El afán

El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán.

Este puede que sea el leit motiv de Juegos de la Edad Tardía, la estupenda novela de Luís Landero (Tusquets, Colección Andanzas, 1ª Edición, octubre 1989, última de 2005, con prólogo del autor) que por fin ha encontrado un hueco en mi haber literario. Si bien, otros menesteres (y algún problema con la vista) me han tenido alejada de sus páginas y del teclado más tiempo del razonable. Espero que, aún así, sigáis al otro lado.

Juegos de la Edad Tardía es un libro complejo. De una complejidad creciente. Comienza de forma plana, anodina, como un reflejo de su protagonista, Gregorio Olías; oficinista gris y condenado a una vida mediocre. O quizás, simplemente, condenado a una vida que no es la que él siempre quiso vivir y a la que renunció sin que haya sido capaz de llegar a saber por qué. Pero “contaminado” por el afán. Por ese deseo de llegar a ser algo en la vida que ha presidido la de sus antepasados. Estirpe frustrada de hombres que nunca llegaron a ser lo que querían ser.

Gregorio Olías viene al mundo en un pueblo cualquiera. Sin embargo, el destino, que todo lo perturba, le reserva un sitio en la ciudad. En un tiempo en el que, como nos recuerda el autor, las diferencias entre uno y otra exceden lo imaginable. En una España en la que aún se huele la pobreza y se respira el hambre de comida y de cultura. A esa civilización en estado aún embrionario llega nuestro protagonista, tras la muerte de sus padres, a compartir casa, vida y destino con su tío Félix.

La existencia de Gregorio transcurre, podríamos decir, sin sobresaltos; siguiendo esa hoja de ruta aceptada por todos y diseñada (no se sabe bien por quién) para servir de guía a todo hombre “social”. Consigue por tanto alcanzar eso que muchos calificarían de felicidad y otros -los menos- de conformismo.

Aún así, dentro de Gregorio Olías se esconde el afán. Solo está dormido, inerte. Necesita ser despertado. Necesita esa “gota que colma el vaso”, esa “pieza que cuadra el puzzle”. Y ese “eslabón perdido” se llama Gil Gil Gil. Todo un guiño a la mediocridad y a lo comúnmente aceptado, lo que muchas veces (más de las deseables) viene a ser lo mismo.

A través de las conversaciones telefónicas que ambos personajes entablan, Gregorio va descubriéndose a sí mismo. Empieza a ser lo que siempre quiso ser; y lo que Gil quiere que sea. Poco a poco deja de ser Gregorio Olías para convertirse en Augusto Faroni, ese álter ego o más bien “contra ego” que piensa, dice y actúa como Gregorio no se atrevería nunca. Encuentra en Gil el caldo de cultivo perfecto. Tanto es así que éste encontrará, a su vez, a Dacio Gil Monroy, trasunto de sí mismo. Como Don Quijote y Sancho, personajes con los que comparten más que obvias similitudes.

Pero el principal problema de ese juego es que conduce a un enfrentamiento entre el protagonista y sus propias miserias, su auténtico yo. La grandeza de Faroni sirve para empequeñecer aún más a Gregorio. Como si de repente le pusieran un espejo delante y se mirara por primera vez. Y no le gusta lo que ve. Se encuentra de sopetón con sus limitaciones y con su cobardía. Se tropieza con la resignación de los que han renunciado a sus ideales y han confundido felicidad con seguridad.

Ya hemos “hablado” alguna vez de esa eterna lucha entre lo que se es y lo que se quiere ser. Y de como la asunción de ese “yo ideal” puede tener consecuencias impredecibles. Recuerdo por ejemplo El Adversario, quizás el ejemplo más extremo del miedo a que se descubra la verdad sobre uno mismo. Eso le ocurre a Gregorio. Faroni le irá fagocitando poco a poco, casi sin que se de cuenta. ¿Cómo parar la mentira cuando es tan fácil mentir?. ¿Cómo parar la mentira cuando nos permite aparecer como perfectos?. ¿Cómo parar la mentira cuando es exactamente lo que los otros quieren ver?. ¿Cómo parar la mentira cuando de ella dependen el reconocimiento y hasta nuestra felicidad?.

No obstante, Gregorio Olías, al igual que le sucedía a Jean Claude Romand, vive momentos de auténtica angustia, de hastío por su impostura. Es el cansancio del fingimiento; un fingimiento que los hace verse a sí mismos aún más miserables de lo que son en realidad. Pero en Olías no hay maldad; solo miedo.

Pero de nuevo le volvio el cansancio del absurdo, y lo sintió intermitentemente durante mucho tiempo, mientras Gil pedía instrucciones para representar con éxito su nuevo carácter y él hablaba ya sin necesidad de libreta, pues las preguntas eran tan fáciles que podían contestarse casi con la verdad pelada: “Se peina, ¿con el peine o con la mano?, ¿cruza las piernas cuando se sienta?. ¿escribe por las noches?, ¿se deja crecer las uñas?, ¿hace gimnasia al levantarse?”, y Gregorio, para darle un aire real a la farsa, comenzó a peinarse con la mano, a dejarse crecer las uñas y a hacer ejercicios gimnásticos cada mañana. Aquellas sutiles alteraciones en los hábitos lo animaron por unos días, pero la fatiga de la ficción, y el peso de las ilusiones y los malos presagios, lo sumían frecuentemente en una tristeza sin retorno. Comenzaban a hastiarle los ensueños nocturnos, y a avergonzarle sus hábitos de siempre. A veces sus nombres ficticios le producían dentera. Las preguntas de Gil se le hacían por momentos insoportables, y cada día era más lacónico en las respuestas. Definitivamente, estaba saturado de irrealidad. (pág. 185).

Evidentemente, Lantero es un incorformista, un anti-modelo social. Pero no quiere ocultarnos los riesgos del individualismo. Juegos de la Edad Tardía es una especie de fábula con una prolija moraleja. Primero sutilmente, de forma abrupta después, Gregorio Olías va desapareciendo. Como ocurre en El Quijote cervantino, el protagonista empieza a confundir realidad y ficción. Una mentira sustenta a otra y así sucesivamente. Y la cada vez más evidente justificación de esas mentiras es la argamasa que las une.

El anuncio de que Gil visitará la ciudad será el elemento determinante de la novela. A partir de ahi el ritmo y la historia sufren un giro casi completo. De repente hay otro Landero, otros Juegos de la Edad Tardía. Incluso otro Gregorio. Nos acercamos al surrealismo y al esperpento. En algunos momentos, el protagonista y alguno de los personajes que le rodean en su otra vida me han recordado al investigador sin nombre de Mendoza y sus adláteres. Y en otros al Segismundo de Calderón (La Vida es Sueño es uno de esos libros que sé que me acompañarán siempre). Curiosas son, sin duda, las asociaciones mentales que hacemos. O puede que solo se trate de metaliteratura.

Ese camino sin retorno convierte los Juegos de Landero en un libro apasionante a pesar de que en algún momento me pareció algo monótona su lectura. Pero casi casi creo que esa monotonía es algo buscado, algo que se corresponde con el propio Gregorio y con esa primera parte en la que aún no ha perdido el control sobre su propia vida.

Alguno se estará preguntando dónde está la mujer que obviamente comparte con Olías esa vida sosegada y convencional. Angelina es el necesario contrapunto de Gregorio. Con los pies firmemente anclados en la tierra es el más claro ejemplo de que esa hoja de ruta de la que escribía hace ya algunos párrafos lleva a muchos a encontrar la felicidad o al menos a pensar que la han encontrado. En realidad, no hay mucha diferencia entre una cosa y otra, supongo.

¿Qué más podría contaros de Juegos de la Edad Tardía?. Que me gusta como escribe Landero. Que es un libro más denso de lo que pueda parecer. Que tiene momentos tiernos. Que, a pesar de que nos acerca al pesimismo existencial, deja entrever cierta fe en la especie humana. En fin, que es libro más que estupendo.

Muchas gracias; por lo de hace mucho (y lo de siempre).

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