El Caldero de Freud

Todo este alegato -este sueño no es otra cosa- recuerda vivamente la manera en la que se defendió aquel hombre de quien su vecino se quejaba porque le había devuelto el caldero en mal estado. En primer lugar, lo había devuelto indemne, en segundo lugar el caldero ya estaba perforado cuando lo pidió en préstamo y, en tercer lugar, nunca había tomado prestado un caldero de su vecino. Extracto de Die Traumdeutung, de Sigmund Freud (Td 125, ID 120, IR 111), extraído de El autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis, Tomo 1 (Didier Anzieu).

La historia del caldero, que al parecer tanto gustaba a Freud, sirve a Emmanuel Carrére en El Adversario (Anagrama, Panorama de Narrativas, 2000. Segunda Edición, 2011), para describir la estrategia de defensa ante lo evidente que durante el juicio en el que se le procesa por asesinato múltiple, utilizó Jean-Claude Romand.

Quizás a alguno de vosotros os suene ese nombre. O quizás os suene la tragedia que esconde: el 9 de enero de 1983, Romand asesinó a su mujer, a sus hijos y a sus padres, e intentó suicidarse. Hasta aquí, tristemente, es solo una de esas sórdidas matanzas familiares que, de vez en cuando, abren un noticiero. Así que es posible que la hayáis confundido con otra similar.

Sin embargo, no son los asesinatos los que despertaron en Emmanuel Carrére la necesidad de escribir El Adversario. No son los asesinatos los que hacen del libro un relato estremecedor, único, impactante, desconcertante… La razón de ser del relato es el propio Jean-Claude Romand, esa especie de monstruo acorralado en su mentira, inmerso en un viaje sin retorno hacia los infiernos de su propia alma y de su propia mente.

El Adversario no es una novela. Al igual que ocurría con Binet y el personaje de Heidrych, Carrére sintió fascinación por ese hombre que había inventado toda una vida, que vivió esa vida años y años sin que nadie fuera capaz de darse cuenta de que no existía, de que no era nada. El Adversario es el otro Jean-Claude Romand, su propio enemigo.

La lectura del libro me hizo acordarme inmediatamente de La Vida de Nadie (Eduard Cortés, 2002, con José Coronado, Adriana Ozores y Marta Etura). Es ésta una película de esas que un día, tirado en un sofá haciendo zapping, empiezas a ver por casualidad y descubres que es buena (y angustiosa). Ahora, al investigar sobre ella en internet para poder ofreceros algún dato adicional, descubro que está inspirada en la vida de Romand. Pero es infinitamente más amable.

Mentir. Mentir es no decir la verdad o simplemente ocultarla. Pero cuando la mentira trasciende a uno mismo, contaminando todo lo que toca, a todos los que rodean al mentiroso; cuando mentir es sinónimo de vivir, la mentira se convierte en verdad, en la única verdad que se tiene. Eso es lo que le ocurre al protagonista de El Adversario. Carrére nos revela su vida sin tapujos, desde una perspectiva única, la que obtuvo del propio Romand. Cuenta el escritor como al leer la noticia de esa lista de asesinatos perpetrados por un hombre que no era nada de lo que a todos decía ser, decidió escribir su historia. Pero de ésta, lo que menos le importaba a Carrére eran los hechos y ésto casi le avergonzaba, por su crueldad: La pregunta que me empujaba a escribir un libro no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand, puesto que estaba vivo, o nadie. Al cabo de seis meses de vacilaciones, resolví escribirle por mediación de su abogado. Es la carta más difícil que he tenido que redactar en mi vida. (Pág. 28).  

La narrativa de Carrére resulta muy dinámica: El Adversario no pierde el ritmo en ningún momento y ha conseguido atraparme desde la primera página hasta la última (bien es cierto que entre una y otra solo hay 162). Aún a pesar de que lo que más le importa del protagonista es la faceta, por decirlo de algún modo, psíquica, el autor no cae en disquisiciones. Describe las situaciones y los personajes de una forma clara y tremendamente convincente. El autor nos muestra también el punto de vista del “público” que rodea a Romand: sus amigos, incrédulos ante la noticia hasta que la evidencia los hace despertar; su amante, un personaje un tanto críptico que se ha dejado querer por el mounstruo, aunque no sin ciertos reparos, y al que el alivio parece poderle más que el espanto y la perplejidad. Luego está el resto: ese resto que está compuesto por la “comunidad” en la que vivía o parecía vivir Jean-Claude.

Cuando a alguien, por la razón que sea, no le gusta su vida, puede optar por varios caminos: resignarse y continuar viviéndola sin hacer nada, como si representara en una obra de teatro el papel de un personaje con el que no acaba de sentirse cómodo pero que quizás al público sí guste, corriendo el riesgo de que un día todo ese esfuerzo “dramático” le pase una enorme factura. También puede optar por rebelarse y cambiarla. En definitiva: arriesgarse por algo que piensa que puede ser mejor aún sabiendo que quizás no lo sea. O puede hacer lo que hace Romand: inventarse otra vida y otro yo: vivir la vida de otro, la vida de nadie. Engañar a todos cada día, cada minuto, cada segundo, con una mentira cada vez más inmensa y cruel. Una mentira que acaba royendo las entrañas de su dueño y apoderándose de él. Este es, precisamente, el eje central de El Adversario. Y, a mi juicio, en eso consiste el gran acierto de Carrére: consigue hacernos llegar la angustia, el vértigo constante, el pánico del protagonista a que los demás descubran la verdad de su mentira.

Es curioso como detrás de un complejo tan grande, de una inseguridad tan aplastante, de una necesidad tan imperiosa de tener el beneplácito ajeno pueda esconderse esa inmensa capacidad de simulación, de maquinación. Y tanta frialdad.

Otro de los logros del libro es el modo en el que se nos muestra la creación de ese adversario que esconde el protagonista. El germen de su mentira  no es más que una anécdota de adolescente con pánico a un examen. Su perdición fue darse cuenta de lo fácil que le resultaba mentir y de los inmediatos beneficios que la mentira le proporcionaba. A partir de ahí, su existencia inicia ese camino sin retorno del que hablaba al principio donde las mentiras, a medida que las circunstancias lo van exigiendo, se hacen cada vez más brutales: una lleva a otra, y esa otra se sirve de la siguiente para esconderse. Ese proceso está espléndidamente construído y, cmo dice Carrére,  no hubiera sido posible hacerlo sin el propio Romand.

A lo largo del libro me preguntaba constantemente dos cosas: si el protagonista llegaría a creerse su propia mentira y cómo era posible que nadie fuera capaz de darse cuenta del engaño. La respuesta a la primera pregunta es no. Puede que sí existiera cierta confusión en la mente de Romand respecto a algunas cosas menores, pero en todo momento es consciente de su trágica ficción, con independencia de que su alter ego va ganando poco a poco espacio en su mente, hasta conseguir que el auténtico Romand desaparezca, deje de existir: Despojarse de la piel del Doctor Romand equivaldría a encontrarse sin piel, más que desnudo: desollado (pág. 104). La segunda de las preguntas, me temo que no tiene respuesta.

No me ha parecido necesario contaros en qué consiste esa otra vida que inventa Romand. Es lo de menos; da igual que sea ingeniero, médico o músico. Toda esa parte la descubrirá quien lea el libro. Ah! y también descubrirá cómo conseguía el dinero para mantener todo ese “entramado”. Parece una frivolidad, pero es una cuestión importante y clave en el desenlace de El Adversario.

A estas horas de la noche ya es día 24 (reconozco que este año me ha pillado casi de sopetón; tengo la sensación de haberme perdido varios meses si no un año entero). Por eso no quiero despedirme hoy sin desearos a todos una muy Feliz Navidad. Y, sobre todo, muy auténtica.

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Cuéntame un cuento (III)

El DRAE  define álter ego (segunda acepción) como Persona real o ficticia en quien se reconoce, identifica o ve un trasunto de otra. El protagonista de la obra es un álter ego del autor.

A raíz de los dos post anteriores ha surgido un pequeño “debate” en los comentarios acerca, precisamente, de la identificación entre escritor y personaje. Yo insisto en mi idea de que, si bien es evidente que en toda obra (obviamente, más aún en la poesía) hay un poco o un mucho de su autor, los personajes por él creados no tienen que ser sí o sí un reflejo de su propia personalidad ni de la que le gustaría tener.

Aún con todo, siguiendo la lectura de Nada del Otro Mundo continúan apareciéndoseme en los protagonistas de los relatos, rasgos comunes a todos ellos. No obstante, Muñoz Molina no cae en absoluto en la repetición: ni en los personajes ni tampoco en las tramas. Es decir, el libro es, exactamente, lo que dice ser: un recopilatorio de cuentos o relatos escritos a lo largo de casi veinte años, lo que hace que en ningún momento de su lectura se tenga la sensación de que el autor se ha sentado, precisamente, a escribir un libro de cuentos, sino que éstos son creaciones,  independientes, diferentes, originales, pero siempre con esos elementos comunes (será porque todas son Muñoz Molina).

Sigo manteniendo que los cuentos son una forma espléndida de seguir leyendo en un momento en el que, por una razón u otra, se lea menos (ni que decir tiene que la lectura necesita de determinada “predisposición psicológica”). Cierto es que los cuentos y relatos breves deben leerse de un tirón, pero su brevedad, con alguna excepción, lo hace perfectamente posible. Y hace posible también que si se está un mes sin abrir el libro, no se haya perdido el hilo argumental. Pero esto no debe quitar ni un ápice de bondad a este género: antes al contrario, como afirma MM en el cuento están comprimidos todos los desafíos formales de la novela, y al mismo tiempo cabe en él ese sentimiento de intensa iluminación sin el cual no llega a existir un poema.

Por otra parte, parece ser un género en auge; o quizás un género que siempre lo ha estado y yo, simplemente, tenía algo aparcado. Ya os contaba que el último Premio Nacional de Narrativa acaba de publicar un libro de relatos breves; y hace unos días estuve ojeando en Madrid una publicación reciente de Acantilado de cuentos de S. Zweig. Confieso además haber pecado con Demasiada Felicidad (cuentos de Alice Munro) aunque no sé muy bien cuándo le llegará el turno de ser leído…. y hay tantos y tantos…

No obstante, Muñoz Molina sostiene en el Epílogo de Nada del Otro Mundo la opinión contraria, es decir, que se escriben y se leen menos cuentos que antes. Afirma, seguro que con mucha más razón que yo, que si bien antes los periódicos le encargaban a él y a otros escritores relatos para publicar en una o varias entregas, ahora lo que se pide son microrrelatos, y cualquier cosa que pase de las 500 palabras les aterra. En palabras del escritor:

Los directivos de los periódicos españoles viven con la extraña convicción de que el mejor público posible son las personas a las que no les gusta leer, lo cual es casi como que los bodegueros enfocaran sus vinos a seducir a los abstemios. […].

Lo que sí creo es que hay muchas novelas que deberían haberse quedado en relatos: ¡cuántas páginas ociosas, repetitivas, vacías de contenido encontramos a veces en los libros!. Es posible que algunos escritores consideren que dejar una historia en treinta o cuarenta páginas la desprovee de “importancia” y que el hecho de haber sido capaz de rellenar cuatrocientas le confiere a él mismo algún tipo de “halo extraordinario” (quizás por lo de que hay que escribir un libro, plantar un árbol y no sé qué otra estúpida cosa se dice que hay que hacer antes de morir). Me rebelo contra ese afán publicador: no todos tenemos que escribir y no todos tenemos que escribir novelas.

Como este es el último post dedicado a los cuentos/relatos breves de AMM, no quiero despedirlos sin decir que el libro me ha gustado. Algunos de los cuentos mucho, alguno muchísimo y algún otro, algo menos. Pero ninguno sobra; todos son relatos con entidad propia y entidad suficiente. Sin rellenos.

Muchas gracias. Por lo de siempre.

La Colina de los sacrificios

Es ésta una historia curiosa. Una extraña mezcla de relato policíaco y de misterio que llega a rozar lo fantástico. Dos personajes: el inspector ya breado en mil historias que parece saberlo todo y un posible asesino al que los años han hecho caer en el olvido, al igual que a su crimen. Es la propia condición humana la que a veces hace clamar al verdugo por su castigo, ya que éste es la única forma de expiar la culpa y dar descanso al alma atormentada. Pero de repente, cuando parecen encajar todas las piezas del puzzle, la narración da un giro inesperado para llevarnos, nuevamente, casi casi al punto de partida.

Si tú me dices ven

AMM nos sitúa en ese complejo momento en el que alguien decide dejar una vida para comenzar otra. Nos muestra la duda, el miedo, la ansiedad del que espera a aquélla que deja su vida por él. Duda ante lo desconocido, ante la inevitable pregunta de sí será mejor o no lo que esté por venir; miedo ante el posible nuevo fracaso, ante el posible nuevo sufrimiento y ansiedad de empezar lo que se desea cuanto antes. Aunque a veces el afán de posesión del tercero despechado se interpone entre las personas. ¿Por qué se le niega a una persona que ha compartido un momento o una parte de su vida con nosotros el derecho a poner fin a ese momento?.  ¿Qué nos hace pensar que nuestra propia felicidad es más importante que la de los demás?. Con un toque de misterio.

Un amor imposible

Triste y oscura historia en la que se nos muestra el lado más desolador del deseo cuál es el no ser correspondido. El amor es imposible si es unilateral; si uno siente una cosa diferente a la que siente el otro; si las almas y los cuerpos discurren por caminos diferentes. Como leí hace poco en un blog, el amor tiene que ir acompañado de cierto grado de canibalismo, de antropofagia; de una necesidad irrefrenable de comerse al otro. Si no, me temo que estaremos ante otra cosa. Ni mejor ni peor: solo diferente. Y, probablemente, insuficiente.

Borrador de una historia

La frustración, la verguenza del escritor que escribe lo que no quiere; que escribe lo que le piden y se esconde hasta de sí mismo para hacerlo. Prostitución del talento, casi de la dignidad. Vano intento por ocultar un “yo” que de alguna forma se odia pero que poco a poco se apodera del protagonista hasta hacerle confundir realidad y ficción. Aunque quizás ese alter ego sea él mismo, y la ficción, al final, solo sea otra cara de esa realidad. Creo que este cuento es una especie de metáfora a través de la cuál AMM quiere plasmar lo difícil que a veces resulta eso que ahora se llama encontrarse con uno mismo y que es posible que no sea ni más ni menos que conocerse y aceptarse.

La gentileza de los desconocidos

Quizás la moraleja de esta historia sea que nunca se acaba de conocer del todo a la gente. Tiene un punto, cómo lo diría.. quizás policíaco, quizás de novela negra.. resulta de lo más entretenido. AMM inventa un protagonista víctima del oprobio y puede que, en parte, de sí mismo. Creo que el autor quiere dejar constancia de como a veces las cosas ocurren porque es inevitable que ocurran. Quiere enseñarnos que hay sentimientos y deseos que son capaces de anteponerse a la razón. Y quiere dejar constancia de que el tiempo es quizás un obstáculo pero no tiene por qué ser una barrera infranqueable. Pero esta es la historia de fondo. La verdadera trama surge de la amistad entre dos hombres a los que parece unirles la casualidad. Y de una serie de asesinatos macabros de mujeres que también unirá a esos dos mismos hombres. Pero quizás ya no de forma tan casual.

Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad (publicado en El País en 1999)

El más irónico y sin duda el más comprometido de los relatos de Nada del Otro Mundo. Especie de mini-historia futurista con toques de ciencia-ficción e incluso algo del 1984 de G. Orwell. La llamada Brigada de la Realidad se encarga de dar una dosis de esa realidad a todo aquél que a través de sus opiniones, expresadas casi como juicios o sentencias, banaliza o, a juicio de AMM, tergiversa, alguna situación que resulta o ha resultado, para tantos otros, dolorosa o humanamente inaceptable. La construcción es original, interesante, aún a pesar de lo brevísimo del relato. La elección de los temas es, obviamente, muy personal y constituye toda una declaración de principios (aquí si veo retratado al escritor; sin tapujos). Es una especie de dar a cada uno una buena dosis de su propia medicina: un golpe en el cráneo para hacerle despertar a la realidad de las cosas; una llamada a la mesura en los juicios de valor. Siendo, como soy, aficionada a leer los artículos del escritor, creo que es una historia muy Muñoz Molina.

El miedo de los niños (inédito)

Deliciosa historia costumbrista con dos niños como protagonistas. Primos segundos que se quieren como hermanos: uno de ellos limitado físicamente por la poliomelitis, el otro soporte físico del anterior y no obstante, mucho más débil que él. Las carencias de uno se suplen con las fortalezas del otro. Es quizás en este relato en el que se aprecia mejor el talento narrativo de AMM, su capacidad de retratar la inocencia y la felicidad de la infancia que discurre en un pueblo, entre dos familias a las que no faltándoles lo esencial, les falta todo lo demás. Infancia de canicas, cine de pueblo, complicidad y fantasías sobre tísicos que se alimentan de sangre humana. Infancia manchada y corrompida por la lascivia del adulto; vergüenza ante el pecado ajeno que hace sentirlo casi como propio. Pecado que inmoviliza, que condena al silencio, que mina cuerpo y espíritu. Trasfondo duro, cruel, como todo lo que atañe a los niños. Pero un gran relato.