Cuarenta observaciones, comentarios, reflexiones sobre “Cincuenta sombras…

de Grey” (E.L. James, Ed. Grijalbo, 3ª Ed. Junio 2012. Traducción de Pilar de la Peña Minguell y Helena Trías Bello).

1) No me llamaba la atención, la verdad, pero varias amigas me pidieron que lo leyera y opinara. Este es el resultado.  Pero esto no será un post de los habituales sino un cúmulo de observaciones, comentarios y reflexiones sobre el último fenómeno literario (o más bien comercial). Al menos, así podré decir algo cuando salga (otra vez) el tema.

2) Leo con estupefacción que se han vendido unos treinta millones de ejemplares y que es el libro más vendido de la Historia en Gran Bretaña. Nadie discutirá que es una “gesta” impresionante. Sin duda el márketing y la rápida difusión por Internet ayudan. Pero no explican. Al menos no lo suficiente. Así que hay que buscar el éxito entre sus páginas. Me pongo a ello intentando (infructuosamente, lo reconozco) despojarme de los prejuicios.

3) El argumento es simple: estudiante de último curso de literatura inglesa accede a entrevistar, en lugar de su amiga y compañera de piso, Kate, que padece un resfriado más que oportuno, a un yuppie. El resto se imagina. Que el argumento sea más o menos simple, en principio, no presupone nada. Ya lo dije en otro post: hay escritores que son capaces de hacer interesante lo común, lo de todos los días. No es el caso.

4) Lo cierto es que la historia no es tan común; resulta que al yuppie le gusta el juego sádico y ella es una inocente de 20 años. Eso parece darle el punto original al tópico del experto que enseña a la inocente.

5) Christian Grey (el susodicho yuppie) es absolutamente perfecto. Al menos para quien guste de ese tipo de perfección que se ajusta a todos los estereotipos y estándares “al uso” (si obviamos su gusto por el sado, claro). Pero James no ha conseguido un personaje creíble; lejos de eso, Grey resulta afectado, empalagoso e inconsistente. Lleno de contradicciones que se deben no a la complejidad de su psique, como pretende la autora, sino a la simpleza del propio personaje y a su absoluta falta de coherencia.

6) Hace años leí American Psycho, de B. Easton Ellis. Sospecho que James también lo leyó. Y ha concebido una versión palomitera de Pat Bateman. Curiosamente, Mary Harron eligió como actor para su flojísima adaptación del libro a otro Christian (Bale). Marcas de ropa, físico perfecto, música con nombre y apellido, joven, triunfador, 27 años, obscenamente rico..y algunas coincidencias más.

7) Anastasia Steele es la joven inocente y torpe que cae rendida (literalmente) a los pies de Grey. No parece que forme parte de esa corriente conservadora que gusta tanto a un sector norteamericano que defiende la abstinencia sexual hasta el matrimonio. Sin embargo, es vírgen y ha tenido más bien poca experiencia con los hombres; espera a su príncipe azul. Otro fallido intento de construir un personaje consistente. Y por supuesto su físico es “normal”. En definitiva, Ana podría ser cualquiera.

8) Anastasia es para todo el mundo Ana: solo Christian la llama por su nombre completo y lo hace de forma casi compulsiva, cada cinco o seis palabras, a modo de mantra: Anastasia, Anastasia, Anastasia…..el resultado es un diálogo forzado. Lo mismo ocurre entre Ana y Kate. Quizás James quería conseguir algún tipo de efecto pero no he sido capaz de averiguarlo.

9) Del argumento poco más. A la primera de cambio Grey le descubre a Steele que solo practica (y solo ha practicado) relaciones sexuales sádicas y le pone delante de las narices un contrato de sumisión -o algo parecido-, cláusula de confidencialidad incluida, para que lo firme y poder así empezar, de mutuo acuerdo, esa relación en la que tanto placer encuentra. No sé si ese tipo de acuerdos existen; probablemente sí, porque de todo hay en este mundo, pero me parece imposible que la redacción sea siquiera parecida.

10) El mundo del sadomasoquismo y lo que implica me resulta absolutamente desconocido y desconcertante. Pero no creo que se asemeje, ni por asomo, a lo que nos enseña Cincuenta Sombras de Grey. Me temo que es otra versión palomitera que lo lleva a la simpleza más absoluta y lo hace resultar “superficial”.

11) Me vienen a la memoria algunos títulos que, de algún modo, se acercan más o menos a las conductas sadomasoquistas: Lunas de Hiel, la inquitante cinta de Polansky; Portero de noche, compleja película de culto dirigida por Liliana Cavani, quizás la más conocida de esa corriente que asocia el nazismo con el comportamiento sadomasoquista y que tiene su exponente más cruel en Illsa, la Loba de las SS, repugnante creación de Don Edmonds que no he sido capaz de ver entera. O la desoladora La Pianista de Haneke, ya citada en este blog (y su versión, también palomitera, Cisne Negro). No hay nada, absolutamente nada en esos títulos ni en sus personajes que se parezca, siquiera remotamente, al Christian y a la Anastasia de Cincuenta Sombras de Grey.

12) Los tiempos que maneja la escritora tampoco resultan verosímiles. Demasiado rápido, casi sin vacilar, Christian sucumbe a la inocencia de Ana. Se permite apenas unos pocos momentos de flaqueza ante las más que comprensibles reticencias de la protagonista. Demasiado pronto le muestra sus cartas. Quizás sea más comprensible que Anastasia se vuelva loca desde el primer momento.; pero también acepta demasiado pronto llevarse unos azotes. Eso sí que es llegar y besar el santo.

13) Obviamente, Christian, hasta que conoció a Anastasia, no había sentido nada de verdad por ninguna mujer. Por eso este tipo taciturno y críptico la lleva inmediatamente a conocer a sus padres, a cogerle la mano delante de todos y a dejarse fotografiar con ella. Resulta casi casi adolescente.

14) Kate, la compañera de piso de Anastasia, es otro estereotipo; es todo lo que nuestra protagonista querría ser. Guapa, lista, segura de sí misma… es decir, otro compendio de virtudes y de perfección que sospecha de Christian desde el primer momento (a ella no podía escapársele ese lado oscuro) y que consigue volver loco al hermano de éste. Mejor, imposible. Todos cenando juntos a la semana de conocerse en la gran mansión de los suegros millonarios. Un sueño para cualquiera…

15) En realidad, todos los personajes son clichés: como el chófer-ayudante-mano derecha-invisible-leal-siempre disponible Taylor que de forma inmediata se hace “amigo” de Anastasia. O José, su amigo fiel que obviamente está perdidamente enamorado de ella.

16) El que Grey sea tan perfecto, de alguna manera, coloca a la escritora en el difícil papel de tener que explicar el porqué de esa tendencia sádica. Es decir: el sadismo se muestra como una conducta reprobable y enfermiza que solo una infancia terrible, algún secreto aún no desvelado (hay dos volúmenes más) y la existencia de una Sra. Robinson, pueden explicar. Y eso que Christian hace ímprobos esfuerzos por vender a Ana las bondades de sus práticas. Podéis estar tranquilas mujeres del planeta: lo de Christian tiene cura.

17) Nuestro protagonista es además un filántropo preocupado por terminar con la hambruna en el tercer mundo. Aún no se ha desvelado el motivo (James guarda información para las secuelas) pero se sospecha que en algún momento de su vida pasó necesidad y penurias, antes de ser adoptado. Por eso quizás no se deja acariciar, es vulnerable. Es la forma de completar ese perfil perfecto de Grey. Sus sombras son fruto exclusivamente del sufrimiento que padeció en el pasado. Pero el amor lo puede todo. ¿O no?.

18) Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy; intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo. Estas son las primeras frases de Cincuenta Sombras de Grey.

19) Se supone que uno de los atractivos del libro es la cantidad de sexo que hay en sus páginas. Haberlo, lo hay, desde luego. Y descriptivo. Pero todas las escenas son iguales y a todas les falta algo. Más bien les falta mucho o, al menos, lo esencial; difícil describir esa línea que separa la pornografía barata del erotismo o de esa otra pornografía que hay sin duda en algunos libros y que te deja un nudo en el estómago llenando escenas que forman parte necesaria y complementaria de la historia. Aquí es absolutamente gratuito y yo diría que vulgar.

20) Mención aparte merece la capacidad física de los personajes. Sobre todo la de él. Son máquinas de fabricar orgasmos (todos ellos brutales) desde el primer momento.

21) Gran parte del libro la componen los monólogos interiores de Ana. Ya hemos dicho alguna vez que la narración en primera persona busca el acercamiento entre el lector y el escritor. Aquí esa misión resulta poco menos que imposible. Ana vive una tremenda “lucha interior” entre su “yo racional” -ese yo inseguro, patito feo, que cree que no merece lo que le ha tocado en suerte y que le grita que huya despavorida- y la diosa que llevo dentro (literalmente, no es una coña), el álter ego que le recuerda que es estupenda, le suplica aventura y riesgo y da saltitos de alegría cuando es escuchada. Por momentos Cincuenta Sombras de Grey parece el diario de una quinceañera.

22) De hecho, aparecen en el libro frases como qué bueno está, como le quedan esos vaqueros y otras por el estilo. Lo dicho, el diario de una adolescente. Eso sí, un poco procaz. No casa bien con una “mujer” que de repente no piensa más que en el sexo y se deja atar y azotar. Es probable que la traducción no haya ayudado demasiado aunque no creo que la versión original sea mucho mejor.

23) Porque puedo. Es la expresión que usa Christian de forma recurrente cuando Ana le reprocha sus excesivas y constantes atenciones. Resulta pueril. 

24) Grey, como buen ser atormentado que es, padece insomnio y aporrea Bach en las teclas de su piano, descalzo y con el pelo revuelto, a horas intempestivas. Recuérdese a Richard Gere en Pretty Woman.

25) En algún sitio leí que la escritora abandonó su trabajo durante un año o poco más para encerrase a escribir la trilogía. No quiero desmerecer a quien es capaz de llenar con palabras 1.500 páginas en tan poco tiempo. Pero es obvio que el resultado, a menos que seas un genio, no puede ser más que mediocre.

26) Salvo que mejore el balance de pérdidas y ganancias de la compañía, no me interesa, Ros. No vamos a cargar con un peso muerto. No me pongas excusas tontas. Que me llame Marco, es todo o nada. Sí, dile a Barney que el prototipo pinta bien, aunque la interfaz no me convence. No, le falta algo. Quiero verlo esta tarde para discutirlo. A él y a su equipo; podemos hacer una tormenta de ideas. Pásame con Andrea otra vez. -Espera, mirando por el ventanal, amo y señor del universo contemplando a la pobre gente bajo su castillo en el cielo-. Andrea…

27) James no se ha molestado más de lo imprescindible en que haya una minima riqueza léxica o sintáctica en su novela. Repite y repite vocablos, expresiones, frases y casi escenas, diría yo. Me besa con suavidad, no puedo controlarme, mis dedos se enredan en su pelo, la descripción de los encuentros sexuales de los protagonistas son casi calcos unos de otros. Salvo cuando entran en el cuarto del dolor ya que aquí practican la variante sádica que tanto desconcierta a Anastasia (parece que le gusta aunque no está muy claro cuánto) y que tanto gusta a Christian a pesar de que al tiempo le duele hacer daño a aquélla a quien ama. ¿Pero no se trataba exactamente de eso?. Parece ser que no, que el sadismo persigue el placer a través del dolor físico pero tiene como finalidad proporcionar dicho placer tanto al amo como al sumiso. Quizás sea ésta la clave para distinguir la práctica sexual de la perversión; pero me temo que un sádico necesita un masoquista.

28) Cincuenta Sombras de Grey nos vende una visión casi idílica de la relación de pareja. Sí, es así; aunque resulte contradictorio lo que estoy escribiendo con el hecho de que uno de los protagonistas tenga tendencias sádicas. Como ya he dicho, ese pequeño detalle tiene su explicación y además se cura. Lo importante son las mariposas en el estómago y que a uno le tiemblen las piernas, expresiones que también se utilizan con profusión. Resulta de una simpleza absoluta.

29) He oído multitud de comentarios sobre el libro. de hecho, en la portada aparece una etiqueta con la leyenda Sí, este es el libro del que habla todo el mundo. Me parece imposible que el perfil del lector de Cincuenta Sombras de Grey sea una mujer entre 40 y 50 años. Reflexionando un poco, he llegado a la conclusión de que quizás la explicación esté en el hecho de que es esa una generación a la que le ha sido vetada la pornografía y ha tenido acceso al fenómeno Internet solo a partir de una determinada edad (se acabó el tabú). Leer Cincuenta Sombras de Grey es una forma “fina” y sútil de leer algo un poco subido sin que parezca obsceno, sino simplemente “atrevido”.

30) Al parecer hay un nuevo género literario llamado “porno para mamás”. Al parecer está siendo objeto de estudio. Al parecer ayuda a que las mujeres se sientan mejor consigo mismas y más “liberadas”. Todo esto me parece imposible. http://www.washingtonpost.com/national/health-science/fifty-shades-of-grey-is-seen-as-improving-womens-sexual-health-and-wellness/2012/05/21/gIQAGx4zfU_story.html

31) Resulta preocupante (al menos a mí me lo parece) que Christian sea el prototipo de hombre ideal para tantas mujeres. Aún no sé si Cincuenta Sombras de Grey es un libro tremendamente machista o si defiende la libertad sexual de la mujer. Se supone que la suma de ese lado oscuro y de ese otro tan vulnerable, lo hacen, junto a sus millones y su físico, absolutamente irresistible. Como para un estudio sociológico. Mal vamos, me temo.

32) Lo que sí es evidente es que es un libro de esos que se ha escrito pensando en el cine. Pero cine Made in Hollywood, of course. No quiero ni pensar en el guión.

33) Creo que es absolutamente necesario desmontar (si es que ello es posible) la falacia consistente en afirmar que cuando se “necesita” leer algo ligero, entretenido y “fácil”, la respuesta tenga que ser, necesariamente, un producto editorial de este tipo. Ni por asomo. Hay muchos ejemplos de lo contrario en este mismo blog. Y no digamos fuera de él.

34) Entro hoy mismo en La Casa del Libro y me encuentro con el anuncio de otra trilogía erótica “definitiva” que arrasa en ventas. El hombre es el único animal que tropieza….http://www.casadellibro.com/libro-no-te-escondo-nada/9788467009651/2016283

35) Lo dicho: prometí que no iba a mentir en los comentarios y no quiero que suene pedante, pero en algunos momentos el libro me ha parecido algo muy cercano a una tomadura de pelo.

36) Cincuenta Sombras de Grey se lee muy rápido. Maquetación cómoda, letra espaciosa y espaciada. Admite, por muchos motivos (aquí os he contado algunos) la lectura en diagonal. Es la mayor de sus bondades.

37) Aún con todo, insisto en reconocer el mérito de quien consigue que personas a las que no les gusta leer engullan 1.500 páginas como si en ello les fuera la vida. ¿Pueden millones de personas estar equivocadas?.

38) Me ratifico: uno mejor que tres. Cincuenta Sombras más Oscuras y Cincuenta Sombras Liberadas tendrán que esperar. No quiero ni imaginar lo que encerrarán sus páginas. Supongo que más de lo mismo. Pero preguntaré que ha sido de estos chicos…

39) Hubiera tenido cierta gracia llegar a los cincuenta. De hecho, esa era mi pretensión inicial. Pero francamente, no se me ocurre nada más que decir sobre el libro.  Y creo que ya le he dedicado más tiempo del que se merece.

40) Muchas gracias. Por lo de siempre.

Metaliteratura

La obra narrativa de Philip Roth forma parte de la gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud. Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva. Acta del Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012.

Hace más o menos un año escribía acerca de El Lamento de Portnoy (me temo que ha estado colgado en su lugar, por error, Lamentaciones de un Prepucio libro que leí por las mismas fechas y que en algún momento llego a confundir) y de La Humillación. Y ahora vuelvo a Roth cuyos libros pueden encontrarse a montones en las librerías estos días. No defrauda.

Roth es otro de esos escritores que levanta pasiones en unos y hace fruncir el ceño a otros. Sin haber caído rendida a sus pies, reconozco que me gusta lo poco que he leído de él. Aunque coincido en apreciar ciertas dosis de narcisismo en sus libros. Curiosamente, tanto La Humillación como Mi Vida como Hombre nos hablan del talento perdido y del bloqueo “artístico” que sufren sus respectivos personajes. La mujer tiene un papel preponderante en los dos títulos y en ambos la esposa del protagonista acaba siendo, de algún modo, causante de parte de su desdicha. Es posible que algo de todo eso haya habido en la vida del propio Roth.

Mi Vida como Hombre (Debolsillo Contemporánea, Ed. junio 2012. Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz y Mercedes Mostaza) es sin duda un ejercicio de lo que se conoce como metaliteratura, una deconstrucción de la propia novela -ahora que está tan de moda ese término- una novela dentro de otra, por usar una expresión manida.

La primera parte del libro, titulada Ficciones útiles,  la componen dos relatos, Candor Juvenil y En Busca del Desastre (Seriedad a los Cincuenta) y, en mi opinión, son lo mejor de aquél. Los he devorado con auténtica fruición. Ambos están protagonizados por Nathan Zuckerman, personaje de ficción que según he leído aparece en varias de las novelas posteriores de Roth como una especie de alter ego del escritor. Pero aquí no acaba el juego: las desventuras de Nathan Zuckerman son en Mi Vida como Hombre invenciones de Peter Tarnopol, protagonista de la segunda parte del libro (Mi verdadera historia) que asume, de alguna forma, el papel de Roth. Al escritor le gusta jugar y alejarnos definitivamente del concepto y la estructura clásicas de la novela. Me gusta esta experiencia

No contento con ese juego de identidades, Roth ha optado por casi casi duplicar la historia o al menos los ejes fundamentales de ésta. Lo que nos cuenta Ficciones Útiles es, en gran medida, lo mismo que nos cuenta Mi verdadera historia. O más bien, Ficciones Útiles es la vida de Peter Tarnopol novelada por sí mismo. Quizás Mi Verdadera Historia sea, a su vez, una forma novelada de contar la vida de Roth. En fin, mezclamos realidad y ficción. Empiezo a temer que alguno se pierda…

“Demasiado fácil -murmuraría-, y además fantástico.” Cumplimiento de deseos mediante la ficción, la ficción al servicio de los propios sueños. No es como la Vida Real. Y yo estaría de acuerdo. La muerte de Maureen no fue como la Vida Real. Esas cosas sencillamente no suceden, salvo cuando suceden. (Y a medida que pasa el tiempo y envejezco, descubro que suceden cada vez con más frecuencia.) (pág. 143.)

Yo sé que no puedes escribir sobre mí. No puedes lograr que la felicidad suene como algo real. Y un matrimonio feliz entre dos personas que trabajan es algo tan afín a tu talento y a tus intereses como podría serlo el tema del espacio exterior. (Pág. 146.).

Los fragmentos anteriores pertenecen a sendas cartas escritas por Tarnopol y su hermana Joan y constituyen una adicional vuelta de tuerca a ese juego que propone Roth. Mi Vida como Hombre incluye “análisis” sobre los relatos iniciales -y de paso sobre la vida de Tarnopol, con la que están permanentemente conectados- en forma de cartas escritas por aquéllos que han tenido la oportunidad de leerlos. Es decir, hay otras interpretaciones acerca de esa dualidad Zuckerman-Tarnopol y, de paso, algo parecido a una autocrítica. Aunque insisto, a Roth se le ve un pelín el plumero de la autocomplacencia. Todo esto se completa con la visión del psiquiatra de Tarnopol, otro personaje de peso en el libro y una auténtica incursión en el mundo del psicoanálisis.

La historia “común”, por llamarla de algún modo, es la de un profesor-escritor criado en la más absoluta de las normalidades que de repente decide que que no quiere compartir su vida con una mujer “convencional” a pesar de que la tenga y, de alguna manera, le haga feliz. Probablemente su ego es lo que le arrastra a buscar una compañera complicada, por decirlo suavemente, una compañera que lo arrastre hacia su propia destrucción y que quizás le sirva de inspiración para sus obras. Con esas mujeres, Nathan Zuckerman y Peter Tarnopol viven, cada uno a su manera, una relación degradante y enfermiza que les bloquea la mente y el espíritu. Pero al tiempo sufren una especie de Síndrome de Estocolmo que perdura más allá de la muerte de Lydia y Maureen; Tarnopol, a pesar de ser un escritor “promesa” no es capaz de escribir una sola línea que trate sobre algo que no sea su propio matrimonio.

En resumen, porque era rica, guapa, mimada, inteligente, voluptuosa, joven, vibrante, vivaz, segura, ambiciosa, y porque me adoraba. !Por eso la dejé para quedarme con Maureen!. Dina era todavía muy joven y lo tenía casi todo. Yo, en cambio, a los veinticinco años, decidí que estaba más allá de todo “eso”. Quería algo llamado “una mujer”.

A los veintinueve años, con dos divorcios a sus espaldas, sin rico ni amante padre, sin ropa elegante, sin futuro, a mi entender Maureen parecía haberse acreedora de todo lo que estaba involucrado en la palabra “mujer”; (pág. 225).

Estaba entones, y milagrosamente no lo estoy ya, casado con una mujer a quien detestaba, pero de la cual no podía separarme, subyugado como estaba no solo por su gama profesional de recursos de extorsión moral (por aquella mezcla de elementos espeluznantes y trillados que hacía que nuestra vida en común recordase un culebrón televisivo o una novela por entregas de las del National Enquirer), sino por mi propia tendencia infantil a aceptarla. (pág. 129).

Sin duda, como ya os he dicho, las mujeres ocupan un sitio de honor en el libro de Roth, aunque me temo que no salen muy bien paradas: hay bastantes dosis de misoginia en Mi Vida como Hombre. Aparte de Lydia y Maureen, por sus páginas desfilan Sharon, Mónica, Dina, Susan…quienes sirven al escritor para reflexionar acerca de las relaciones de pareja al estilo Lolita, Pigmalión, Madame Bovary, Anna Karenina… Relaciones que se basan siempre en la verticalidad, la dependencia, incluso la sumisión. Siempre parece ser la mujer la que más pierde por ese supuesto afán por alcanzar la seguridad del matrimonio: de esa búsqueda solo paracen librarse las más jóvenes, quizás porque aún tienen mucho tiempo para alcanzarla.

En algunos momentos me ha venido a la mente el Roth irreverente, ácido y de humor escabroso que aparecía en El Lamento de Portnoy. Y, desde luego, no le va a la zaga en sarcasmo e incluso cinismo. Empiezo a pensar que, al igual que el pesismismo existencial, son valores en alza en la novela contemporánea. Mi vida como hombre es otra novela desoladora y casi apocalíptica del statu quo social. Parece que algunos tienen cierta tendencia a buscar la infelicidad de forma casi complusiva, como si el hecho de ser feliz fuera algo que requiriera cierta simpleza.

Roth no es un escritor fácil, a veces resulta alambicado, rebuscado. Se detiene permanentemente en la reflexión, con más o menos acierto. Aún con todo, Mi Vida como Hombre es un libro que creo que realmente merece la pena, a pesar de que ha habido una parte que me ha resultado algo tediosa. Quizás porque la segunda parte parece, en algún momento, una reproducción de la primera gracias a esa dualidad Zuckerman-Tarnopol. Solo que la primera me ha resultado superior.

En todo caso, por algo le habrán dado el Príncipe de Asturias. Algo tiene el agua cuando la bendicen.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Ketterer llegó a odiarme, Mónica se enamoró de mí, y Lydia llegó a aceptarme. Llegó a vislumbrar la liberación de su vida de infortunio, mientras que yo, al servicio de la Perversidad, la Caballerosidad, la Moralidad, la Misoginia, la Santidad, la Locura, la Furia Contenida, la Enfermedad Psicosomática, la Locura Vulgar, la Inocencia, la Ignorancia, la Experiencia, el Heroismo, el Judaismo, el Masoquismo, el Odio a Mí Mismo, el Desafío, el Culebrón, la Ópera Romántica, o, en fin, el Arte de la Ficción, o bien nada de todo ello, o bien todo ello y mucho más, hallaba la entrada a mi propio infortunio. (pág. 120, palabras finales de En Busca del Desastre -o Seriedad en los Cincuenta-, segundo relato de Ficciones Útiles).

Uno mejor que tres

Escribe Fernando Aramburu, en el estupendo epílogo de Las Ciegas Hormigas, (Ramiro Pinilla, Ed. Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Ed. en esta editorial, Enero, 2010. Premio Nadal en 1961, Ed. Destino) que por espacio de los años le complació ver en el libro la novela vasca por antonomasia, en la medida en que refleja la combinación fatal de mentalidad obstinada y de destino adverso que ha terminado por prevalecer en la moderna historia de(mis) paisanos, si bien, continúa Aramburu, a pesar de que con los años no ha perdido su extraordinaria fuerza épica, hoy día debo inclinarme, en un acto de estricta justicia literaria, por su hermana mayor, el ciclo comprendido en Verdes Valles, Colinas Rojas, a la hora de destacar un título representativo de los anhelos e inquietudes de toda una colectividad.

Nada más lejos de mi intención que contradecir a Aramburu. Pero confieso que leí hace unos pocos años La Tierra Convulsa, primer título de la citada trilogía y aunque es cierto que me gustó, y mucho, no lo es menos que no encontré el aliciente necesario para seguir con Los Cuerpos Desnudos y Las Cenizas del Hierro. Y ello a pesar de que encierra, aún siendo una novela con todas las letras, múltiples claves para entender el inicio del nacionalismo vasco.

Lo dicho: me quedo con Las Ciegas Hormigas; de ésta si hubiera leído cien o doscientas páginas más. Quizás porque soy poco proclive a acometer lecturas de más de un volumen, a pesar de que la grandiosa trilogía Los Gozos y las Sombras de Torrente Ballester es otro de esos cuatro o cinco títulos que más me han hecho disfrutar. 

La verdad es que me encuentro en una posición muy difícil por culpa de Aramburu. En su Epílogo está todo aquéllo que creo que habría de decirse sobre el libro. Encima muy bien dicho. Y encima dicho por alguien que entiende esa sociedad y esa forma de vivir que nos describe Pinilla por cercanía. Aún con todo, haré un esfuerzo por contaros algo desde mi perspectiva que, probablemente, se encuentre cerca de la de cualquier lector del montón.

Muchos dirían que Las Ciegas Hormigas nos cuenta qué ocurre en Getxo cuando un barco inglés cargado de carbón encalla en sus acantilados; no faltaría a la verdad. Pero la novela de Pinilla va mucho más allá. El barco, el accidente, es solo la historia “aparente”, obvia. Lo trascendente, lo grande de Las Ciegas Hormigas es que consigue enseñarnos toda una forma de ser y de vivir a través de los sucesos de unos pocos días. Pero no penséis ni por un momento que esa “historia aparente” es un mero relleno; antes al contrario, es el elemento de cohesión de la novela, el elemento que le da sentido. Y encima es apasionante, tremenda, desoladora.

En medio de la tragedia del barco que se va a pique, dejando en el agua muerte y podredumbre, un pueblo entero espera con ansia la impunidad de la noche para hacerse con un trozo de ese desastre, cueste lo que cueste. Un trozo de desastre que supondrá sobrevivir otro invierno, que permitirá dar calor y vida a la familia. La felicidad de unos sustentada en la desgracia de otros. Quizás, casi siempre sea así.

Destaca Aramburu, entre otras bondades del libro, la técnica narrativa usada por Pinilla; coincido, sin duda, en alabarla. Varios narradores que nos cuentan cómo viven ese mismo suceso: todos ellos miembros de la familia Jaúregui. No con el mismo protagonismo, pero sí con la misma intensidad. Esto hará que el lector se implique en la historia más de lo habitual. La empatía que se alcanza con cada uno de los personajes es absoluta: todos son creíbles, desde la pequeña Nerea, que pone el toque tierno e inocente a la historia, hasta Abuela, con mayúscula y sin artículo, como se refieren a ella en el libro.

Cada uno de los Jaúregui tiene su papel en esta pseudo fábula. Ellos mismos se irán desnudando poco a poco a través de las páginas de Las Ciegas Hormigas. Nos cuentan en primera persona lo que hacen, dicen y piensan. Pero también puede adivinarse lo que callan. Son personajes perfectamente construidos, coherentes y sólidos. Piezas perfectamente encajadas. Pinilla se ha preocupado también de ofrecernos un retrato completo del resto del pueblo y de los lugares en los que transcurre la trama (a muchos de vosotros os resultarán más que familiares; al resto os recomiendo encarecidamente que los visitéis). Y creo que no es en absoluto causal porque la que nos cuenta Pinilla no es de esas historias que podrían haber ocurrido en un sitio o en un momento cualquiera.

Sabas Jaúregui es el patriarca de la familia. En él encontramos todo aquéllo que la leyenda urbana atribuye a un vasco. De una fortaleza y una determinación (quizás tozudez) a prueba de bomba. Pero me temo que es el más incomprendido del libro. Para “juzgarlo”, es necesario que nos situemos en el tiempo y en el lugar de Las Ciegas Hormigas. Solo así podremos llegar a valorarlo en su justa medida. De otro modo nos parecerá solo un hombre frío, autoritario y devoto del trabajo. Es más que probable que lo sea, pero es su forma de sobrevivir y de asegurar la supervivencia de los suyos. No tolera la debilidad en los demás porque él mismo no se la permite: es la más auténtica de las hormigas ciegas. Resulta curioso pero es el único personaje que no habla de sí mismo y el único que no actúa de narrador. El resto asumirá esta tarea convirtiéndolo en el epicentro de la novela y descargando sobre él sus iras.

Sabas Jaúregui es también quien marca el ritmo de la vida en el caserío y, por extensión, la de todo el clan. El día a día resulta casi desolador: levantarse, trabajar, comer y poco más. Una especie de día de la marmota que se repite una y otra vez, como en la película de Harold Ramis Atrapado en el Tiempo, si bien, a Bill Murray se le concedía el favor de poder cambiarlo. No hay sitio para lo no calculado. No hay tiempo para lo que no sea asegurar la supervivencia. Quizás por este motivo el naufragio del barco servirá de espita por la que saldrán todas las miserias de los Jaúregui; y una vez abierta será imposible cerrarla. 

También hay sitio en Las Ciegas Hormigas para la reflexión y la crítica. Reflexión sobre el sentido de nuestras vidas y sobre las miserias que a todos nos acompañan. Crítica a esa casi universal necesidad de pertenencia a un grupo y al miedo a encontrarnos solos con nosotros mismos. En fin, que hay mucho en apenas trescientas páginas. Y muy bueno.

Y sacó la pajita de su boca y la colocó cruzada sobre una de las rutas fijas que seguían las hormigas. Y éstas, por muy cargadas que fuesen con granos o larvas, las salvaban trabajosamente y seguían su ruta.

Muchas gracias. Por lo de siempre.