perdido” se llama Gil Gil Gil. Todo un guiño a la mediocridad y a lo comúnmente aceptado, lo que muchas veces (más de las deseables) viene a ser lo mismo.

A través de las conversaciones telefónicas que ambos personajes entablan, Gregorio va descubriéndose a sí mismo. Empieza a ser lo que siempre quiso ser; y lo que Gil quiere que sea. Poco a poco deja de ser Gregorio Olías para convertirse en Augusto Faroni, ese álter ego o más bien “contra ego” que piensa, dice y actúa como Gregorio no se atrevería nunca. Encuentra en Gil el caldo de cultivo perfecto. Tanto es así que éste encontrará, a su vez, a Dacio Gil Monroy, trasunto de sí mismo. Como Don Quijote y Sancho, personajes con los que comparten más que obvias similitudes.

Pero el principal problema de ese juego es que conduce a un enfrentamiento entre el protagonista y sus propias miserias, su auténtico yo. La grandeza de Faroni sirve para empequeñecer aún más a Gregorio. Como si de repente le pusieran un espejo delante y se mirara por primera vez. Y no le gusta lo que ve. Se encuentra de sopetón con sus limitaciones y con su cobardía. Se tropieza con la resignación de los que han renunciado a sus ideales y han confundido felicidad con seguridad.

Ya hemos “hablado” alguna vez de esa eterna lucha entre lo que se es y lo que se quiere ser. Y de como la asunción de ese “yo ideal” puede tener consecuencias impredecibles. Recuerdo por ejemplo El Adversario, quizás el ejemplo más extremo del miedo a que se descubra la verdad sobre uno mismo. Eso le ocurre a Gregorio. Faroni le irá fagocitando poco a poco, casi sin que se de cuenta. ¿Cómo parar la mentira cuando es tan fácil mentir?. ¿Cómo parar la mentira cuando nos permite aparecer como perfectos?. ¿Cómo parar la mentira cuando es exactamente lo que los otros quieren ver?. ¿Cómo parar la mentira cuando de ella dependen el reconocimiento y hasta nuestra felicidad?.

No obstante, Gregorio Olías, al igual que le sucedía a Jean Claude Romand, vive momentos de auténtica angustia, de hastío por su impostura. Es el cansancio del fingimiento; un fingimiento que los hace verse a sí mismos aún más miserables de lo que son en realidad. Pero en Olías no hay maldad; solo miedo.

Pero de nuevo le volvio el cansancio del absurdo, y lo sintió intermitentemente durante mucho tiempo, mientras Gil pedía instrucciones para representar con éxito su nuevo carácter y él hablaba ya sin necesidad de libreta, pues las preguntas eran tan fáciles que podían contestarse casi con la verdad pelada: “Se peina, ¿con el peine o con la mano?, ¿cruza las piernas cuando se sienta?. ¿escribe por las noches?, ¿se deja crecer las uñas?, ¿hace gimnasia al levantarse?”, y Gregorio, para darle un aire real a la farsa, comenzó a peinarse con la mano, a dejarse crecer las uñas y a hacer ejercicios gimnásticos cada mañana. Aquellas sutiles alteraciones en los hábitos lo animaron por unos días, pero la fatiga de la ficción, y el peso de las ilusiones y los malos presagios, lo sumían frecuentemente en una tristeza sin retorno. Comenzaban a hastiarle los ensueños nocturnos, y a avergonzarle sus hábitos de siempre. A veces sus nombres ficticios le producían dentera. Las preguntas de Gil se le hacían por momentos insoportables, y cada día era más lacónico en las respuestas. Definitivamente, estaba saturado de irrealidad. (pág. 185).

Evidentemente, Lantero es un incorformista, un anti-modelo social. Pero no quiere ocultarnos los riesgos del individualismo. Juegos de la Edad Tardía es una especie de fábula con una prolija moraleja. Primero sutilmente, de forma abrupta después, Gregorio Olías va desapareciendo. Como ocurre en El Quijote cervantino, el protagonista empieza a confundir realidad y ficción. Una mentira sustenta a otra y así sucesivamente. Y la cada vez más evidente justificación de esas mentiras es la argamasa que las une.

El anuncio de que Gil visitará la ciudad será el elemento determinante de la novela. A partir de ahi el ritmo y la historia sufren un giro casi completo. De repente hay otro Landero, otros Juegos de la Edad Tardía. Incluso otro Gregorio. Nos acercamos al surrealismo y al esperpento. En algunos momentos, el protagonista y alguno de los personajes que le rodean en su otra vida me han recordado al investigador sin nombre de Mendoza y sus adláteres. Y en otros al Segismundo de Calderón (La Vida es Sueño es uno de esos libros que sé que me acompañarán siempre). Curiosas son, sin duda, las asociaciones mentales que hacemos. O puede que solo se trate de metaliteratura.

Ese camino sin retorno convierte los Juegos de Landero en un libro apasionante a pesar de que en algún momento me pareció algo monótona su lectura. Pero casi casi creo que esa monotonía es algo buscado, algo que se corresponde con el propio Gregorio y con esa primera parte en la que aún no ha perdido el control sobre su propia vida.

Alguno se estará preguntando dónde está la mujer que obviamente comparte con Olías esa vida sosegada y convencional. Angelina es el necesario contrapunto de Gregorio. Con los pies firmemente anclados en la tierra es el más claro ejemplo de que esa hoja de ruta de la que escribía hace ya algunos párrafos lleva a muchos a encontrar la felicidad o al menos a pensar que la han encontrado. En realidad, no hay mucha diferencia entre una cosa y otra, supongo.

¿Qué más podría contaros de Juegos de la Edad Tardía?. Que me gusta como escribe Landero. Que es un libro más denso de lo que pueda parecer. Que tiene momentos tiernos. Que, a pesar de que nos acerca al pesimismo existencial, deja entrever cierta fe en la especie humana. En fin, que es libro más que estupendo.

Muchas gracias; por lo de hace mucho (y lo de siempre).

Anotación: la feria del libro y del relato

Pocas horas después de publicar mi última entrada, encuentro un suplemento en El País titulado La Primavera del Cuento. Y claro, me acuerdo de que este fin de semana es la Feria del Libro en Madrid (quien pudiera…) y de la eterna lluvia que suele acompañarla.

NOTA (día 22): me temo que me he adelantado y que la Feria empieza este viernes 25 y termina el 1o de junio. Así que es posible que este año la lluvia le de una tregua. Buena visita a los que os acerquéis a inaugurarla. Posiblemente el día 9 tendré ocasión de acercarme.

Creo que ya escribimos/hablamos del auge de la novela corta y del descubrimiento de la novelle. Resulta que no soy la única persona que se ha percatado de ello, lo que  en realidad no tiene mérito alguno: cualquiera a quien le guste brujulear y pulular por las librerías lo habrá advertido. Pero me gusta encontrarlo en negro sobre blanco. Igual que me resulta curioso que justo después de leer Mal de Piedras aparezca un reportaje en un referente cutural como es, al menos para mí, El País, contándonos las bondades de la novela corta italiana que es, precisamente, la invitada y protagonista de esta edición de la Feria.

Autores y editores coinciden en señalar que el relato corto italiano se adapta como anillo al dedo al convulso momento que vivimos y a la evidente falta de certidumbre que existe acerca de cuáles serán en un futuro inmediato las nuevas formas de leer y escribir (por no decir las de vivir). Sería una temeridad el pensar que el libro, tal y como lo hemos entendido hasta la fecha, es un objeto inmortal. La afirmación de que Italia es una mina de historias posibles supongo que no sorprende a nadie.

Encuentro en el suplemento referencia a libros que he leído, a escritores que conozco, a otros que quiero conocer y a otros de los que nunca he oido hablar. Entre los primeros, más allá de los de siempre, (entre los que incluyo a mi admirado Italo Calvino) la deliciosa Seda de Alessandro Baricco, convertida por Francois Girard en 1997 en una infumable película; la sorprendente y redonda ópera prima de Paolo Giordano La Soledad de los Números Primos o la tierna y crítica Donde el corazón te lleve de Susanna Tamaro.  Entre los segundos, Antonio Tabucchi y su Sostiene Pereira, convertida, esta vez, en estupendísima película por Roberto Faenza (1996) con un inolvidable y siempre grande Mastroianni o la cruenta Gomorra de Roberto Saviano (de la que creo existe una buena adaptación cinematográfica que no he visto), a la que me una peculiar relación “ahora me apetece leerte, ahora no” (de momento, ni la he comprado pero sí ojeado y hojeado muchas veces). 

Mención aparte merece el fenómeno Federicco Moccia. He leído Perdona si te llamo amor, ese título inmortalizado en manos de Iker Casillas por un paparazzi hace un par de veranos coincidiendo con su televisivo beso. No sorprenderá que diga que es un título prescindible. Pero quizás si sorprenda que confiese que me descubro ante alguien capaz de hacer leer con fruición a millones de personas de las cuáles, la mayoría, son casi alérgicas a los libros. Y si Moccia es la puerta de entrada a mucho más, bienvenido sea. Nunca se empieza la casa por la ventana.

De los que no conozco (muchos, me temo) aparecen en grande Natalia Ginzgurg (o Natalia Levi), Carlo Emilio Gadda y Claudio Magrís. Mucho trabajo (y mucho placer) por delante. Lo compartiré con vosotros (D.m.) cuando llegue el momento.

Feliz fin de semana literario.

PD: de paso me entero que tras un nombre como el de Gerónimo Stilton (del que mi hija mayor ha sido devota seguidora) se encuentra una italiana. Lo dicho, las cosas no siempre son lo que parecen.

Memoria visual

«Leer a Don DeLillo me provoca siempre la envidia de un estilo limpio, contenido, de una naturalidad que tiene de fondo el silencio y la monotonía. Tuve la alegría de entrevistarlo hace unos años, en una oficina más bien neutra de una agencia literaria, en un piso muy alto de la Tercera Avenida. Era un hombre modesto y cordial, serio, de sonrisas breves, de respuestas que parecían a punto de continuar y quedaban interrumpidas por un silencio más de timidez que de sequedad o arrogancia. Antonio Muñoz Molina http://antoniomuñozmolina.es/2011/11/don-delillo/

Hace muchos años ya que ví El Gran Dictador, la genial película de Chaplin. Curiosamente, en mi memoria aparece como una película muda, cuando lo cierto es que no lo es. Supongo que ello es fruto de la inevitable asociación que se hace del director y actor con el cine “no sonoro”. Supongo que también es fruto del hecho de que la memoria visual sea mucho más potente que la auditiva (¿quién no recuerda la escena del dictador jugando con un globo terráqueo?).

Ha sido la protagonista de Fascinación (Don DeLillo, Biblioteca Formentor, Editorial Seix Barral, enero 2012) el personaje que ha hecho que me percate de mi error, precisamente, porque le ocurre lo mismo.

Fascinación es un libro con una trama original y, podríamos decir, atrevida. Gira alrededor de la supuesta existencia de una película pornográfica rodada nada menos que en el búnker de Hitler días antes de la caída de Berlín, con éste de protagonista.  Fascinación es a la vez una palabra curiosa. De fonética atrayente, al menos para mí, pero con un significado equívoco. En su primera acepción significa “engaño o alucinación” y solo la segunda se refiere a la atracción irresistible en la que supongo todos pensamos cuando la oímos o pronunciamos. Algo de ambas cosas suele provocar todo lo que al nazismo rodea. Y aquí añadimos el ingrediente sexual (que siempre da un poco de morbo, para que nos vamos a engañar) y algo de novela policíaca, mafías, políticos “degenerados”.., en fin un cóctel que me permite augurar un gran “éxito” a su novela. Éxito al menos de esta edición en idioma castellano porque la original es, ni más ni menos, que de 1978.

Pero Fascinación es algo más que ese cóctel que podríamos encontrar en muchos otros libros. Leyéndolo me cuadra perfectamente el retrato que de su autor hace AMM: limpio, natural, contenido. Con un lenguaje sencillo, directo pero con el que al tiempo consigue que el argumento no sea lo mejor del libro; en ocasiones los escritores que tienen en sus manos un argumento podríamos decir, “bueno”, descuidan lo demás. Por eso creo que un libro puede convertirse en un éxito o porque esté espléndidamente escrito, al margen de lo que cuente, o porque cuente algo que sea capaz de atrapar al lector y mantenerlo pegado a las páginas durante horas. En Delillo podemos encontrar las dos cosas en mayor o menor medida. No es común que alguien que tenga en sus manos una trama tan “prometedora”, se preocupe al tiempo de no descuidar otras muchos aspectos del libro:

A Selvy le agradaba esa sensación de transitoriedad. De algún modo, tenía la ventaja de reducir el control sobre uno mismo. Cuando uno vive permanentemente a diez minutos de su propia partida, no puede esperarse de él que siga los mismos preceptos de orden que los demás (pág. 38).

La búsqueda de la supuesta pelicula es la excusa de Delillo para enseñarnos mucho de nuestro propio mundo. Y ya de paso de la sociedad americana. Selvy, personaje al que se refiere la descripción anterior es uno de esos solitarios ex militares que se han convertido en descreídos, desarraigados, con miedo a lo que suponga establecer cualquier vínculo emocional con alguien y mercenarios de lo que toque. Le guerra del Vietnam es un tema recurrente en el libro. Sobre todo por los efectos perversos que tuvo en los que allí estuvieron. Como si hubieran dejado en el campo cualquier atisbo de humanidad que en algún momento hubieran podido albergar. Quizás fuera así.

Lloyd Percival es el otro lado de la moneda. Senador, pagado de sí mismo, carente de escrúpulos y seguramente menos listo de lo que cree. Piensa que la celebridad es un fenómeno relacionado con la mística religiosa. No seré yo quien diga que no tiene algo de razón; la fama saca a la superficie el potencial cósmico de las personas. Obsesionado por el arte pornográfico, se mete en un mundo que cree controlar con su poder pero en el que solo es uno más en busca del tesoro. Tesoro que cada uno busca por un motivo diferente: codicia, morbo, perversión, interés periodístico…

Moll Robbins, la periodista de escasa memoria auditova, es en realidad un elemento con el que los demás juegan o, al menos, lo intentan. Puede que sea el único personaje al que Delillo dota de cierta ingenuidad. El resto, en mayor o menor medida, son parte del engranaje de esa especie de submundo que de repente sale a la superficie y uno descubre que no era algo tan escondido en las profundidades.

Poco a poco la trama se va enredando. Y se van sucediendo los personajes, las historias paralelas que comparten espacio y tiempo en busca de la supuesta cinta (obviamente, no os voy a contar si existe o no). Confieso que he llegado a perderme. Delillo nos sitúa a las puertas de la novela negra y es un lugar en el que no acabo de sentirme cómoda. Pero me gusta su forma de contar las cosas; es un narrador activo. Se acerca y se aleja de los personajes y consigue que todos tengan su razón de ser en la historia. Probablemente los diálogos sean de lo mejor del libro. Pero insisto, no abandona la estética. Y a veces cae en la tentación, que agradezco, de incluir alguna brillante reflexión que no se molesta en hacernos pensar que sea de un tercero.

Por lo poco que sé de Delillo, es uno de los escritores norteamericanos más admirados. Pero no creo que Fascinación sea de sus títulos más representativos. Quizás otra lectura me haga situarlo en el lugar que parece corresponderle.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Llegue/temer/salud/mental/elpepicul/20110605elpepicul_1/Tes