Uno mejor que tres

Escribe Fernando Aramburu, en el estupendo epílogo de Las Ciegas Hormigas, (Ramiro Pinilla, Ed. Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Ed. en esta editorial, Enero, 2010. Premio Nadal en 1961, Ed. Destino) que por espacio de los años le complació ver en el libro la novela vasca por antonomasia, en la medida en que refleja la combinación fatal de mentalidad obstinada y de destino adverso que ha terminado por prevalecer en la moderna historia de(mis) paisanos, si bien, continúa Aramburu, a pesar de que con los años no ha perdido su extraordinaria fuerza épica, hoy día debo inclinarme, en un acto de estricta justicia literaria, por su hermana mayor, el ciclo comprendido en Verdes Valles, Colinas Rojas, a la hora de destacar un título representativo de los anhelos e inquietudes de toda una colectividad.

Nada más lejos de mi intención que contradecir a Aramburu. Pero confieso que leí hace unos pocos años La Tierra Convulsa, primer título de la citada trilogía y aunque es cierto que me gustó, y mucho, no lo es menos que no encontré el aliciente necesario para seguir con Los Cuerpos Desnudos y Las Cenizas del Hierro. Y ello a pesar de que encierra, aún siendo una novela con todas las letras, múltiples claves para entender el inicio del nacionalismo vasco.

Lo dicho: me quedo con Las Ciegas Hormigas; de ésta si hubiera leído cien o doscientas páginas más. Quizás porque soy poco proclive a acometer lecturas de más de un volumen, a pesar de que la grandiosa trilogía Los Gozos y las Sombras de Torrente Ballester es otro de esos cuatro o cinco títulos que más me han hecho disfrutar. 

La verdad es que me encuentro en una posición muy difícil por culpa de Aramburu. En su Epílogo está todo aquéllo que creo que habría de decirse sobre el libro. Encima muy bien dicho. Y encima dicho por alguien que entiende esa sociedad y esa forma de vivir que nos describe Pinilla por cercanía. Aún con todo, haré un esfuerzo por contaros algo desde mi perspectiva que, probablemente, se encuentre cerca de la de cualquier lector del montón.

Muchos dirían que Las Ciegas Hormigas nos cuenta qué ocurre en Getxo cuando un barco inglés cargado de carbón encalla en sus acantilados; no faltaría a la verdad. Pero la novela de Pinilla va mucho más allá. El barco, el accidente, es solo la historia “aparente”, obvia. Lo trascendente, lo grande de Las Ciegas Hormigas es que consigue enseñarnos toda una forma de ser y de vivir a través de los sucesos de unos pocos días. Pero no penséis ni por un momento que esa “historia aparente” es un mero relleno; antes al contrario, es el elemento de cohesión de la novela, el elemento que le da sentido. Y encima es apasionante, tremenda, desoladora.

En medio de la tragedia del barco que se va a pique, dejando en el agua muerte y podredumbre, un pueblo entero espera con ansia la impunidad de la noche para hacerse con un trozo de ese desastre, cueste lo que cueste. Un trozo de desastre que supondrá sobrevivir otro invierno, que permitirá dar calor y vida a la familia. La felicidad de unos sustentada en la desgracia de otros. Quizás, casi siempre sea así.

Destaca Aramburu, entre otras bondades del libro, la técnica narrativa usada por Pinilla; coincido, sin duda, en alabarla. Varios narradores que nos cuentan cómo viven ese mismo suceso: todos ellos miembros de la familia Jaúregui. No con el mismo protagonismo, pero sí con la misma intensidad. Esto hará que el lector se implique en la historia más de lo habitual. La empatía que se alcanza con cada uno de los personajes es absoluta: todos son creíbles, desde la pequeña Nerea, que pone el toque tierno e inocente a la historia, hasta Abuela, con mayúscula y sin artículo, como se refieren a ella en el libro.

Cada uno de los Jaúregui tiene su papel en esta pseudo fábula. Ellos mismos se irán desnudando poco a poco a través de las páginas de Las Ciegas Hormigas. Nos cuentan en primera persona lo que hacen, dicen y piensan. Pero también puede adivinarse lo que callan. Son personajes perfectamente construidos, coherentes y sólidos. Piezas perfectamente encajadas. Pinilla se ha preocupado también de ofrecernos un retrato completo del resto del pueblo y de los lugares en los que transcurre la trama (a muchos de vosotros os resultarán más que familiares; al resto os recomiendo encarecidamente que los visitéis). Y creo que no es en absoluto causal porque la que nos cuenta Pinilla no es de esas historias que podrían haber ocurrido en un sitio o en un momento cualquiera.

Sabas Jaúregui es el patriarca de la familia. En él encontramos todo aquéllo que la leyenda urbana atribuye a un vasco. De una fortaleza y una determinación (quizás tozudez) a prueba de bomba. Pero me temo que es el más incomprendido del libro. Para “juzgarlo”, es necesario que nos situemos en el tiempo y en el lugar de Las Ciegas Hormigas. Solo así podremos llegar a valorarlo en su justa medida. De otro modo nos parecerá solo un hombre frío, autoritario y devoto del trabajo. Es más que probable que lo sea, pero es su forma de sobrevivir y de asegurar la supervivencia de los suyos. No tolera la debilidad en los demás porque él mismo no se la permite: es la más auténtica de las hormigas ciegas. Resulta curioso pero es el único personaje que no habla de sí mismo y el único que no actúa de narrador. El resto asumirá esta tarea convirtiéndolo en el epicentro de la novela y descargando sobre él sus iras.

Sabas Jaúregui es también quien marca el ritmo de la vida en el caserío y, por extensión, la de todo el clan. El día a día resulta casi desolador: levantarse, trabajar, comer y poco más. Una especie de día de la marmota que se repite una y otra vez, como en la película de Harold Ramis Atrapado en el Tiempo, si bien, a Bill Murray se le concedía el favor de poder cambiarlo. No hay sitio para lo no calculado. No hay tiempo para lo que no sea asegurar la supervivencia. Quizás por este motivo el naufragio del barco servirá de espita por la que saldrán todas las miserias de los Jaúregui; y una vez abierta será imposible cerrarla. 

También hay sitio en Las Ciegas Hormigas para la reflexión y la crítica. Reflexión sobre el sentido de nuestras vidas y sobre las miserias que a todos nos acompañan. Crítica a esa casi universal necesidad de pertenencia a un grupo y al miedo a encontrarnos solos con nosotros mismos. En fin, que hay mucho en apenas trescientas páginas. Y muy bueno.

Y sacó la pajita de su boca y la colocó cruzada sobre una de las rutas fijas que seguían las hormigas. Y éstas, por muy cargadas que fuesen con granos o larvas, las salvaban trabajosamente y seguían su ruta.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

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2 comentarios el “Uno mejor que tres

  1. El tio lavara dice:

    Gracias a tu entrada he descubierto esta genial novela. Me enganchó desde el principio y realmente se me hizo corta. Novela costumbrista para disfrutar y con un fuerte trasfondo que obliga a reflexionar sobre la trascendencia -o quizás intrascendencia- de la codicio’n humana. Increíble que estuviese secuestrada por la anterior editorial. Enhorabuena a Tusquets por haberla reeditado.

    • Dianaorsini dice:

      Me alegro de que te gustara y de que la hayas disfrutado tanto como yo. Coincido en tu juicio sobre su genialidad. Y también sobre el hecho de que es una novela que invita al lector a poner en marcha las neuronas, lo que cada vez es más difícil con esos libros que nos dan todo hecho, nos enseñan una realidad tan simple y obvia que una vez cerrados, no queda nada de lo que acordarse o en lo que pensar.
      El tíulo, como habrás observado, no es en absoluto casual. ¿Qué animal hay más “intrascendente” en la naturaleza que la hormiga?. Ninguno o, al menos, muy pocos. Gracias a Tusquets se ha recuperado el libro. Y espero que gracias a gente como tú, llegue a ocupar el sitio que merece.
      Muchas gracias por tu comentario.

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