Una “novella”

Al parecer, eso es exactamente lo que me acabo de leer. O al menos eso dice Arthur Koestler en el prólogo de Reencuentro (Fred Uhlman, 1971. Ed. Tusquets, 1ª edición en Maxi Tusquets, enero 2010). Otro género literario que descubro y que, al parecer, tiene cierta “tirada” en Gran Bretaña. Me pongo a bucear en la web y aparece, inevitablemente, la Wikipedia. Aunque resulta que antes había leído, sin saberlo, muchas… :

A novella (also called a short novel, or novelette) is a written, fictional, prose narrative usually longer than a novelette but shorter than a novel. The English word “novella” derives from the Italian word “novella”, feminine of “novello”, which means “new”. The Science Fiction and Fantasy Writers of America Nebula Awards for science fiction define the novella as having a word count between 17,500 and 40,000.[2] Other definitions start as low as 10,000 words and run as high as 70,000 words.[3][4][5]

The novella is a common literary genre in several European languages. Famous English language novellas include John Steinbeck‘s Of Mice and Men, George Orwell‘s Animal Farm, Anthony Burgess‘s A Clockwork Orange, Isaac Asimov‘s Nightfall, Herman Melville‘s Billy Budd, Sailor, Truman Capote‘s Breakfast at Tiffany’s, Ernest Hemingway‘s The Old Man and the Sea, Robert Louis Stevenson‘s The Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde, Charles DickensA Christmas Carol, H.G. WellsThe Time Machine, Philip Roth‘s Goodbye, Columbus, Joseph Conrad‘s Heart of Darkness, Thornton Wilder‘s The Bridge of San Luis Rey, Jack Kerouac‘s The Subterraneans, Thomas Pynchon‘s The Crying of Lot 49 and Stephen King‘s Rita Hayworth and Shawshank Redemption.

Más allá de su extensión o de su inclusión en un género literario u otro, la Novella de Uhlman es un hermoso canto a la amistad y la fidelidad que narra, en primera persona y sutiles pinceladas, algunos de los estragos causados por el nazismo. No podría encontrar una frase que la definiera mejor. Uhlman fue un abogado alemán de orígen judío a quien el exilio a Inglaterra obligó a vivir como pintor y escritor. Uno de tantos a los que la barbarie nazi despojó de una de las cosas que más quería: Alemania, su tierra. Probablemente junto con parte de su dignidad que quedó sepultada bajo el antisemitismo y el odio racial de sus hermanos.

Reencuentro está narrada en primera persona y en pasado. Como si fueran los apuntes de quien intenta recordar un episodio trascendental de su vida, coge un papel y un boli (hoy, probablemente, un ordenador…) y se pone a escribir sobre ello. No obstante, de lo que he leído de Ulhman no se deduce que sea un relato autobiográfico, si bien es innegable que existen evidentes paralelismos entre la historia que el escritor nos cuenta con lo que fue su propia vida. Quizás por eso ha sabido narrar con tanto sentimiento. Quizás por eso ha conseguido un texto tan creíble y tan humano.

Reencuentro es la historia de la amistad que surge entre Hans Schwarz, hijo de un médico judío, nieto y bisnieto de rabinos, y descendiente de un linaje de pequeños mercaderes y traficantes de ganado con Konradin Von Hohenfels, miembro de una ilustrísima familia suaba. Konradin es el nuevo en la clase, aquél a quien todos miran con admiración, casi sin atreverse a dirigirle la palabra. Y será Hans, el solitario de la clase (y el que quizás lo mira con más devoción), quien, curiosamente, se proponga desde el primer momento ganarse su amistad y, además, lo consiga. Ulhman ha sido capaz de recoger en las escasas páginas de su novella lo que un amigo puede llegar a ser en la “incierta” etapa de la adolescencia. Es deliciosa la parte del libro dedicada a la relación entre ambos. Como uno va entrando en el mundo del otro. Sus pasesos, sus charlas, lo que comparten. Como un reducto limpio y puro en medio de una tragedia con la que, inevitablemente, habrán de encontrarse:

Entre los dieciséis y los dieciocho años, los jóvenes combinan a veces una cándida inocencia, una pureza radiante de cuerpo y mente, con un anhelo exasperado de devoción absoluta y desinteresada. Generalmente, esa etapa sólo abarca un breve lapso, pero por su intensidad y singularidad perdura como una de las experiencias más preciosas de la vida (pág. 28).

Mucho, muchísimo se ha escrito sobre el nazismo. Sobre víctimas, verdugos, campos de concentración…desde todas las perspectivas e ideologías: ensayos, novelas, tratados, diarios… incluso este pequeño blog sería una muestra de ello. Pero Reencuentro está de algún modo al margen de todo lo escrito. Es un libro apto para todos los públicos, en el que solo se atisba lo que significó la persecución y el genocidio judío. Ulhman ha preferido otra mirada, al igual que ha querido (y a mi juicio, ha conseguido), mostrarnos a los judíos alemanes como lo que en su mayoría eran, es decir, nada más y nada menos que alemanes:

Entonces sólo sabía que ése era mi país, mi terruño, sin principio ni fin, y que ser judío no tenía mayor importancia que nacer con el cabello oscuro y no rojo (pág. 62).

Mi padre aborrecía el sionismo. Esa sola idea le parecía demencial. A su juicio, era tan absurdo reclamar Palestina después de dos mil años como lo habría sido que los italianos reclamaran Alemania proque en otra época la habían ocupado los romanos (pág. 63).

De hecho, de las páginas de Reencuentro de desprende un gran amor por Alemania, especialmente en la figura del padre de Hans: Conozco a mi Alemania. Esta es una enfermedad temporal, algo parecido al sarampión, que pasará apenas mejore la situación económica. ¿Usted piensa realmente que los compatriotas de Goethe y Schiller, de Kant y Beethoven, de dejarán engatusar por esa bazofia? ¿Cómo se atreve a insultar la memoria de doce mil judíos que murieron por nuestra patria? Für unsere Heimat? (pág. 64).

No sé muy bien cuál es esa propiedad, de efecto tan perverso, que consigue transmutar en desprecio e incluso en odio lo que hasta ese momento era justo lo contrario, y que consigue convertir en enemigos a los que eran, tan solo un instante antes, vecinos, amigos, familiares o incluso casi hermanos. Sobre esto escribe Ulhman. De hecho, hay un claro punto de inflexión en la historia a partir del cuál los protagonistas ya no pueden ser ajenos a lo que ocurre a su alrededor; porque Konradin y Hans no están solos en el mundo. También en el colegio al que los dos asisten se opera de repente ese cambio y desde las clases de Historia se empieza a hacer apología de la superioridad aria:

¿Creéis que fue por pura casualidad que el Renacimiento empezó poco después de la entrada de los emperadores germanos en Italia? ¿No os parece más probable que fuera la sangre germana la que fecundó los campos de Italia, estériles desde la caída de Roma? ¿Puede ser una coincidencia que las dos civilizaciones más extraordinarias hayan nacido poco después de la llegada de los arios? (pág. 102). 

A partir de ahí la separación resulta inevitable. Hubiera sido pedir demasiado a un chiquillo de dieciséis años que se enfrentara (más de lo que ya lo habia hecho) a todo lo que le rodeaba. Debemos optar entre Stalin y Hitler, y yo prefiero a este último. Su personalidad y sinceridad me impresionaron más de lo que jamas habría podido imaginar (pág. 111; extracto de la carta que Konradin escribe a Hans. Será la última vez que éste tenga noticias directas de su amigo). Pero lejos de lo que en algún momento pueda parecer, Ulhman, de algún modo, “engrandece” la figura de KonradinY el final del libro, las últimas páginas, son una muestra de ello.

Reecuentro es una esencia en frasco pequeño. El autor sabe exactamente lo que nos quiere contar y lo que no aparece en las páginas de su libro no es producto de afán alguno de ocultamiento. Porque en esas páginas también pueden encontrarse el dolor, la pérdida y el desarraigo.  

Ésta es una especie de fachada protectora que levanto casi (no del todo) de un modo inconsciente cuando debo platicar con un alemán. Es cierto que aún puedo hablar perfectamente esa lengua, sin aceto americano, pero me disgusta emplearla. Mis heridas no han cicatrizado, y quienes me traen el recuerdo de Alemania no hacen más que frotarlas con sal (pág. 116).

Reencuentro se lee de un tirón. No solo por su brevedad, sino también por la historia que cuenta y por cómo está contada por Ulhman. Otro de esos escritores que prefiere el lenguaje directo, claro, simple. La narración íntima, el diálogo escritor-lector. A alguno podría parecerle un relato casi trivial. Pero no lo es. No lo es en absoluto. Quizás Ulhman buscaba que cualquiera pudiera entender lo que nadie ha podido. Al menos consigue que cualquiera pueda, al menos, acercarse a conocerlo.

 
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La no novela

Algo parecido a una “no novela” (si es que ese género literario existe como categoría en sí misma y no como mero conjunto excluyente de todo aquéllo que no es tal) es lo que acabo de terminar de leer. Al menos, eso es lo que me ha parecido Sueño con mujeres que ni fu ni fa (Samuel Beckett. 1ª Ed. en cestellano Ed. Tusquets, Colección Andanzas, noviembre, 2011). Sorprende que este libro (en su título original Dream of Fair to Middling Women) no fuera publicado en vida del Nobel a pesar de ser su primera “novela” y de haber hecho él mismo intentos para que viera la luz. Si bien es cierto que fueron intentos que pronto abandonó, llegando incluso a “renegar” de la obra hasta tal punto que en algún momento decidió que no se publicara hasta después de su muerte.

Quizás la mayoría asocieis el nombre de Beckett con el teatro y, en especial, con su obra Esperando a Godot. Y sobre todo, lo identificaréis como el discípulo del también irlandés, James Joyce. La relación de los dos escritores traspasó la barrera de lo literario; Beckett mantuvo una tortuosa relación con una jovencísima sobrina de Joyce que acabó con el corazón y la mente rotos en mil pedazos. Con el maestro aún no me he atrevido: Ulises, al igual que En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust (curiosamente ninguno de los dos fue galardonado con el Nobel), es una obra que siempre imagino demasiado inmensa para mí. Por eso no puedo deciros que en Beckett hay mucho de su maestro lo que, al parecer, es obvio. Todo llegará. Quizás sería mejor empezar por alguno de los cuentos o relatos cortos que componen Dublineses, a los que muchos nos hemos asomado a través de la adaptación por John Huston de uno de ellos titulado Los Muertos (1987), espléndida película con una también espléndida Angélica en el papel del Gretta Conroy.

Ahora es el momento en el que se supone que toca volver al libro de Beckett y contar algo sobre éste. Y creedme que esta vez no resulta fácil. Sueño con mujeres que ni fu ni fa es algo parecido a un anecdotario de su protagonista, Belacqua, poeta desarraigado e inadaptado allí donde va. Una especie de “diario” pero sin una línea argumental definida; a veces escrito en primera persona y otras narrado desde fuera. Diario en el que se intercalan asimismo monólogos interiores salpicados de vivencias de la infancia. Al parecer es el libro más autobiográfico de su autor, lo que me hace comprender, de forma inmediata, lo que debió suponer para la pequeña Joyce aquel romance con el que Beckett solo pretendía pasar más tiempo con su maestro.

El título desde luego le va al pelo. Belaqua es un inadaptado, un insatisfecho, un artista con alma de artista que define a Wagner como monstruo vociferante contra la melancolía al que yo no he podido evitar encontrar misógino y, por momentos, cínico, escéptico. Es como si las mujeres solo le sirvieran para satisfacerle en el plano físico pero nada más; intelectualmente, no están a su altura. Quizás fuera así en la vida real. Hasta los nombres que elige para algunas de ellas, delante de los cuales suele poner artículo (la Syra-Cusa o la Smeraldina-Rima que le escribe cartas de amor en un lenguaje casi infantil y plagadas de faltas de ortografía, y que tiene tendencia al vómito, eso sí, muy fino, dentro de una servilleta) suenan a coña. Pero lo cierto es que esas mujeres son la esencia del libro y, en definitiva, no puede prescindir de ellas.

Poco más os puedo contar de un libro por el que pupulan otros personajes también curiosos. La línea argumental, como he dicho, es difusa y no se  ajusta en absoluto al esquema típico de las novelas. Abstenerse aquéllos que solo buscan en la lectura algo fácil y amable con lo que pasar el tiempo (el Sueño del irlandés no es ni lo uno ni lo otro); abstenerse aquéllos a los que no les gusta tener un diccionario a mano (al menos yo he tenido que tirar más de un par de veces de él lo que no significa, necesariamente, que a vosotros os ocurra lo mismo); abstenerse los lectores “pasivos” (requiere un “cierto” esfuerzo mental, no tiene una estructura cómoda, ni un lenguaje fácil, ni una sintaxis sencilla). Además de todo eso, está plagado de giros en alemán y de citas literarias. Es evidente que el escritor tenía cierta vena sádica que ha terminado de rematar el editor o el traductor (no sé quién es el responsable) poniendo al final del libro en vez de al pie de cada página todas las traducciones de esos giros y todas las anotaciones . Más trabajera.

No obstante, leyendo Sueño con mujeres que ni fu ni fa, he tenido la sensación de que no fue escrito pensando en que otros lo iban a leer. No sabría muy bien decir por qué; quizás poque Beckett no parece buscar la complacencia del público lector. Desde luego, no facilita en absoluto la taréa, si bien, ese ejercicio de “complejidad narrativa y lingüistica” resulta extremadamente natural. No he encontrado ni una sola nota de artificio artificial (permitidme la expresión) y sí varias de ironía y de un humor casi negro. Reconozco que me costó un poco entrar. Quizás, porque como ya os he dicho alguna vez, soy muy de “novela”. Pero una vez cogido el ritmo, tengo que decir que la lectura me ha resultado un ejercicio literario, intelectual (o como quiera llamarse) muy bueno y, sobre todo, diferente. En ocasiones me ha recordado a Amis y a Roth; supongo que la influencia de Beckett en esta última generación de escritores americanos resulta innegable. Es asombroso el manejo del lenguaje por parte del escritor. Lanzaos los osados, aquéllos que disfrutáis con los libros diferentes, con los textos a veces enrevesados pero en los que se advierte sin esfuerzo la genialidad. Algunos pasajes casi ni se entienden, están cerca de lo onírico, de algo tipo Hesse; también tiene algo de estudio psicológico del hombre y de la esencia de la naturaleza humana, estudio siempre impregnado de un pesismismo existencial más que evidente. Confieso que he tenido que releer algunos de esos pasajes. Pero no porque me distrajera al leerlos sino porque me costaba entenderlos, que es diferente. Y es muy muy posible que algunos ni siquiera los haya entendido o haya entendido algo diferente a lo que Beckett quiso decir. Pero es lo de menos. Tampoco creo que al irlandés le importara mucho.

Gracias, por lo de siempre.

“The Nobel Prize in Literature 1969 was awarded to Samuel Beckett for his writing, which – in new forms for the novel and drama – in the destitution of modern man acquires its elevation”.

http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1969/