Metaliteratura

La obra narrativa de Philip Roth forma parte de la gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud. Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva. Acta del Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012.

Hace más o menos un año escribía acerca de El Lamento de Portnoy (me temo que ha estado colgado en su lugar, por error, Lamentaciones de un Prepucio libro que leí por las mismas fechas y que en algún momento llego a confundir) y de La Humillación. Y ahora vuelvo a Roth cuyos libros pueden encontrarse a montones en las librerías estos días. No defrauda.

Roth es otro de esos escritores que levanta pasiones en unos y hace fruncir el ceño a otros. Sin haber caído rendida a sus pies, reconozco que me gusta lo poco que he leído de él. Aunque coincido en apreciar ciertas dosis de narcisismo en sus libros. Curiosamente, tanto La Humillación como Mi Vida como Hombre nos hablan del talento perdido y del bloqueo “artístico” que sufren sus respectivos personajes. La mujer tiene un papel preponderante en los dos títulos y en ambos la esposa del protagonista acaba siendo, de algún modo, causante de parte de su desdicha. Es posible que algo de todo eso haya habido en la vida del propio Roth.

Mi Vida como Hombre (Debolsillo Contemporánea, Ed. junio 2012. Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz y Mercedes Mostaza) es sin duda un ejercicio de lo que se conoce como metaliteratura, una deconstrucción de la propia novela -ahora que está tan de moda ese término- una novela dentro de otra, por usar una expresión manida.

La primera parte del libro, titulada Ficciones útiles,  la componen dos relatos, Candor Juvenil y En Busca del Desastre (Seriedad a los Cincuenta) y, en mi opinión, son lo mejor de aquél. Los he devorado con auténtica fruición. Ambos están protagonizados por Nathan Zuckerman, personaje de ficción que según he leído aparece en varias de las novelas posteriores de Roth como una especie de alter ego del escritor. Pero aquí no acaba el juego: las desventuras de Nathan Zuckerman son en Mi Vida como Hombre invenciones de Peter Tarnopol, protagonista de la segunda parte del libro (Mi verdadera historia) que asume, de alguna forma, el papel de Roth. Al escritor le gusta jugar y alejarnos definitivamente del concepto y la estructura clásicas de la novela. Me gusta esta experiencia

No contento con ese juego de identidades, Roth ha optado por casi casi duplicar la historia o al menos los ejes fundamentales de ésta. Lo que nos cuenta Ficciones Útiles es, en gran medida, lo mismo que nos cuenta Mi verdadera historia. O más bien, Ficciones Útiles es la vida de Peter Tarnopol novelada por sí mismo. Quizás Mi Verdadera Historia sea, a su vez, una forma novelada de contar la vida de Roth. En fin, mezclamos realidad y ficción. Empiezo a temer que alguno se pierda…

“Demasiado fácil -murmuraría-, y además fantástico.” Cumplimiento de deseos mediante la ficción, la ficción al servicio de los propios sueños. No es como la Vida Real. Y yo estaría de acuerdo. La muerte de Maureen no fue como la Vida Real. Esas cosas sencillamente no suceden, salvo cuando suceden. (Y a medida que pasa el tiempo y envejezco, descubro que suceden cada vez con más frecuencia.) (pág. 143.)

Yo sé que no puedes escribir sobre mí. No puedes lograr que la felicidad suene como algo real. Y un matrimonio feliz entre dos personas que trabajan es algo tan afín a tu talento y a tus intereses como podría serlo el tema del espacio exterior. (Pág. 146.).

Los fragmentos anteriores pertenecen a sendas cartas escritas por Tarnopol y su hermana Joan y constituyen una adicional vuelta de tuerca a ese juego que propone Roth. Mi Vida como Hombre incluye “análisis” sobre los relatos iniciales -y de paso sobre la vida de Tarnopol, con la que están permanentemente conectados- en forma de cartas escritas por aquéllos que han tenido la oportunidad de leerlos. Es decir, hay otras interpretaciones acerca de esa dualidad Zuckerman-Tarnopol y, de paso, algo parecido a una autocrítica. Aunque insisto, a Roth se le ve un pelín el plumero de la autocomplacencia. Todo esto se completa con la visión del psiquiatra de Tarnopol, otro personaje de peso en el libro y una auténtica incursión en el mundo del psicoanálisis.

La historia “común”, por llamarla de algún modo, es la de un profesor-escritor criado en la más absoluta de las normalidades que de repente decide que que no quiere compartir su vida con una mujer “convencional” a pesar de que la tenga y, de alguna manera, le haga feliz. Probablemente su ego es lo que le arrastra a buscar una compañera complicada, por decirlo suavemente, una compañera que lo arrastre hacia su propia destrucción y que quizás le sirva de inspiración para sus obras. Con esas mujeres, Nathan Zuckerman y Peter Tarnopol viven, cada uno a su manera, una relación degradante y enfermiza que les bloquea la mente y el espíritu. Pero al tiempo sufren una especie de Síndrome de Estocolmo que perdura más allá de la muerte de Lydia y Maureen; Tarnopol, a pesar de ser un escritor “promesa” no es capaz de escribir una sola línea que trate sobre algo que no sea su propio matrimonio.

En resumen, porque era rica, guapa, mimada, inteligente, voluptuosa, joven, vibrante, vivaz, segura, ambiciosa, y porque me adoraba. !Por eso la dejé para quedarme con Maureen!. Dina era todavía muy joven y lo tenía casi todo. Yo, en cambio, a los veinticinco años, decidí que estaba más allá de todo “eso”. Quería algo llamado “una mujer”.

A los veintinueve años, con dos divorcios a sus espaldas, sin rico ni amante padre, sin ropa elegante, sin futuro, a mi entender Maureen parecía haberse acreedora de todo lo que estaba involucrado en la palabra “mujer”; (pág. 225).

Estaba entones, y milagrosamente no lo estoy ya, casado con una mujer a quien detestaba, pero de la cual no podía separarme, subyugado como estaba no solo por su gama profesional de recursos de extorsión moral (por aquella mezcla de elementos espeluznantes y trillados que hacía que nuestra vida en común recordase un culebrón televisivo o una novela por entregas de las del National Enquirer), sino por mi propia tendencia infantil a aceptarla. (pág. 129).

Sin duda, como ya os he dicho, las mujeres ocupan un sitio de honor en el libro de Roth, aunque me temo que no salen muy bien paradas: hay bastantes dosis de misoginia en Mi Vida como Hombre. Aparte de Lydia y Maureen, por sus páginas desfilan Sharon, Mónica, Dina, Susan…quienes sirven al escritor para reflexionar acerca de las relaciones de pareja al estilo Lolita, Pigmalión, Madame Bovary, Anna Karenina… Relaciones que se basan siempre en la verticalidad, la dependencia, incluso la sumisión. Siempre parece ser la mujer la que más pierde por ese supuesto afán por alcanzar la seguridad del matrimonio: de esa búsqueda solo paracen librarse las más jóvenes, quizás porque aún tienen mucho tiempo para alcanzarla.

En algunos momentos me ha venido a la mente el Roth irreverente, ácido y de humor escabroso que aparecía en El Lamento de Portnoy. Y, desde luego, no le va a la zaga en sarcasmo e incluso cinismo. Empiezo a pensar que, al igual que el pesismismo existencial, son valores en alza en la novela contemporánea. Mi vida como hombre es otra novela desoladora y casi apocalíptica del statu quo social. Parece que algunos tienen cierta tendencia a buscar la infelicidad de forma casi complusiva, como si el hecho de ser feliz fuera algo que requiriera cierta simpleza.

Roth no es un escritor fácil, a veces resulta alambicado, rebuscado. Se detiene permanentemente en la reflexión, con más o menos acierto. Aún con todo, Mi Vida como Hombre es un libro que creo que realmente merece la pena, a pesar de que ha habido una parte que me ha resultado algo tediosa. Quizás porque la segunda parte parece, en algún momento, una reproducción de la primera gracias a esa dualidad Zuckerman-Tarnopol. Solo que la primera me ha resultado superior.

En todo caso, por algo le habrán dado el Príncipe de Asturias. Algo tiene el agua cuando la bendicen.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Ketterer llegó a odiarme, Mónica se enamoró de mí, y Lydia llegó a aceptarme. Llegó a vislumbrar la liberación de su vida de infortunio, mientras que yo, al servicio de la Perversidad, la Caballerosidad, la Moralidad, la Misoginia, la Santidad, la Locura, la Furia Contenida, la Enfermedad Psicosomática, la Locura Vulgar, la Inocencia, la Ignorancia, la Experiencia, el Heroismo, el Judaismo, el Masoquismo, el Odio a Mí Mismo, el Desafío, el Culebrón, la Ópera Romántica, o, en fin, el Arte de la Ficción, o bien nada de todo ello, o bien todo ello y mucho más, hallaba la entrada a mi propio infortunio. (pág. 120, palabras finales de En Busca del Desastre -o Seriedad en los Cincuenta-, segundo relato de Ficciones Útiles).

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2 comentarios el “Metaliteratura

  1. Mi enhorabuena por tu Blog! Leyéndote me doy cuenta de la suerte que tengo de conocerte y de la poca gente como tú que se encuentra uno en la vida.
    Besos grandes!

  2. Dianaorsini dice:

    Muchas gracias por dedicar un rato a este blog. Y por supuesto por tus palabras, más que generosas!!!.
    Me alegra que te hayas animado con tu página.. Seguro que será todo un éxito, ya lo verás. para eso sí que hay que serivir!.
    Un abrazo.

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