De perros, cuervos y…ladillas

Por el título del post, algo parecido a un zoológico puede parecer Los Fantasmas de Edimburgo, la divertidísima novela de Eloy M. Cebrián (Ed. El Tercer Hombre, 2008) que, al parecer, costó a su autor que se publicase más de lo razonable. Este es otro de mis descubrimientos; cierto es lo de que uno no deja de sorprenderse…

Los Fantasmas de Edimburgo es una especie de biografía surrealista (con mucho de imaginación) de un profesor de literatura americana en clave “narrador en primera persona”. En realidad, el relato (o más bien su protagonista) tiene un objetivo muy claro: contar en qué se ha convertido la vida de Luis Miguel Ortiz a raiz de unos sucesos que podrían calificarse de inexplicables, o casi “paranormales”. Pero hasta llegar a ese “momento vital”, Eloy M. Cebrián nos va acercando poco a poco al personaje, desde su infancia. Quizás para que lo conozcamos, quizás para que entendamos cómo llegó hasta allí o quizás para que nos demos cuenta de que hasta la vida más anodina puede dar un vuelco en cuestión de segundos.

El personaje de Ortiz es indescriptible. Quizás el adjetivo que mejor le cuadra es el de cruel. O despreciable. O los dos. Frío, calculador y manipulador desde su más tierna infancia; infancia presidida por un onanismo enfermizo que le perseguirá durante toda su vida, salvando algún episodio de reposo que el propio Ortiz celebra como un descanso. La verdad es que en esta parte he llegado a desesperarme un poco. Y es que ya llevo tres en un año que se dedican con profusión a lo mismo (recuérdese El Lamento de Portnoy, de P. Roth y Lamentaciones de un Prepucio, de S. Auslander). Quizás ha sido solo casualidad, lo que me permite mantener un concepto medianamente digno del adolescente masculino.

Más adjetivos se le pueden añadir al profesor: degenerado, cínico, machista, ególatra, amoral, insensible y una retahíla de epítetos -a cuál más amable- que podría ser interminable. Pero lo más sorprendente de todo es que Cebrián consigue que Ortiz caiga medianamente bien (al menos a mí): igual que el guionista de Mad Men ha convertido a Donald Drapper en un capullo irresistible (si se me permite la expresión). Y eso, de alguna forma, me exaspera.

Los episodios de la vida de Ortiz se van intercalando en la narración de lo que puede llamarse “su presente”. Y al hilo de la historia que nos cuenta, el autor no deja títere con cabeza: política, religión, familia, sistema…y como no, universidad (al más puro estilo Orejudo, con el que quizás pueda encontrarse algún paralelismo); le endiña a todo y a todos. Sin piedad, sin mesura. Pero con mucha gracia, con mucho ingenio. Con una destreza narrativa destacable y una imaginación, algo retorcida, es verdad, pero digna de elogio. Para muestra, un botón:

Siendo parte de una familia o de una sociedad, la mayoría de la gente consigue que unos imbéciles les limpien el culo cuando son críos, y también, con algo de suerte, que otros imbéciles los cuiden cuando la vejez les haga cagarse otra vez. A cambio, durante muchos años intermedios ellos también se convierten en infelices con la obligación de alimentar y limpiarles el culo (en definitiva, ambas acciones no son sino momentos distintos de un mismo proceso) a ciertos parásitos con los que no guardan mayor relación que la pura arbitrariedad genética. La vida es un asunto de limpiarle a alguien el culo para luego tener a alguien dispuesto a limpiártelo a tí (pág. 38).

De ahí que el matrimonio constituya una condición necesaria para alcanzar el éxito social y profesional. Y la paternidad también ayuda lo suyo, bien por el procedimiento clásico o por el más moderno de adoptar una chinita (pág. 158).

Además de todo eso, Laura era boba, muy boba, pero su bobería era de la variedad que convierte a una chica mona en un ser completamente irresistible, un reclamo sexual ambulante (pág.179).

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que el término camufla un eufemismo. “Conciencia de clase” no es más que falta de conciencia, que es lo que capacita a alguien para sumergirse en el estercolero político o sindical y obtener satisfacción y beneficios a cambio de tan repugnante actividad (pág. 192).

Durante aquellos diez días que precedieron a mi catastrófico viaje, la conducta de Julia fue tan ejemplar que llegué a considerar la conveniencia de enamorarme de ella de verdad (pág. 299).

Y podríamos seguir y seguir..

Supongo que ahora es un buen momento para contar el por qué del título del post. El perro es un animal recurrente en el libro. Aparece en la infancia de Ortiz, como ese juguete que al principio gusta y que en cuanto levanta demasiados centímetros del suelo, aburre y se convierte en un estorbo del que deshacerse sin piedad. Quizás sea en forma de fantasma el perro que se aparece, al ya profesor Ortiz, en plena clase, justo cuando llega el momento central de curso en el que recita de memoria el poema El Cuervo de Edgar Allan Poe con el que, año tras año, consigue cautivar a su auditorio (sobre todo al femenino). Y allí, en medio de la clase, ajeno a todo lo que le rodea, el perro vomita una rata muerta. Este momento es el que, a juicio del propio Ortiz, marcará el inicio de su decadencia. Algún perro más aparecerá en la última parte del libro; la más delirante, la más dura, la más incorrecta y “pecaminosa”. Obviamente, no es casualidad.

Ahora solo faltan las ladillas. Aparte de contagiarse con esos bichos en algún momento y devolver algunos ejemplares pegados con celo en una carta a la que supuestamente se los había contagiado, Ladillas es el mote de Ben, el sujeto que marcará la vida del protagonista y hacia el que parece dirigirse toda su existencia. Quizás una de las cosas destacables del libro sea, precisamente,  la constante sensación de que la vida nos lleva de forma irremediable a un punto y que lo que nos sucede por el camino, es, en gran parte,  fruto del azar.

Curiosamente, en las páginas de Los Fantasmas de Edimburgo pueden encontrarse reflexiones y pensamientos no precisamente superficiales. Es evidente que el autor es un tipo inteligente, que mira la vida con sorna y escepticismo pero al que en algún momento se le advierte cierta debilidad. Aunque sea de pasada. El humor de Cebrián es ácido, rasposo, incluso hiriente. En algunos momentos me ha venido a la cabeza Eduardo Mendoza lo que, viniendo de mí, es más que un elogio. Quizás en alguno de esos fantasmas se encuentra algo del “investigador” sin nombre del catalán. Pero mucho más agrio.

Los Fantasmas de Edimburgo es un libro para reírse de todo un poco. Y también para reflexionar sobre muchas cosas. Tiene una parte que podríamos llamar intermedia que quizás flojea algo. Pero el conjunto es más que aceptable. Y la parte final, a lo Hotel California (quien se anime entenderá el por qué de la canción), raya la genialidad. Divertido, incorrecto, sucio a veces, sin pizca de ternura ni de humanidad. Porque el protagonista es Hyde, con él mismo dice. Para el Doctor Jeckyll no hay sitio en esta historia.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

Manucho

Con este apodo se conoce a Manuel Mújica Laínez en su tierra natal. Esto lo descubrí hace pocos meses. También me enteré de que no atendía a otro nombre; no le gustaba que lo llamaran Manuel.

No hace falta que os hable del recuerdo que tengo de Bomarzo. Y creo que ya os conté también que, por esas cosas extrañas que a veces ocurren, no había leído nada más del escritor. Pero hace poco, una bonaerense, admiradora acérrima de su compatriota, me habló de Misteriosa Buenos Aires e incluso me facilitó un enlace a la obra. Y en ello estoy, (de vez en cuando).

Misteriosa Buenos Aires es una recopilación de cuentos (más bien, de mini cuentos) a través de los que Manucho nos descubre la historia de su ciudad natal, de su querida Buenos Aires. No lo he leído entero; lo voy haciendo poco a poco, intercalando esas historias que van desde 1536 hasta 1904 con otros libros. Historias que sirven para conocer un pueblo, una ciudad, una cultura. Historias en las que se mezcla lo real con lo imaginario pero que tienen un trasfondo de realidad innegable. Esconden un ingente trabajo de investigación pero tamizado con lo ameno de lo inventado o, quizás, solo adornado.

Así que, en resumen, esto no es un post como es debido. Porque como os he dicho, voy leyendo y degustando los relatos por momentos. De hecho ni siquiera tengo el libro; mi “ejemplar” es una impresión casera encanutillada que pulula por mi casa y de vez e cuando cojo; es posible que ni siquiera se pueda encontrar (se editó en 1951). Pero nunca me defrauda. Ya la primera historia (El Hambre, 1536) anunciaba un gran libro. Con toda su crudeza, condensada en apenas tres páginas. Pocas palabras para describir tantas cosas. Retazos de Historia narrados con maestría, haciendo ameno lo que otros hacen intragable. Me reconforta saber que Bomarzo no fue un espejismo.

Así que estas líneas no son más que una excusa para desearos buenas vacaciones (algunos ya llevaréis unos días en ello; los menos afortunados tenemos tan solo un fin de semana más largo de lo habitual). Compartir este descubrimiento con vosotros me parece una estupenda forma de hacerlo. Además estoy segura de que cuando acabe el libro seguiré pensando lo mismo, o incluso más.

Que tengáis todos unos estupendos días de descanso. Y muchas gracias (por lo de siempre)