Siempre nos quedará Fitzgerald

Después de la última lectura, necesitaba un poco de “droga dura” literaria y El Gran Gatsby (Panorama de Narrativas, Ed. Anagrama, octubre 2011; traducción y epílogo de Justo Navarro), de Francis Scott Fitzgerald, ha desempeñado ese papel a la perfección: como una cerveza fría a cuarenta grados.

Muchos de nosotros somos incapaces de separar el título de este (ya) clásico, de Robert Redford y Mia Farrow en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974. No he visto el resto de versiones pero me apetece la que prepara para este mismo año el algo excesivo Baz Luhrmann con Leonardo Di Caprio como Jay Gatsby. Aún con todo, una vez más, las letras superan con creces las imágenes: qué podría deciros…qué gozada de libro!!!.

Supongo que la historia es para casi todos conocida: en los inicios de los felices veinte -la Edad del Jazz, de los excesos, justo antes de la Gran Depresión- Jay Gatsby se instala en una espléndida mansión en Long Island donde organiza fiestas por todo lo alto a las que ser o no invitado da exactamente igual; solo importa el estar. Por sus jardines se pasea toda la clase alta de los alrededores, bebiéndose su champagne, bailando su música, conformando un cuadro perfecto de lo que debían ser aquéllos años. Vestidos, coches magníficos, derroche, frivolidad e hipocresía compartiendo veladas interminables bajo la atenta y, de algún modo condescendiente, mirada del anfitrión.

El halo de misterio que rodea a Gatsby es el alimento perfecto para esa jauría hambrienta de novedad, hastiada de sí misma y de su superficial existencia. Deseosa de cobrarse una pieza que despedazar. Gatsby lo sabe y entra en su juego. Es consciente de que mantenerse a una distancia prudencial le otorga cierta ventaja, le permite mirar desde arriba, desde lo alto de la escalera.

Prueba de las románticas especulaciones que inspiraba era que murmuraban a su costa aquellos que habían encontrado en este mundo poco sobre lo que poder murmurar (pág. 54).

Gatsby se mantiene al margen. Esas fiestas son su creación, su forma de demostrar al mundo que ha llegado todo lo lejos que se puede llegar; en todo caso, lo suficientemente lejos para recuperar el amor de Daisy de la que le separaron la guerra y la pobreza. Gatsby siempre tuvo el convencimiento de que no era lo suficientemente bueno para ella. Por eso dedicó años de su vida a reinventarse a sí mismo; o más bien a crearse a sí mismo, desde la nada. El auténtico sueño americano. Y ahora que ha llegado a la cima del mundo se presenta ante Daisy para ponerlo a sus pies. Pero no se da cuenta de que ella siempre lo tuvo.

En este universo crepuscular volvió Daisy a moverse cuando empezó la temporada; de pronto se vio de nuevo con seis citas al día con seis hombres distintos, y cayéndose de sueño al amanecer, con las cuentas y gasas del vestido de noche hechas una maraña en el suelo, entre las orquídeas moribundas. Y algo en su interior nunca dejaba de exigirle una decisión. Quería que su vida tomara forma ya, inmediatamente, y la decisión había de ser impuesta por alguna fuerza -amor, dinero o indiscutible sentido práctico- al alcance de su mano. (Pág. 159).

Daisy es ahora la Sra de Tom Buchanan. Ambos forman parte, por derecho y por nacimiento, de ese mundo al que Gatsby es ajeno y al que nunca llegará a pertenecer. Simplemente porque la entrada al mismo no puede comprarse. El tener indecentes cantidades de dinero le permite a uno acercarse, pero solamente eso: como el agua y el aceite. Jay Gastby es, en definitiva, un nuevo rico, un desarraigado, casi un intruso. Y al fin y a la postre, nunca dejará de sentirse así.

El narrador de la historia es Nick Carraway, un personaje algo gris que “pulula” entre los dos mundos. Su casa está al lado de la de Gatsby…aunque separada de ésta por una invisible barrera de miles de kilómetros. Amigo de los Buchanan, le hará sin embargo a Gatsby el papel de alcahueta propiciando el reencuentro de éste con Daisy. Todo lo que sabemos de Gatsby nos lo cuenta Nick de primera mano. Por él conoceremos sus misterios, su pasado. Nos enseñará a ese Jay Gatsby espléndido, inmenso, pero también a ese Gatsby inseguro, acomplejado y obsesionado con recuperar lo irrecuperable: el pasado. Es el hombre hecho a sí mismo que, sin embargo, no ha sabido mirar hacia adelante.

!Casi cinco años! Incluso aquella tarde tuvo que haber algún momento en que Daisy no estuviera a la altura de sus sueños, no tanto por culpa de la propia Daisy, sino por la colosal vitalidad de su propia ilusión. Su ilusión iba más allá de Daisy, más allá de todo. Y a esa ilusión se había entregado Gatsby con una pasión creadora, aumentándola incesantemente, engalanándola con cualquier pluma que cogiera al vuelo. No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre guarda entre los fantasmas de su corazón (pág 106).

Tom Buchanan es exactamente lo contrario que Jay Gatsby: uno de esos tipos que parece ser lo que se debe ser en cada momento, y que ostenta con ofensiva naturalidad lo que otros son incapaces de alcanzar por mucho que se empeñen en ello. Vive su perfecta vida con su perfeta mujer. Y por supuesto tiene como amante a una estúpida de medio pelo a la que trata como una propiedad suya: quizás porque realmente es así. Supongo que para cualquier Tom sería muy sencillo deslumbrar a cualquier Myrtle, sacándola por unas horas a la semana de su monótona, pobre y triste vida. Al igual que Gatsby -y que Ícaro- recibirá un enorme castigo por intentar acercarse demasiado al paraíso.

El Gran Gatsby es un retrato social perfecto, una visión del sueño americano pero también de la decadencia moral de los que han llegado a la cima. Los Buchanan están dentro de ese círculo cerrado e inaccesible que guarda las miserias y debilidades propias de la endogamia y el aburrimiento, de la doble moral y la necedad. Forman parte de ese grupo escogido que solo tiene que preocuparse por vivir: por vivir en la certeza de que lo suyo es lo perfecto, lo adecuado. Ese modus vivendi, esa banalidad, aparecen condensadas en una frase de Daisy: -¿Qué vamos a hacer esta tarde? -…-. ¿Y mañana, y en los próximos treinta años?.

Quizás sea ese aburrimiento, ese “vacío” que en realidad siente Daisy lo que la lleva, aunque sea de forma pasajera, a dejarse impresionar por Gatsby. Pero la fatalidad la vuelve cobarde y no es capaz de enfrentarse a ese mundo que la rodea, precisamente porque forma parte del mismo. Al igual que su marido, su complemento perfecto. Como nos cuenta el narrador: No podía perdonarlo ni demostrarle simpatía, pero entendí que, para él, lo que había hecho estaba totamente justificado. Sólo era deconsideración y confusión: Tom y Daisy eran personas desconsideradas. Destrozaban cosas y luego se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración, o de lo que los unía, fuera lo que fuera, y dejaban que otros limpiaran la suciedad que ellos dejaban… (pág. 190).

Fitzgerald nos enseña algo de la crueldad humana: nos pone delante a Jay Gatsby, a Myrtle y a su marido, el casi miserable Wilson, todos ellos piezas con las que jugar al ajedrez, diversión pasajera, posesiones de las que valerse para llenar las horas del día. Y es un genio moviendo los personajes. No sobra ni falta ninguno; todos tienen su razón de ser en esta espléndida novela. Su argumento engancha. Como decía, existen libros que no puedes dejar de leer y encima son buenos, geniales. 

El Gran Gatsby nos habla además de los sueños y de la ilusión; de la necesidad de perseguir algo y de lo pobre que es la existencia cuando uno cree que la vida es únicamente lo que tiene delante de las narices. Y de mucho más. El propio Fitzgerald dijo de El Gran Gatsby “he escrito la mejor novela de los Estados Unidos de América”. No sé si será para tanto. Pero ya sabéis que no me gusta contradecir a los grandes.

Termino con el espléndido final de la novela. No se me ocurre otra forma mejor de hacerlo.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Y, allí, pensando en el viejo mundo desconocido, me acordé del asombro de Gatsby cuano descubrió la luz verde al final del embarcadero de Daisy. Había hecho un largo camino hasta aquel césped azul y su sueño debió de parecerle tan cercano que dificilmente podía escapársele. No sabía que ya lo había dejado atrás, en algún sitio, más allá de la ciudad, en la vasta tiniebla, donde los oscuros campos de la república se extienden en la noche.

Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más, alargaremos más los brazos y llegarán más lejos…Y una buena mañana…

Así seguimos, golpeándonos, barcas contracorriente, devueltos sin cesar al pasado. (Pág 191-192).

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Cuarenta observaciones, comentarios, reflexiones sobre “Cincuenta sombras…

de Grey” (E.L. James, Ed. Grijalbo, 3ª Ed. Junio 2012. Traducción de Pilar de la Peña Minguell y Helena Trías Bello).

1) No me llamaba la atención, la verdad, pero varias amigas me pidieron que lo leyera y opinara. Este es el resultado.  Pero esto no será un post de los habituales sino un cúmulo de observaciones, comentarios y reflexiones sobre el último fenómeno literario (o más bien comercial). Al menos, así podré decir algo cuando salga (otra vez) el tema.

2) Leo con estupefacción que se han vendido unos treinta millones de ejemplares y que es el libro más vendido de la Historia en Gran Bretaña. Nadie discutirá que es una “gesta” impresionante. Sin duda el márketing y la rápida difusión por Internet ayudan. Pero no explican. Al menos no lo suficiente. Así que hay que buscar el éxito entre sus páginas. Me pongo a ello intentando (infructuosamente, lo reconozco) despojarme de los prejuicios.

3) El argumento es simple: estudiante de último curso de literatura inglesa accede a entrevistar, en lugar de su amiga y compañera de piso, Kate, que padece un resfriado más que oportuno, a un yuppie. El resto se imagina. Que el argumento sea más o menos simple, en principio, no presupone nada. Ya lo dije en otro post: hay escritores que son capaces de hacer interesante lo común, lo de todos los días. No es el caso.

4) Lo cierto es que la historia no es tan común; resulta que al yuppie le gusta el juego sádico y ella es una inocente de 20 años. Eso parece darle el punto original al tópico del experto que enseña a la inocente.

5) Christian Grey (el susodicho yuppie) es absolutamente perfecto. Al menos para quien guste de ese tipo de perfección que se ajusta a todos los estereotipos y estándares “al uso” (si obviamos su gusto por el sado, claro). Pero James no ha conseguido un personaje creíble; lejos de eso, Grey resulta afectado, empalagoso e inconsistente. Lleno de contradicciones que se deben no a la complejidad de su psique, como pretende la autora, sino a la simpleza del propio personaje y a su absoluta falta de coherencia.

6) Hace años leí American Psycho, de B. Easton Ellis. Sospecho que James también lo leyó. Y ha concebido una versión palomitera de Pat Bateman. Curiosamente, Mary Harron eligió como actor para su flojísima adaptación del libro a otro Christian (Bale). Marcas de ropa, físico perfecto, música con nombre y apellido, joven, triunfador, 27 años, obscenamente rico..y algunas coincidencias más.

7) Anastasia Steele es la joven inocente y torpe que cae rendida (literalmente) a los pies de Grey. No parece que forme parte de esa corriente conservadora que gusta tanto a un sector norteamericano que defiende la abstinencia sexual hasta el matrimonio. Sin embargo, es vírgen y ha tenido más bien poca experiencia con los hombres; espera a su príncipe azul. Otro fallido intento de construir un personaje consistente. Y por supuesto su físico es “normal”. En definitiva, Ana podría ser cualquiera.

8) Anastasia es para todo el mundo Ana: solo Christian la llama por su nombre completo y lo hace de forma casi compulsiva, cada cinco o seis palabras, a modo de mantra: Anastasia, Anastasia, Anastasia…..el resultado es un diálogo forzado. Lo mismo ocurre entre Ana y Kate. Quizás James quería conseguir algún tipo de efecto pero no he sido capaz de averiguarlo.

9) Del argumento poco más. A la primera de cambio Grey le descubre a Steele que solo practica (y solo ha practicado) relaciones sexuales sádicas y le pone delante de las narices un contrato de sumisión -o algo parecido-, cláusula de confidencialidad incluida, para que lo firme y poder así empezar, de mutuo acuerdo, esa relación en la que tanto placer encuentra. No sé si ese tipo de acuerdos existen; probablemente sí, porque de todo hay en este mundo, pero me parece imposible que la redacción sea siquiera parecida.

10) El mundo del sadomasoquismo y lo que implica me resulta absolutamente desconocido y desconcertante. Pero no creo que se asemeje, ni por asomo, a lo que nos enseña Cincuenta Sombras de Grey. Me temo que es otra versión palomitera que lo lleva a la simpleza más absoluta y lo hace resultar “superficial”.

11) Me vienen a la memoria algunos títulos que, de algún modo, se acercan más o menos a las conductas sadomasoquistas: Lunas de Hiel, la inquitante cinta de Polansky; Portero de noche, compleja película de culto dirigida por Liliana Cavani, quizás la más conocida de esa corriente que asocia el nazismo con el comportamiento sadomasoquista y que tiene su exponente más cruel en Illsa, la Loba de las SS, repugnante creación de Don Edmonds que no he sido capaz de ver entera. O la desoladora La Pianista de Haneke, ya citada en este blog (y su versión, también palomitera, Cisne Negro). No hay nada, absolutamente nada en esos títulos ni en sus personajes que se parezca, siquiera remotamente, al Christian y a la Anastasia de Cincuenta Sombras de Grey.

12) Los tiempos que maneja la escritora tampoco resultan verosímiles. Demasiado rápido, casi sin vacilar, Christian sucumbe a la inocencia de Ana. Se permite apenas unos pocos momentos de flaqueza ante las más que comprensibles reticencias de la protagonista. Demasiado pronto le muestra sus cartas. Quizás sea más comprensible que Anastasia se vuelva loca desde el primer momento.; pero también acepta demasiado pronto llevarse unos azotes. Eso sí que es llegar y besar el santo.

13) Obviamente, Christian, hasta que conoció a Anastasia, no había sentido nada de verdad por ninguna mujer. Por eso este tipo taciturno y críptico la lleva inmediatamente a conocer a sus padres, a cogerle la mano delante de todos y a dejarse fotografiar con ella. Resulta casi casi adolescente.

14) Kate, la compañera de piso de Anastasia, es otro estereotipo; es todo lo que nuestra protagonista querría ser. Guapa, lista, segura de sí misma… es decir, otro compendio de virtudes y de perfección que sospecha de Christian desde el primer momento (a ella no podía escapársele ese lado oscuro) y que consigue volver loco al hermano de éste. Mejor, imposible. Todos cenando juntos a la semana de conocerse en la gran mansión de los suegros millonarios. Un sueño para cualquiera…

15) En realidad, todos los personajes son clichés: como el chófer-ayudante-mano derecha-invisible-leal-siempre disponible Taylor que de forma inmediata se hace “amigo” de Anastasia. O José, su amigo fiel que obviamente está perdidamente enamorado de ella.

16) El que Grey sea tan perfecto, de alguna manera, coloca a la escritora en el difícil papel de tener que explicar el porqué de esa tendencia sádica. Es decir: el sadismo se muestra como una conducta reprobable y enfermiza que solo una infancia terrible, algún secreto aún no desvelado (hay dos volúmenes más) y la existencia de una Sra. Robinson, pueden explicar. Y eso que Christian hace ímprobos esfuerzos por vender a Ana las bondades de sus práticas. Podéis estar tranquilas mujeres del planeta: lo de Christian tiene cura.

17) Nuestro protagonista es además un filántropo preocupado por terminar con la hambruna en el tercer mundo. Aún no se ha desvelado el motivo (James guarda información para las secuelas) pero se sospecha que en algún momento de su vida pasó necesidad y penurias, antes de ser adoptado. Por eso quizás no se deja acariciar, es vulnerable. Es la forma de completar ese perfil perfecto de Grey. Sus sombras son fruto exclusivamente del sufrimiento que padeció en el pasado. Pero el amor lo puede todo. ¿O no?.

18) Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy; intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo. Estas son las primeras frases de Cincuenta Sombras de Grey.

19) Se supone que uno de los atractivos del libro es la cantidad de sexo que hay en sus páginas. Haberlo, lo hay, desde luego. Y descriptivo. Pero todas las escenas son iguales y a todas les falta algo. Más bien les falta mucho o, al menos, lo esencial; difícil describir esa línea que separa la pornografía barata del erotismo o de esa otra pornografía que hay sin duda en algunos libros y que te deja un nudo en el estómago llenando escenas que forman parte necesaria y complementaria de la historia. Aquí es absolutamente gratuito y yo diría que vulgar.

20) Mención aparte merece la capacidad física de los personajes. Sobre todo la de él. Son máquinas de fabricar orgasmos (todos ellos brutales) desde el primer momento.

21) Gran parte del libro la componen los monólogos interiores de Ana. Ya hemos dicho alguna vez que la narración en primera persona busca el acercamiento entre el lector y el escritor. Aquí esa misión resulta poco menos que imposible. Ana vive una tremenda “lucha interior” entre su “yo racional” -ese yo inseguro, patito feo, que cree que no merece lo que le ha tocado en suerte y que le grita que huya despavorida- y la diosa que llevo dentro (literalmente, no es una coña), el álter ego que le recuerda que es estupenda, le suplica aventura y riesgo y da saltitos de alegría cuando es escuchada. Por momentos Cincuenta Sombras de Grey parece el diario de una quinceañera.

22) De hecho, aparecen en el libro frases como qué bueno está, como le quedan esos vaqueros y otras por el estilo. Lo dicho, el diario de una adolescente. Eso sí, un poco procaz. No casa bien con una “mujer” que de repente no piensa más que en el sexo y se deja atar y azotar. Es probable que la traducción no haya ayudado demasiado aunque no creo que la versión original sea mucho mejor.

23) Porque puedo. Es la expresión que usa Christian de forma recurrente cuando Ana le reprocha sus excesivas y constantes atenciones. Resulta pueril. 

24) Grey, como buen ser atormentado que es, padece insomnio y aporrea Bach en las teclas de su piano, descalzo y con el pelo revuelto, a horas intempestivas. Recuérdese a Richard Gere en Pretty Woman.

25) En algún sitio leí que la escritora abandonó su trabajo durante un año o poco más para encerrase a escribir la trilogía. No quiero desmerecer a quien es capaz de llenar con palabras 1.500 páginas en tan poco tiempo. Pero es obvio que el resultado, a menos que seas un genio, no puede ser más que mediocre.

26) Salvo que mejore el balance de pérdidas y ganancias de la compañía, no me interesa, Ros. No vamos a cargar con un peso muerto. No me pongas excusas tontas. Que me llame Marco, es todo o nada. Sí, dile a Barney que el prototipo pinta bien, aunque la interfaz no me convence. No, le falta algo. Quiero verlo esta tarde para discutirlo. A él y a su equipo; podemos hacer una tormenta de ideas. Pásame con Andrea otra vez. -Espera, mirando por el ventanal, amo y señor del universo contemplando a la pobre gente bajo su castillo en el cielo-. Andrea…

27) James no se ha molestado más de lo imprescindible en que haya una minima riqueza léxica o sintáctica en su novela. Repite y repite vocablos, expresiones, frases y casi escenas, diría yo. Me besa con suavidad, no puedo controlarme, mis dedos se enredan en su pelo, la descripción de los encuentros sexuales de los protagonistas son casi calcos unos de otros. Salvo cuando entran en el cuarto del dolor ya que aquí practican la variante sádica que tanto desconcierta a Anastasia (parece que le gusta aunque no está muy claro cuánto) y que tanto gusta a Christian a pesar de que al tiempo le duele hacer daño a aquélla a quien ama. ¿Pero no se trataba exactamente de eso?. Parece ser que no, que el sadismo persigue el placer a través del dolor físico pero tiene como finalidad proporcionar dicho placer tanto al amo como al sumiso. Quizás sea ésta la clave para distinguir la práctica sexual de la perversión; pero me temo que un sádico necesita un masoquista.

28) Cincuenta Sombras de Grey nos vende una visión casi idílica de la relación de pareja. Sí, es así; aunque resulte contradictorio lo que estoy escribiendo con el hecho de que uno de los protagonistas tenga tendencias sádicas. Como ya he dicho, ese pequeño detalle tiene su explicación y además se cura. Lo importante son las mariposas en el estómago y que a uno le tiemblen las piernas, expresiones que también se utilizan con profusión. Resulta de una simpleza absoluta.

29) He oído multitud de comentarios sobre el libro. de hecho, en la portada aparece una etiqueta con la leyenda Sí, este es el libro del que habla todo el mundo. Me parece imposible que el perfil del lector de Cincuenta Sombras de Grey sea una mujer entre 40 y 50 años. Reflexionando un poco, he llegado a la conclusión de que quizás la explicación esté en el hecho de que es esa una generación a la que le ha sido vetada la pornografía y ha tenido acceso al fenómeno Internet solo a partir de una determinada edad (se acabó el tabú). Leer Cincuenta Sombras de Grey es una forma “fina” y sútil de leer algo un poco subido sin que parezca obsceno, sino simplemente “atrevido”.

30) Al parecer hay un nuevo género literario llamado “porno para mamás”. Al parecer está siendo objeto de estudio. Al parecer ayuda a que las mujeres se sientan mejor consigo mismas y más “liberadas”. Todo esto me parece imposible. http://www.washingtonpost.com/national/health-science/fifty-shades-of-grey-is-seen-as-improving-womens-sexual-health-and-wellness/2012/05/21/gIQAGx4zfU_story.html

31) Resulta preocupante (al menos a mí me lo parece) que Christian sea el prototipo de hombre ideal para tantas mujeres. Aún no sé si Cincuenta Sombras de Grey es un libro tremendamente machista o si defiende la libertad sexual de la mujer. Se supone que la suma de ese lado oscuro y de ese otro tan vulnerable, lo hacen, junto a sus millones y su físico, absolutamente irresistible. Como para un estudio sociológico. Mal vamos, me temo.

32) Lo que sí es evidente es que es un libro de esos que se ha escrito pensando en el cine. Pero cine Made in Hollywood, of course. No quiero ni pensar en el guión.

33) Creo que es absolutamente necesario desmontar (si es que ello es posible) la falacia consistente en afirmar que cuando se “necesita” leer algo ligero, entretenido y “fácil”, la respuesta tenga que ser, necesariamente, un producto editorial de este tipo. Ni por asomo. Hay muchos ejemplos de lo contrario en este mismo blog. Y no digamos fuera de él.

34) Entro hoy mismo en La Casa del Libro y me encuentro con el anuncio de otra trilogía erótica “definitiva” que arrasa en ventas. El hombre es el único animal que tropieza….http://www.casadellibro.com/libro-no-te-escondo-nada/9788467009651/2016283

35) Lo dicho: prometí que no iba a mentir en los comentarios y no quiero que suene pedante, pero en algunos momentos el libro me ha parecido algo muy cercano a una tomadura de pelo.

36) Cincuenta Sombras de Grey se lee muy rápido. Maquetación cómoda, letra espaciosa y espaciada. Admite, por muchos motivos (aquí os he contado algunos) la lectura en diagonal. Es la mayor de sus bondades.

37) Aún con todo, insisto en reconocer el mérito de quien consigue que personas a las que no les gusta leer engullan 1.500 páginas como si en ello les fuera la vida. ¿Pueden millones de personas estar equivocadas?.

38) Me ratifico: uno mejor que tres. Cincuenta Sombras más Oscuras y Cincuenta Sombras Liberadas tendrán que esperar. No quiero ni imaginar lo que encerrarán sus páginas. Supongo que más de lo mismo. Pero preguntaré que ha sido de estos chicos…

39) Hubiera tenido cierta gracia llegar a los cincuenta. De hecho, esa era mi pretensión inicial. Pero francamente, no se me ocurre nada más que decir sobre el libro.  Y creo que ya le he dedicado más tiempo del que se merece.

40) Muchas gracias. Por lo de siempre.

Metaliteratura

La obra narrativa de Philip Roth forma parte de la gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud. Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva. Acta del Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012.

Hace más o menos un año escribía acerca de El Lamento de Portnoy (me temo que ha estado colgado en su lugar, por error, Lamentaciones de un Prepucio libro que leí por las mismas fechas y que en algún momento llego a confundir) y de La Humillación. Y ahora vuelvo a Roth cuyos libros pueden encontrarse a montones en las librerías estos días. No defrauda.

Roth es otro de esos escritores que levanta pasiones en unos y hace fruncir el ceño a otros. Sin haber caído rendida a sus pies, reconozco que me gusta lo poco que he leído de él. Aunque coincido en apreciar ciertas dosis de narcisismo en sus libros. Curiosamente, tanto La Humillación como Mi Vida como Hombre nos hablan del talento perdido y del bloqueo “artístico” que sufren sus respectivos personajes. La mujer tiene un papel preponderante en los dos títulos y en ambos la esposa del protagonista acaba siendo, de algún modo, causante de parte de su desdicha. Es posible que algo de todo eso haya habido en la vida del propio Roth.

Mi Vida como Hombre (Debolsillo Contemporánea, Ed. junio 2012. Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz y Mercedes Mostaza) es sin duda un ejercicio de lo que se conoce como metaliteratura, una deconstrucción de la propia novela -ahora que está tan de moda ese término- una novela dentro de otra, por usar una expresión manida.

La primera parte del libro, titulada Ficciones útiles,  la componen dos relatos, Candor Juvenil y En Busca del Desastre (Seriedad a los Cincuenta) y, en mi opinión, son lo mejor de aquél. Los he devorado con auténtica fruición. Ambos están protagonizados por Nathan Zuckerman, personaje de ficción que según he leído aparece en varias de las novelas posteriores de Roth como una especie de alter ego del escritor. Pero aquí no acaba el juego: las desventuras de Nathan Zuckerman son en Mi Vida como Hombre invenciones de Peter Tarnopol, protagonista de la segunda parte del libro (Mi verdadera historia) que asume, de alguna forma, el papel de Roth. Al escritor le gusta jugar y alejarnos definitivamente del concepto y la estructura clásicas de la novela. Me gusta esta experiencia

No contento con ese juego de identidades, Roth ha optado por casi casi duplicar la historia o al menos los ejes fundamentales de ésta. Lo que nos cuenta Ficciones Útiles es, en gran medida, lo mismo que nos cuenta Mi verdadera historia. O más bien, Ficciones Útiles es la vida de Peter Tarnopol novelada por sí mismo. Quizás Mi Verdadera Historia sea, a su vez, una forma novelada de contar la vida de Roth. En fin, mezclamos realidad y ficción. Empiezo a temer que alguno se pierda…

“Demasiado fácil -murmuraría-, y además fantástico.” Cumplimiento de deseos mediante la ficción, la ficción al servicio de los propios sueños. No es como la Vida Real. Y yo estaría de acuerdo. La muerte de Maureen no fue como la Vida Real. Esas cosas sencillamente no suceden, salvo cuando suceden. (Y a medida que pasa el tiempo y envejezco, descubro que suceden cada vez con más frecuencia.) (pág. 143.)

Yo sé que no puedes escribir sobre mí. No puedes lograr que la felicidad suene como algo real. Y un matrimonio feliz entre dos personas que trabajan es algo tan afín a tu talento y a tus intereses como podría serlo el tema del espacio exterior. (Pág. 146.).

Los fragmentos anteriores pertenecen a sendas cartas escritas por Tarnopol y su hermana Joan y constituyen una adicional vuelta de tuerca a ese juego que propone Roth. Mi Vida como Hombre incluye “análisis” sobre los relatos iniciales -y de paso sobre la vida de Tarnopol, con la que están permanentemente conectados- en forma de cartas escritas por aquéllos que han tenido la oportunidad de leerlos. Es decir, hay otras interpretaciones acerca de esa dualidad Zuckerman-Tarnopol y, de paso, algo parecido a una autocrítica. Aunque insisto, a Roth se le ve un pelín el plumero de la autocomplacencia. Todo esto se completa con la visión del psiquiatra de Tarnopol, otro personaje de peso en el libro y una auténtica incursión en el mundo del psicoanálisis.

La historia “común”, por llamarla de algún modo, es la de un profesor-escritor criado en la más absoluta de las normalidades que de repente decide que que no quiere compartir su vida con una mujer “convencional” a pesar de que la tenga y, de alguna manera, le haga feliz. Probablemente su ego es lo que le arrastra a buscar una compañera complicada, por decirlo suavemente, una compañera que lo arrastre hacia su propia destrucción y que quizás le sirva de inspiración para sus obras. Con esas mujeres, Nathan Zuckerman y Peter Tarnopol viven, cada uno a su manera, una relación degradante y enfermiza que les bloquea la mente y el espíritu. Pero al tiempo sufren una especie de Síndrome de Estocolmo que perdura más allá de la muerte de Lydia y Maureen; Tarnopol, a pesar de ser un escritor “promesa” no es capaz de escribir una sola línea que trate sobre algo que no sea su propio matrimonio.

En resumen, porque era rica, guapa, mimada, inteligente, voluptuosa, joven, vibrante, vivaz, segura, ambiciosa, y porque me adoraba. !Por eso la dejé para quedarme con Maureen!. Dina era todavía muy joven y lo tenía casi todo. Yo, en cambio, a los veinticinco años, decidí que estaba más allá de todo “eso”. Quería algo llamado “una mujer”.

A los veintinueve años, con dos divorcios a sus espaldas, sin rico ni amante padre, sin ropa elegante, sin futuro, a mi entender Maureen parecía haberse acreedora de todo lo que estaba involucrado en la palabra “mujer”; (pág. 225).

Estaba entones, y milagrosamente no lo estoy ya, casado con una mujer a quien detestaba, pero de la cual no podía separarme, subyugado como estaba no solo por su gama profesional de recursos de extorsión moral (por aquella mezcla de elementos espeluznantes y trillados que hacía que nuestra vida en común recordase un culebrón televisivo o una novela por entregas de las del National Enquirer), sino por mi propia tendencia infantil a aceptarla. (pág. 129).

Sin duda, como ya os he dicho, las mujeres ocupan un sitio de honor en el libro de Roth, aunque me temo que no salen muy bien paradas: hay bastantes dosis de misoginia en Mi Vida como Hombre. Aparte de Lydia y Maureen, por sus páginas desfilan Sharon, Mónica, Dina, Susan…quienes sirven al escritor para reflexionar acerca de las relaciones de pareja al estilo Lolita, Pigmalión, Madame Bovary, Anna Karenina… Relaciones que se basan siempre en la verticalidad, la dependencia, incluso la sumisión. Siempre parece ser la mujer la que más pierde por ese supuesto afán por alcanzar la seguridad del matrimonio: de esa búsqueda solo paracen librarse las más jóvenes, quizás porque aún tienen mucho tiempo para alcanzarla.

En algunos momentos me ha venido a la mente el Roth irreverente, ácido y de humor escabroso que aparecía en El Lamento de Portnoy. Y, desde luego, no le va a la zaga en sarcasmo e incluso cinismo. Empiezo a pensar que, al igual que el pesismismo existencial, son valores en alza en la novela contemporánea. Mi vida como hombre es otra novela desoladora y casi apocalíptica del statu quo social. Parece que algunos tienen cierta tendencia a buscar la infelicidad de forma casi complusiva, como si el hecho de ser feliz fuera algo que requiriera cierta simpleza.

Roth no es un escritor fácil, a veces resulta alambicado, rebuscado. Se detiene permanentemente en la reflexión, con más o menos acierto. Aún con todo, Mi Vida como Hombre es un libro que creo que realmente merece la pena, a pesar de que ha habido una parte que me ha resultado algo tediosa. Quizás porque la segunda parte parece, en algún momento, una reproducción de la primera gracias a esa dualidad Zuckerman-Tarnopol. Solo que la primera me ha resultado superior.

En todo caso, por algo le habrán dado el Príncipe de Asturias. Algo tiene el agua cuando la bendicen.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Ketterer llegó a odiarme, Mónica se enamoró de mí, y Lydia llegó a aceptarme. Llegó a vislumbrar la liberación de su vida de infortunio, mientras que yo, al servicio de la Perversidad, la Caballerosidad, la Moralidad, la Misoginia, la Santidad, la Locura, la Furia Contenida, la Enfermedad Psicosomática, la Locura Vulgar, la Inocencia, la Ignorancia, la Experiencia, el Heroismo, el Judaismo, el Masoquismo, el Odio a Mí Mismo, el Desafío, el Culebrón, la Ópera Romántica, o, en fin, el Arte de la Ficción, o bien nada de todo ello, o bien todo ello y mucho más, hallaba la entrada a mi propio infortunio. (pág. 120, palabras finales de En Busca del Desastre -o Seriedad en los Cincuenta-, segundo relato de Ficciones Útiles).

Uno mejor que tres

Escribe Fernando Aramburu, en el estupendo epílogo de Las Ciegas Hormigas, (Ramiro Pinilla, Ed. Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Ed. en esta editorial, Enero, 2010. Premio Nadal en 1961, Ed. Destino) que por espacio de los años le complació ver en el libro la novela vasca por antonomasia, en la medida en que refleja la combinación fatal de mentalidad obstinada y de destino adverso que ha terminado por prevalecer en la moderna historia de(mis) paisanos, si bien, continúa Aramburu, a pesar de que con los años no ha perdido su extraordinaria fuerza épica, hoy día debo inclinarme, en un acto de estricta justicia literaria, por su hermana mayor, el ciclo comprendido en Verdes Valles, Colinas Rojas, a la hora de destacar un título representativo de los anhelos e inquietudes de toda una colectividad.

Nada más lejos de mi intención que contradecir a Aramburu. Pero confieso que leí hace unos pocos años La Tierra Convulsa, primer título de la citada trilogía y aunque es cierto que me gustó, y mucho, no lo es menos que no encontré el aliciente necesario para seguir con Los Cuerpos Desnudos y Las Cenizas del Hierro. Y ello a pesar de que encierra, aún siendo una novela con todas las letras, múltiples claves para entender el inicio del nacionalismo vasco.

Lo dicho: me quedo con Las Ciegas Hormigas; de ésta si hubiera leído cien o doscientas páginas más. Quizás porque soy poco proclive a acometer lecturas de más de un volumen, a pesar de que la grandiosa trilogía Los Gozos y las Sombras de Torrente Ballester es otro de esos cuatro o cinco títulos que más me han hecho disfrutar. 

La verdad es que me encuentro en una posición muy difícil por culpa de Aramburu. En su Epílogo está todo aquéllo que creo que habría de decirse sobre el libro. Encima muy bien dicho. Y encima dicho por alguien que entiende esa sociedad y esa forma de vivir que nos describe Pinilla por cercanía. Aún con todo, haré un esfuerzo por contaros algo desde mi perspectiva que, probablemente, se encuentre cerca de la de cualquier lector del montón.

Muchos dirían que Las Ciegas Hormigas nos cuenta qué ocurre en Getxo cuando un barco inglés cargado de carbón encalla en sus acantilados; no faltaría a la verdad. Pero la novela de Pinilla va mucho más allá. El barco, el accidente, es solo la historia “aparente”, obvia. Lo trascendente, lo grande de Las Ciegas Hormigas es que consigue enseñarnos toda una forma de ser y de vivir a través de los sucesos de unos pocos días. Pero no penséis ni por un momento que esa “historia aparente” es un mero relleno; antes al contrario, es el elemento de cohesión de la novela, el elemento que le da sentido. Y encima es apasionante, tremenda, desoladora.

En medio de la tragedia del barco que se va a pique, dejando en el agua muerte y podredumbre, un pueblo entero espera con ansia la impunidad de la noche para hacerse con un trozo de ese desastre, cueste lo que cueste. Un trozo de desastre que supondrá sobrevivir otro invierno, que permitirá dar calor y vida a la familia. La felicidad de unos sustentada en la desgracia de otros. Quizás, casi siempre sea así.

Destaca Aramburu, entre otras bondades del libro, la técnica narrativa usada por Pinilla; coincido, sin duda, en alabarla. Varios narradores que nos cuentan cómo viven ese mismo suceso: todos ellos miembros de la familia Jaúregui. No con el mismo protagonismo, pero sí con la misma intensidad. Esto hará que el lector se implique en la historia más de lo habitual. La empatía que se alcanza con cada uno de los personajes es absoluta: todos son creíbles, desde la pequeña Nerea, que pone el toque tierno e inocente a la historia, hasta Abuela, con mayúscula y sin artículo, como se refieren a ella en el libro.

Cada uno de los Jaúregui tiene su papel en esta pseudo fábula. Ellos mismos se irán desnudando poco a poco a través de las páginas de Las Ciegas Hormigas. Nos cuentan en primera persona lo que hacen, dicen y piensan. Pero también puede adivinarse lo que callan. Son personajes perfectamente construidos, coherentes y sólidos. Piezas perfectamente encajadas. Pinilla se ha preocupado también de ofrecernos un retrato completo del resto del pueblo y de los lugares en los que transcurre la trama (a muchos de vosotros os resultarán más que familiares; al resto os recomiendo encarecidamente que los visitéis). Y creo que no es en absoluto causal porque la que nos cuenta Pinilla no es de esas historias que podrían haber ocurrido en un sitio o en un momento cualquiera.

Sabas Jaúregui es el patriarca de la familia. En él encontramos todo aquéllo que la leyenda urbana atribuye a un vasco. De una fortaleza y una determinación (quizás tozudez) a prueba de bomba. Pero me temo que es el más incomprendido del libro. Para “juzgarlo”, es necesario que nos situemos en el tiempo y en el lugar de Las Ciegas Hormigas. Solo así podremos llegar a valorarlo en su justa medida. De otro modo nos parecerá solo un hombre frío, autoritario y devoto del trabajo. Es más que probable que lo sea, pero es su forma de sobrevivir y de asegurar la supervivencia de los suyos. No tolera la debilidad en los demás porque él mismo no se la permite: es la más auténtica de las hormigas ciegas. Resulta curioso pero es el único personaje que no habla de sí mismo y el único que no actúa de narrador. El resto asumirá esta tarea convirtiéndolo en el epicentro de la novela y descargando sobre él sus iras.

Sabas Jaúregui es también quien marca el ritmo de la vida en el caserío y, por extensión, la de todo el clan. El día a día resulta casi desolador: levantarse, trabajar, comer y poco más. Una especie de día de la marmota que se repite una y otra vez, como en la película de Harold Ramis Atrapado en el Tiempo, si bien, a Bill Murray se le concedía el favor de poder cambiarlo. No hay sitio para lo no calculado. No hay tiempo para lo que no sea asegurar la supervivencia. Quizás por este motivo el naufragio del barco servirá de espita por la que saldrán todas las miserias de los Jaúregui; y una vez abierta será imposible cerrarla. 

También hay sitio en Las Ciegas Hormigas para la reflexión y la crítica. Reflexión sobre el sentido de nuestras vidas y sobre las miserias que a todos nos acompañan. Crítica a esa casi universal necesidad de pertenencia a un grupo y al miedo a encontrarnos solos con nosotros mismos. En fin, que hay mucho en apenas trescientas páginas. Y muy bueno.

Y sacó la pajita de su boca y la colocó cruzada sobre una de las rutas fijas que seguían las hormigas. Y éstas, por muy cargadas que fuesen con granos o larvas, las salvaban trabajosamente y seguían su ruta.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Antes de El Mapa y el Territorio

LLevo tiempo (ahora que lo pienso, casi un año) con la intención de leer El Mapa y el Territorio, la última novela hasta la fecha de Michel Houellebecq y que valió al escritor francés el Premio Goncourt el pasado año. Pero como tenía ciertas reservas, he decidido comenzar a adentrarme en el universo Julebé (con permiso de SAP, nick del creador del término y personaje listo e ingenioso donde los haya http://lavidaconestagente.blogspot.com.es/  que encima escribe estupendamente) a través de Las partículas elementales (Ed. Anagrama. Colección Compactos 15ª edición, mayo 2011. Traducción de Encarna Castejón). Y aún lo estoy digiriendo. Quizás por lo rápido que lo he leído. Una auténtica pena terminarlo tan pronto…

Seguro que muchos de vosotros lo habéis disfrutado antes que yo. No sé si compartiréis mi opinión pero a mí me ha entusiasmado. De principio a fin. He encontrado todo lo que esperaba de Houellebecq y aún más.

El hilo conductor de Las Partículas Elementales es la historia de Michel y Bruno, dos personajes que, en principio, solo comparten madre aunque, en realidad, ambos son producto de los mismos efectos perversos de la sociedad que les ha tocado vivir; y ambos son hijos de la revolución sexual de la que nos hablaba Martin Amis en su Viuda Embarazada.

Houellebecq es, en cierto modo, determinista. Quizás por eso los descendientes de la frívola Janine Ceccaldi están predestinados desde su nacimiento a sufrir una orfandad emocional que los convertirá en seres asociales. Cada uno a su manera, eso sí. Supongo que para aquéllos que conocéis algo del escritor francés es una obviedad que diga que hay mucho de autobiográfico en este libro. Y mucho de rencor hacia su madre. Es curioso, pero la figura paterna es un algo casi accidental, irrelevante diría yo. El origen de las miserias es ella; la que abandona es ella, la que hace sufrir es ella. Freud se frotaría las manos leyendo el libro porque, paralelamente, hay algo de misoginía en el francés.

Janine Ceccaldi es la encarnación del carpe diem. Guapa, liberal, eterna víctima del síndrome de Peter Pan y de su propio hedonismo. Incapaz de asumir el paso del tiempo y de establecer relaciones afectivas estables; especialmente con un hijo, por la enorme dependencia que ello supone. Inmadura, pseudo intelectual, vividora y con dinero, lo que al final de la vida puede convertirse en un instrumento para continuar rodeada de juventud, de esa juventud que irremediablemente se ha ido.

Bruno Clément, el mayor de los hermanos, muestra un desapego absoluto respecto de sus padres desde muy pequeño, lo que puede resultar extraño ya que los niños suelen conformarse hasta con las migajas de afecto en esa edad en la que los padres lo son todo y son, aún, perfectos. Tiene como único referente emocional a su abuela, pero le falta demasiado pronto y aprende, también demasiado pronto, en qué consiste la jungla de la vida. Aunque le pese, Bruno tiene mucho de su madre. Misógino, obsesionado con el sexo (el único modo que conoce de relacionarse con las mujeres) y a la vez víctima de una enorme inseguridad agudizada por el tamaño de su pene, lo cual resulta lógico si tenemos en cuenta que esas mujeres son para él poco más que fuentes de placer físico, por usar un término correcto; en realidad, son un par de agujeros y, sobre todo, una boca. Creo que en el fondo les tiene miedo o, más aún, pánico.

Michel Djerzinski es otro solitario. Una especie de caracol pseudo genio que renuncia demasiado pronto a la felicidad y casi a la vida. El sexo es para él un trámite asociado a una edad y a un estado hormonal que ve alejarse podría decirse que con alegría. Se priva a sí mismo de aquéllo que quiere porque al tiempo se considera incapaz de amarlo. Pero eso no le libra del sufrimiento; simplemente lo resigna al mismo.

Houellebecq dedica un ímprobo esfuerzo a situarnos en el entorno preciso en el que se desarrolló la infancia de los hermanos. Precisamente porque ahí se encuentra la explicación al cómo son Bruno y Michel hoy y al cómo han transcurrido sus respectivas vidas. Ellos, en definitiva, no han elegido nada. Las cosas, simplemente, no podían ser de otra manera. En este sentido, Las Partículas Elementales es casi un tratado de sociología. El escritor francés desmenuza con absoluta precisión la evolución del pensamiento, de la cultura y hasta de la ciencia en los años en los que transcurre su libro. De hecho, la ciencia tiene un papel fundamental a través del personaje de Michel. El libro está lleno de continúas reflexiones y exposiciones más o menos inteligibles pero que siempre encajan en la historia. Al igual que ocurre con los experimentos, el devenir de los acontecimientos resulta predecible.

El francés nos enseña una sociedad fría, materialista, marcada por el individualismo y por una exaltación enfermiza de la juventud, el sexo y la belleza. El mundo es un lugar donde la felicidad es algo casi inalcanzable o, cuando menos, efímero, y en el que los seres son casi autómatas incapaces de comunicarse. El cómo nos lo enseña es otro cantar; escéptico, provocador, cínico, casi cruel; en ocasiones mordaz y permanentemente incómodo. Las Partículas Elementales, que contiene pasajes que muchos calificarían de pornográficos, hace que te remuevas en el sillón. Y eso me gusta.

Sobra decir que Houellebecq es un escéptico en lo que a las relaciones de pareja se refiere. Sus personajes son incapaces de entregarse a nadie ni de abrirse del todo a nadie. Individualismo como principal síntoma de una sociedad enferma en la que los seres que la componen forman un grupo extraño y heterogéneo. Los escasos momentos de “relajación” que encontramos en Las Particulas Elementales son un puro espejismo. El escritor no hace ni una concesión a aquéllos que gustan de lo amable. Pero engancha. Y deja un sabor amargo. Quizás porque en este libro encontramos mucho de lo que nos rodea y quizás algo de nosotros mismos.

Esta vez no puedo transcribiros ningún pasaje porque he prestado el libro antes de tiempo, me temo. Así que no habrá en este post pruebas escritas del incorformismo y de esa acidez rasposa e hiriente que lo ha dado a conocer. En todo caso, abstenerse los fans de los finales made in Hollywood.

Hoy viernes empiezan mis vacaciones. Aún no sé si me iré con el portátil o si directamente me desconectaré hasta la vuelta. En todo caso, en un momento u otro os contaré a qué he dedicado mis momentos de lectura que espero que sean muchos y provechosos.

Felices vacaciones (o al menos lo que queda de ellas). Y muchas gracias. Por lo de siempre.

Lo general y lo concreto

La frialdad de las cifras tiene el efecto perverso (y aliviador) de alejarnos de la realidad. Lo general, por definición, siempre nos resulta más extraño, más lejano. Lo concreto, por el contrario, nos toca más cerca.

Quizás el ejemplo más claro de lo que digo sea el referido a las cifras de víctimas. Llega un momento en el que la cabeza, y quizás el corazón, se abstraen y toman distancia de los efectos de las grandes tragedias que los hombres hemos sufrido a lo largo de los siglos. Ya sea por los caprichos de la naturaleza, ya sea por nuestros propios caprichos o por nuestra siempre presente vanidad.

Las cifras de muertos de la Segunda Guerra Mundial consiguen abrumarnos: 40, 50, 60 millones de muertos; quizás 70 u 80. Como si 10 millones arriba o abajo no importaran. Parece que suena más o menos igual. Y dentro de ese desfase absoluto de sinrazón empezamos poco a poco a concretar: 25 millones en Rusia, unos 13 en China; si descendemos un poco más nos encontramos con los más de 200.000 muertos en Hiroshima y Nagasaki, quizás las más crueles demostraciones de poder omnímodo que forman parte de nuestra historia. Pero no es éste el sitio para hablar de eso. O sí. Pero desde una perspectiva literaria. Hiroshima (Ed. Debolsillo, 2ª Ed. marzo 2011) es el libro que me ha llevado a estas reflexiones. Tristemente, no es una novela de ficción, sino un artículo publicado en la revista The New Yorker escrito por el Premio Pulitzer y corresponsal del Pacífico durante la Gran Guerra, John Hersey, convertido en libro.

Hiroshima es lo contrario a la generalidad. Lo contrario a la absurda y estéril empatía, universal y enfermiza, que a veces sufrimos. Hiroshima pone nombre y apellidos a la tragedia, a las víctimas, al sufrimiento. Y eso es, precisamente, lo que lo convierte en espeluznante. Las vivencias de los seis personajes que componen este relato son capaces de hacernos atisbar lo que debió ser aquel infierno. Otro de esos libros que debería ser de obligada lectura, sobre todo en una parte del mundo en la que la industria del cine americano ha vendido a lo largo de las décadas la versión parcial de esa guerra que han querido enseñar: los japoneses son los bárbaros que atacaron sin piedad Pearl Harbour. Se olvida que el castigo fue brutal, tremendo. Dos bombas (por llamarlo de alguna forma) lanzadas sin piedad sobre poblaciones llenas de civiles y niños, cuyos efectos, físicos y psicológicos, aún hoy perduran. Otra forma de holocausto.

Hiroshima no tiene absolutamente nada de novela. Es narración real pura, directa, dura, pero a la vez humana. En ningún momento a lo largo de la lectura de sus páginas se pregunta uno de dónde han salido esas historias. Es evidente que fueron reales; quizás porque Hersey no se ha detenido en ese detalle o en esa frase en las que sin dificultad se adivina que el escritor ha añadido algo suyo a la trama. Son páginas impresionantes; todas ellas. El libro comienza con el estallido de la primera bomba y a partir de ese momento nos narra cómo se vivieron esos primeros momentos de absoluto caos. Los primeros instantes en los que se pensaba que lo que había caído del cielo era una bomba más. Y las horas posteriores, en los que poco a poco los supervivientes se van dando cuenta de la dimensión del desastre mientras comienza a llover una extraña ceniza del cielo. Aunque siguen sin entender absolutamente nada. No es de extrañar; aún hoy, a muchos nos resulta incomprensible.

Algo parecido a una película de zombies debió resultar ese dantesco desfile. Silencio, gente en harapos o desnuda; gente a la que las quemaduras ha labrado los dibujos de la ropa que llevaban en su propia piel. Decenas, miles de personas deambulando sin saber hacia dónde van, sin saber si están vivos o muertos. Esperando que en algún momento termine el infierno y aparezcan casas en pie, hospitales en pie, gente a la que no haya alcanzado el monstruo. Pero ese lugar no llega: está demasiado lejos, a demasiados kilómetros. Y toda esa gente tiene que convivir, malvivir durante días con la muerte, los lamentos, la sangre, el hedor y la miseria. Solo uno de los protagonistas permanece con su cuerpo intacto: el Sr. Tanimoto. Hersey nos cuenta como los que se cruzaban con él exclamaban !Miren! Uno que no está herido. También nos cuenta el efecto que a Tanimoto le causaba lo que veía alrededor: Como cristiano, se sintió lleno de compasión por los que estaban atrapados, y como japonés se sintió abrumado por la vergüenza de estar ileso, y rezaba mientras corria: “Dios los ayude y los salve del fuego” . […] Durante todo el camino se cruzó con gente terriblemente quemada y lacerada, y eran tales sus remordimientos que se giraba a derecha y a izquierda para decirles: “Perdonen que no lleve una carga como la suya” (pág. 41).

No hay nada más que contar del libro. Supongo que todos creemos conocer esa historia. Pero no es verdad. No la conocemos en absoluto. Hersey nos cuenta cómo la vivieron algunos. Pocos, solo seis; seis hibakushas, como se llamó a aquéllos que sobrevivieron a la explosión y que se convirtieron en una especie de grupo casi maldito, temido por todos y manipulado por muchos. Pero el testimonio de éstos es, sin duda, suficiente para atisbar, aunque sea remotamente, lo que Hiroshima debió ser. Y lo que Hiroshima es aún hoy.

Leédlo, leédlo, leédlo!!!. No suelo decirlo, pero a veces se me escapa. No hay nada blando ni fácil en Hiroshima. Pero consiguió remover la conciencia de muchos. Estoy segura de que aún hoy lo sigue haciendo.

Un obituario dedicado a Hersey y publicado en The New Yorker afirmaba que es posible que Hiroshima fuera “el más famoso artículo de revista jamás publicado” y continuaba afirmando que “si hubo alguna vez un tema proclive a hacer que un escritor fuera recargado y un artículo farragoso, ése era la bomba de Hiroshima; pero el reportaje de Hersey fue tan meticuloso, sus frases y párrafos tan claros, serenos y contenidos, que el horror de la historia que tenía que contar nos resultó especialmente espeluznante”.

Antes de despedirme quiero mandar un abrazo a un amigo que pasa por uno de esos momentos que nadie querría vivir y que nadie debería hacerlo. Es muy posible que conozca Hiroshima, porque devora todo lo que se refiere a la II Guerra Mundial. Es de esos que no se conforma con que los demás le cuenten lo que pasó. Afortunadamente, aún nos quedan muchos momentos para que podamos hablar de esa Guerra (yo, más bien escucharte) y de todo lo demás.

Gracias, por lo de siempre.

La cosa principal

Mal de piedras (Milena Agus. Ed. Siruela, 2008) es un relato sorprendente. De esos que uno empieza sin saber lo que se va a encontrar y resulta que encuentra algo más de lo que esperaba. Quizás no al principio, porque sus primeras páginas hacen pensar a uno que ya ha leído cosas parecidas; me ha recordado a las novelas de Isabel Allende o Laura Esquivel que en su momento ocuparon mis horas de lectura aunque tengo que decir que a día de hoy, mis gustos van por otros derroteros.

Es una de esas historias en las que los personajes femeninos parecen inundarlo todo. Universo matriarcal que suele aparecer envuelto en un halo de misterio, magia o como quiera que se llame. Las mujeres de estas novelas nunca son mujeres sin más, siempre aparecen “tocadas” por una especie de “don divino” que las situa casi por encima de lo humano. La protagonista de Mal de Piedras tiene algo de todo eso. Será su nieta quien nos narre su historia y quien nos desvele un final que le da sentido a todo el relato y que lo hace aún más diferente a todos los que en un principio me recordaba.

Abuela (así se refiere a ella, con mayúscula) fue una niña peculiar. Obsesionada con encontrar un amor que no llega y que ella adivina en cualquiera que se le acerque. Tan deseosa de querer y ser querida, con una idea tan sumamente idealizada, intensa y apasionada de la pareja que es incapaz de distinguir los sentimientos. El libro nos cuenta como tras un primer encuentro acosaba con cartas casi obscenas a sus hipotéticos pretendientes, los cuales huían despavoridos. Esa fue su vergüenza: aunque todo quedara en papel. Y de su vergüenza nació su locura y de su locura su propia autodestrucción. No es la primera vez que me encuentro con una mujer que utiliza el autocastigo físico como forma de catarsis; me vuelve otra vez a la memoria La Pianista, esa película de Haneke que tanta angustia y soledad transmite. Aunque Abuela no llegue a tanto; pero se le acerca.

 Su locura pesa como una losa en la familia. Mientras ella siga en casa, encerrada y atada cuando no hay otra forma de controlarla, la felicidad del resto parece imposible. Por eso la casan. La obligan a casarse con un viudo que la conoce, que sabe todo de ella y aún así la acepta sin quererla, en pago de una deuda de la que nunca se nos contará nada. A partir de ahí nace una relación extraña entre la pareja y a partir de ahí Mal de Piedras se desmarca de toda esa literatura amable y “buenista” que citaba. El sexo se convierte en el eje central (y puede que único) de la pareja. Aunque aquí nos encontramos con un problema: en realidad no sabremos si llegan o no a quererse. Porque la narradora solo conoce la historia a través de Abuela y Abuela deforma su propia realidad y la describe como ella la ve, a través de ese caleidoscopio de locura que ni ella misma es capaz de manejar.

Mal de Piedras es además la enfermedad del riñón que Abuela sufre. Enfermedad que según ella misma la lleva a perder los hijos que espera una y otra vez. Y que la lleva también a una especie de Balneario donde conocerá al Veterano; por fin su alma gemela. Por fin a quien entregarse. Por fin aquél que le descubrirá “la cosa principal”. Aquél a quien con el tiempo buscará de forma desesperada. Aquél por quien se sentirá culpable por no querer a quien debe. Y del argumento no puedo contar más porque destriparía la esencia del relato.

Mal de piedras nos habla de la pasión, del amor, de lo estéril de empeñarse en amar a quien no se ama aunque sea la persona a la que se deba amar. También de lo peligroso de idealizar los sentimientos, de la culpa, de la espera, de la soledad.

Mal de piedras es un relato que nos habla de que las cosas no son lo que parecen ni lo que nosotros queremos que sean. Las cosas, simplemente, son lo que son.

Muchas gracias. Por lo de siempre.