Setenta años sin Zweig

Curioseando los periódicos me entero de que ayer se conmemoró el setenta aniversario de la muerte de Stefan Zweig con la publicación de la nota que dejó justo antes de tomar el veneno que acabó con su vida y la de su mujer.

He leído varios libros de Zweig. Todos me han gustado y algunos me han emocionado. Como La Impaciencia del Corazón (en su título original La Piedad Peligrosa) que muchos conoceréis porque hace unos pocos años hubo una especie de “resugir” de la obra del austríaco impulsada, en buena medida, por la excelente reedición de la misma por Acantilado.

La Impaciencia del Corazón es una historia intensa y tremenda acerca, precisamente, de la piedad mal entendida. Pero detrás hay mucho más que eso. Detrás está la vanidad humana, el morboso gusto por sentirse necesitado e incluso imprescindible. La cobardía, la huida hacia adelante como método, utilizado paradójicamente, para intentar retroceder; la utilización de los demás para alcanzar objetivos excusivamente individuales y la permanente búsqueda de su justificación. Es un demoledor retrato psicológico de los personajes y una crítica (poco subliminal) de las clases altas.

También hay algo de lo difícil que resulta ser objetivo ante los sentimientos ajenos cuando de ellos dependa, en buena parte, la propia felicidad. Se busca y se rebusca en las palabras, en los gestos, en las miradas, hasta darles el significado que queremos que tengan. O que más nos conviene. De esto hay mucho también en Carta de una desconocida, uno de esos libros que te encogen el alma y que ha tenido (al menos que yo conozca) dos adaptaciones cinematográficas: la primera de ellas, a mi juicio, no ha resistido demasiado bien el paso del tiempo (Joan Fontaine y Luis Jourdan dirigidos en 1948 por Max Ophüls), y la otra no acabó de convencerme (Xu Jinglei, director chino que se llevó la Concha de Plata al mejor director en 2004 por esa adaptación). Aún con todo, es una de las más intensas y melodramáticas historias de amor del cine. Sin duda. 

Ardiente secreto (que tiene nombre de novela rosa, no me lo negaréis), Veinticuatro horas en la vida de una mujer y El amor de Erika Ewald también han tenido su sitio en mi bliblioteca y los tres son unos dramas  bastante considerables. A Zweig sin duda le gusta situar a sus personajes en situaciones límite desde el punto de vista emocional.

Sin embargo, hasta ahora me he perdido al gran biógrafo y ensayista que por lo visto fue. Habrá que hacerle un hueco. Igual que hay que hacérselo a Novela de Ajedrez que por lo que sé, es una espléndida obra acerca de la obsesión por ese “juego” de un preso de la Gestapo.

Hoy no tocaba pero es mi pequeño “homenaje” a uno de los grandes. Gracias. Por lo de siempre.

PD: os dejo el link para que podáis leer la noticia y el contenido de su nota. Al parecer, el mundo se había convertido en algo que era una carga demasiado pesada para él.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/23/actualidad/1330025462_064026.html

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Una historia cualquiera

Ya lo he dicho y no me cansaré de repetirlo: qué difícil es hacer interesante lo de todos los días, lo cotidiano, lo “vulgar”. Enseñarnos el trascurrir de la vida de unas personas corrientes, en un lugar corriente y que queramos saber más, conocerlos más. Eso es Verano y amor (William Trevor. Editorial Salamandra, 2011), un ejercicio de literatura sobre lo común, sobre lo ordinario; sobre aquello que puede ocurrir en cualquier momento y lugar. Literatura, en definitiva, sobre una historia cualquiera.

Rathmoye es el pueblo irlandés donde la vida transcurre plácidamente (al menos, de forma aparente, como suele ocurrir); donde la vida se vive con la seguridad que nos produce la rutina y con el peligro que inevitablemente le acompaña. Allí encontramos la inevitable tienda, la sempiterna iglesia, la consabida pensión. Y deambulando por sus calles tenemos a sus gentes, a los de siempre, a los de todas partes. Incluso al loco que en todo se fija y todo sabe; quizás porque su mente no está contaminada y es capaz de percibir lo evidente, lo que escapa a la mirada del analista y a los sentidos del que todo racionaliza. Loco anclado en el pasado, que aún mira con ojos limpios de niño y no es capaz de concluir como un adulto.

Pero Verano y Amor es, en esencia, la historia que viven Ellie y Florian. Ellie es una huérfana criada en un convento a la que las monjas deciden enviar a la granja de un viudo para ayudarle en sus tareas. Y como no podía ser de otro modo, termina casándose con él, sin que ese cambio suponga algo distinto a dormir en otro colchón (algo así como Sonrisas y Lágrimas pero en una versión menos amable).

Dillahan, su marido, es un hombre bueno. Un granjero sencillo y trabajador al que le persigue la tragedia de la muerte de su primera mujer y su hijo en un terrible accidente del que se siente, irremediablemente, culpable. Pero Dillahan parece feliz, al menos tranquilo en ese reducto de paz que componen su hogar, sus tierras, sus cultivos, su espacio que nadie invade y que únicamente comparte con Ellie.

Ella es afortunada. Cuando la vida le deparaba un futuro de criada después de una infancia huérfana, el destino le ofrece algo mejor. Señora de su casa, de su granja. Con un día a día tranquilo, afectuoso, plácido. Una mujer que se hizo tal en un convento donde era, podría decirse, feliz. Que coge su bicicleta un día a la semana para ir al pueblo, a ese trozo de civilización donde se conversa siempre con los mismos y de lo mismo (qué feliz es uno cuando cree que la felicidad consiste, precisamente, en lo que tiene.)  Esa es Ellie.

Florian es un solitario. Criado en la pobreza por unos padres que se adoraban y lo adoraban. Padres artistas que al morir lo dejaron lleno de deudas y con una casa desvencijada que no puede siquiera mantener. Allí pasa su último verano en Irlanda, justo antes de venderla y lanzarse a otro país en busca de otra vida y del olvido. Y allí es donde encuentra a Ellie, donde se encapricha con ella desde el momento en el que la ve, lanzándose a la conquista de otra pieza que le haga olvidar, si quiera brevemente, al amor de su vida.

Trevor construye ese cuadro costumbrista que es Verano y Amor con el trazo firme y minucioso del pintor flamenco, con la luz y la sensibilidad del renacentista y con la aparente sencillez de un cuadro abstracto. Me gusta Trevor; es más, me gusta mucho Trevor. Y su novela. Precisamente por eso, porque es una auténtica novela, una Novela con mayúsculas. Su lenguaje es directo, claro, lleno de sentimiento y exento de artificio. Inteligente. Prosa en la que ni faltan ni sobran palabras.

De ese encuentro,  Florian no esperaba más que de otras relaciones casuales nacidas del mismo modo y por la misma razón. Ese inicio no era distinto de los precedentes, y el entretenimiento de por sí bastaba. Isabella nunca sería sólo una sombra, pero esa mañana, una sencilla joven campesina le había despertado ternura y la voz de su prima ya no sonaba tan segura, su sonrisa se había difuminado un poco y su tacto era menos intenso de como lo recordaba el día anterior. (Pág. 92).

El problema de la historia de los protagonistas es la asimetría en los sentimientos. Ellie es para Florian la dulzura y la ternura que le acompañaran en ese último verano. Quizás algo de deseo. Pero nada más. Un espejismo que de forma transitoria es capaz de ocultar su desierto. Florian es para Ellie el descubrimiento del amor, de la sensualidad. Pero también será el descubrimiento de la propia insatisfacción y del dolor.

Ellie esparció grano en el manzanal y las gallinas se precipitaron hacia ella. Ignoraba que no amaba a su marido. Nunca había sido amor, aunque tampoco había empezado de un modo distinto al amor al que a menudo se referían las monjas de Cloonhill, cuya señal visible parecía arder incesantemente sobre la puerta de la cocina, como ya ardía para la mujer que antes fregaba las ollas que ahora eran suyas, y para otras mujeres antes. (Pág. 99).

Verano y Amor es una historia triste. Una historia sobre los sentimientos y las emociones contada de forma cálida, deliciosa y, a la vez, profunda. De las contradicciones del alma y del sufrimiento ante el sufrir ajeno. Florian es la mayor de sus propias víctimas.

Casi todo lo que decía le sonaba mal y por un momento sintió que pertenecía a un mundo de predadores que él mismo había creado, y que representaba una variante de la crueldad de éstos. Había cogido lo que había para coger, y exorcizado, una vez más, el fantasma que lo atormentaba. De ese modo, a pesar de la ternura, del afecto que sentía por aquella chica a la que apenas conocía, había convertido la vida de ella en un infierno. (Pág. 167).

¿Cómo podía pronunciar una sola palabra de semejante confesión si, en cambio, podía trasformar en una mentira amable la cruel impacable verdad?, ¿tanto habría costado decir, o al menos haber dicho en el pasado “Te quiero”?. (Pág. 178).

El cuadro se completa con la Señorita Connulty, solterona que regenta la pensión y que aún expía una falta que cometió en el pasado. Ese pecado la atormenta casi tanto como la idea de que se repita en Ellie. Uno de esos pecados imperdonables por una sociedad pequeña y perfectamente ordenada. Uno de esos pecados tan antiguos como la vida misma. No obstante, Trevor deja a veces surgir un peculiar sentido del humor. O mejor dicho, un matiz de ironía.

Llegados a este punto creo que es mejor dejarlo porque corro el riesgo de destriparos el argumento y no quiero. Solo me resta decir, una vez más, que Verano y Amor me ha gustado y mucho. De esos libros que podrían haberse escrito hace veinte años y que aún podrán leerse dentro de cuarenta.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

PD: os traslado una recomendación (con muy buena pinta) desde los comentarios. Trilogía de Deptford, de Robertson Davies, sobre la que he buceado un poco:

http://elpais.com/diario/2007/01/20/babelia/1169254212_850215.html

 

Memoria visual

«Leer a Don DeLillo me provoca siempre la envidia de un estilo limpio, contenido, de una naturalidad que tiene de fondo el silencio y la monotonía. Tuve la alegría de entrevistarlo hace unos años, en una oficina más bien neutra de una agencia literaria, en un piso muy alto de la Tercera Avenida. Era un hombre modesto y cordial, serio, de sonrisas breves, de respuestas que parecían a punto de continuar y quedaban interrumpidas por un silencio más de timidez que de sequedad o arrogancia. Antonio Muñoz Molina http://antoniomuñozmolina.es/2011/11/don-delillo/

Hace muchos años ya que ví El Gran Dictador, la genial película de Chaplin. Curiosamente, en mi memoria aparece como una película muda, cuando lo cierto es que no lo es. Supongo que ello es fruto de la inevitable asociación que se hace del director y actor con el cine “no sonoro”. Supongo que también es fruto del hecho de que la memoria visual sea mucho más potente que la auditiva (¿quién no recuerda la escena del dictador jugando con un globo terráqueo?).

Ha sido la protagonista de Fascinación (Don DeLillo, Biblioteca Formentor, Editorial Seix Barral, enero 2012) el personaje que ha hecho que me percate de mi error, precisamente, porque le ocurre lo mismo.

Fascinación es un libro con una trama original y, podríamos decir, atrevida. Gira alrededor de la supuesta existencia de una película pornográfica rodada nada menos que en el búnker de Hitler días antes de la caída de Berlín, con éste de protagonista.  Fascinación es a la vez una palabra curiosa. De fonética atrayente, al menos para mí, pero con un significado equívoco. En su primera acepción significa “engaño o alucinación” y solo la segunda se refiere a la atracción irresistible en la que supongo todos pensamos cuando la oímos o pronunciamos. Algo de ambas cosas suele provocar todo lo que al nazismo rodea. Y aquí añadimos el ingrediente sexual (que siempre da un poco de morbo, para que nos vamos a engañar) y algo de novela policíaca, mafías, políticos “degenerados”.., en fin un cóctel que me permite augurar un gran “éxito” a su novela. Éxito al menos de esta edición en idioma castellano porque la original es, ni más ni menos, que de 1978.

Pero Fascinación es algo más que ese cóctel que podríamos encontrar en muchos otros libros. Leyéndolo me cuadra perfectamente el retrato que de su autor hace AMM: limpio, natural, contenido. Con un lenguaje sencillo, directo pero con el que al tiempo consigue que el argumento no sea lo mejor del libro; en ocasiones los escritores que tienen en sus manos un argumento podríamos decir, “bueno”, descuidan lo demás. Por eso creo que un libro puede convertirse en un éxito o porque esté espléndidamente escrito, al margen de lo que cuente, o porque cuente algo que sea capaz de atrapar al lector y mantenerlo pegado a las páginas durante horas. En Delillo podemos encontrar las dos cosas en mayor o menor medida. No es común que alguien que tenga en sus manos una trama tan “prometedora”, se preocupe al tiempo de no descuidar otras muchos aspectos del libro:

A Selvy le agradaba esa sensación de transitoriedad. De algún modo, tenía la ventaja de reducir el control sobre uno mismo. Cuando uno vive permanentemente a diez minutos de su propia partida, no puede esperarse de él que siga los mismos preceptos de orden que los demás (pág. 38).

La búsqueda de la supuesta pelicula es la excusa de Delillo para enseñarnos mucho de nuestro propio mundo. Y ya de paso de la sociedad americana. Selvy, personaje al que se refiere la descripción anterior es uno de esos solitarios ex militares que se han convertido en descreídos, desarraigados, con miedo a lo que suponga establecer cualquier vínculo emocional con alguien y mercenarios de lo que toque. Le guerra del Vietnam es un tema recurrente en el libro. Sobre todo por los efectos perversos que tuvo en los que allí estuvieron. Como si hubieran dejado en el campo cualquier atisbo de humanidad que en algún momento hubieran podido albergar. Quizás fuera así.

Lloyd Percival es el otro lado de la moneda. Senador, pagado de sí mismo, carente de escrúpulos y seguramente menos listo de lo que cree. Piensa que la celebridad es un fenómeno relacionado con la mística religiosa. No seré yo quien diga que no tiene algo de razón; la fama saca a la superficie el potencial cósmico de las personas. Obsesionado por el arte pornográfico, se mete en un mundo que cree controlar con su poder pero en el que solo es uno más en busca del tesoro. Tesoro que cada uno busca por un motivo diferente: codicia, morbo, perversión, interés periodístico…

Moll Robbins, la periodista de escasa memoria auditova, es en realidad un elemento con el que los demás juegan o, al menos, lo intentan. Puede que sea el único personaje al que Delillo dota de cierta ingenuidad. El resto, en mayor o menor medida, son parte del engranaje de esa especie de submundo que de repente sale a la superficie y uno descubre que no era algo tan escondido en las profundidades.

Poco a poco la trama se va enredando. Y se van sucediendo los personajes, las historias paralelas que comparten espacio y tiempo en busca de la supuesta cinta (obviamente, no os voy a contar si existe o no). Confieso que he llegado a perderme. Delillo nos sitúa a las puertas de la novela negra y es un lugar en el que no acabo de sentirme cómoda. Pero me gusta su forma de contar las cosas; es un narrador activo. Se acerca y se aleja de los personajes y consigue que todos tengan su razón de ser en la historia. Probablemente los diálogos sean de lo mejor del libro. Pero insisto, no abandona la estética. Y a veces cae en la tentación, que agradezco, de incluir alguna brillante reflexión que no se molesta en hacernos pensar que sea de un tercero.

Por lo poco que sé de Delillo, es uno de los escritores norteamericanos más admirados. Pero no creo que Fascinación sea de sus títulos más representativos. Quizás otra lectura me haga situarlo en el lugar que parece corresponderle.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Llegue/temer/salud/mental/elpepicul/20110605elpepicul_1/Tes

Descubriendo a Szymborska

En estos días leo que ha muerto Wislawa Szymborska, poetisa polaca a la que galardonaron en 1996 con un Premio Nobel que alteró su vida. Y ya de paso la descubro.

Hemos hablado de poesía alguna vez; precisamente con ocasión de la entrega del Nobel de este año, hecho que me abrió las puertas a la vida y la obra de Tomás (o Thomas) Tranströmer, otro nombre impronunciable.

La verdad es que cuando tengo un rato libre para leer no se me ocurre coger un libro de poemas; soy una total ignorante de este género. Pero en esta tarde de sábado, en la que España entera se congela mientras yo estoy frente a la chimenea con algo de música de fondo y, sorprendentemente, sola, me ha apetecido bucear y leer despacio los poemas de Szymborska que algunos compañeros de aficiones literarias han tenido a bien compartir conmigo desde el pasado día 1.

Miro su foto, leo algunos poemas y no tengo más remedio que sentirme atraída por ella. Por su intensidad, por su sencillez, por la calma e inteligencia que desprende su mirada junto con un punto de ironía. No me extraña que el Nobel la abrumara. No la imagino rodeada de fotógrafos sino en su casa, escribiendo y, por supuesto, fumando. Leo que el Comité Nobel encontró en ella un Mozart de la poesía con la furia de Beethoven. También leo que murió en su casa de Cracovia, durmiendo, tranquilamente.

A modo de final, y puestos a compartir, os mando el link a la música que oigo en estos momentos. Ha sido el comentario de un escritor del que hablo a veces, y que la recordaba en su blog en el día de hoy, lo que me ha llevado hasta ella. Impresionante.

http://www.youtube.com/watch?v=mNt13Vw-K6Q

Y ahora vuelvo a mi otro post. El que debo hace días.

Las tres palabras más extrañas
 
Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Amor a primera vista

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Unas palabras sobre pornografía

No hay peor lujuria que pensar.
Es pura lascivia que se propaga cual hierbajo anemófilo
por los parterres reservados a las margaritas.

Nada hay sagrado para quienes piensan.
Con descaro llaman a las cosas por su nombre,
elaboran análisis disipados y síntesis concupiscentes,
se entregan a la salvaje y libertina persecución de la verdad desnuda,
al toqueteo libidinoso de temas delicados,
al roce de opiniones. Y se quedan tan anchos.

A la luz del día o al abrigo de la noche,
se juntan en parejas, triángulos y círculos.
No importan sexo ni edad de los integrantes.
Les brillan los ojos, les arden las mejillas.
El amigo pervierte al amigo.
Hijas depravadas corrompen a sus padres.
El hermano celestinea con su hermana menor.

Les apetece otros frutos,
del del árbol prohibido de la ciencia,
y no las nalgas rosadas de las revistas en color,
ni la pornografía al uso, ingenua en el fondo.
Les divierten los libros sin estampas,
con único interés: ciertas frases
subrayadas a uña o a lápiz rojo.

¡Qué espanto! ¡En qué posturas,
y con qué escabrosa simplicidad
se deja una mente fecundar por otra!
No constan ni en el mismísimo Kamasutra.

En estas citas solo el té está caliente.
La gente se sienta, mueve los labios.
Cruza las piernas, pero cada cual las propias.
Así, un pie descansa en el suelo,
y el otro, el libre, se columpia en el aire.
Solo de vez en cuando alguien se levanta,
se acerca a la ventana
y por una rendija de la persiana
fisga la calle.

Posibilidades

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.

Salmo
Las fronteras de las naciones humanas ¡qué permeables son!
¡Cuántas nubes pasan impunemente flotando sobre ellas,
cuánta arena del desierto se desliza de uno a otro país,
cuántas piedras ruedan
desde las montañas hasta los dominios ajenos
con botes desafiantes!
¿He de mencionar aquí los pájaros que vuelan
uno tras otro
y se posan en las barreras bajadas?
Incluso si fuera sólo un gorrión,
ya tiene allí la cola,
mas su pico permanece aquí.
Además ¡nunca se queda quieto!
Entre los innúmeros insectos me limitaré a la hormiga,
que entre las botas derecha e izquierda del guardia
a la pregunta de dónde. a dónde
-no se siente obligado a contestar-.
¡Ah, mirad con atención
todo este desorden a la vez
por todos los continentes!
¿Acaso no es la alheña la que desde la orilla opuesta
pasa de contrabando su cienmilésima hoja?
¿Y quién si no el calamar
de osados y largos tentáculos
viola la sagrada zona de las aguas territoriales?
¿Cómo se puede hablar en general de orden alguno,
si ni siquiera es posible repartirse las estrellas
para saber cuál brilla para quién?
….
Sólo lo humano logra ser verdaderamente ajeno.
Lo demás son bosques entremezclados, obras de topo y viento.