Cuéntame un cuento (II)

Puede que sea un despropósito pensar que a un escritor se le puede llegar a conocer por lo que escribe. Esta es una eterna discusión que se acentúa cuando ese escritor asume la condición de protagonista o de testigo de lo que cuenta; tendemos entonces, de forma inevitable, a “atribuir” a su mente y a su boca determinados pensamientos y palabras que, probablemente, solo sean fruto de su imaginación.

Con Muñoz Molina me ocurre algo curioso. Muchas veces creo adivinar algo de su persona en lo que escribe; de hecho, así lo dije al comentar el cuento homónimo de Nada del Otro Mundo, lo que, por otra parte, no tiene mérito alguno teniendo en cuenta que es el propio escritor el que lo confiesa en el prólogo. Pero hay temas y perfiles de personajes-protagonistas en sus libros que si bien se repiten de forma más o menos habitual, se separan mucho de cómo imagino su vida y, en definitiva, de como lo imagino a él.

Ya os he hablado en alguna ocasión de su blog. A través de los post que cuelga, Muñoz Molina nos hace partícipes de escenas, como lo diría… de andar por casa. Y de esas pequeñas fotografías de lo cotidiano consigue extraer siempre algo interesante que abre la puerta a temas que también lo son. A través de esas reflexiones, se nos aparece un hombre afectuoso, casi me atrevería a afirmar que tierno; me encanta cómo habla de Elvira Lindo y de la familia que comparten. Su cercanía hace que hasta te parezca conocerlo lo cual, obviamente, es una mera percepción.

Pero sigamos con sus cuentos….

El Hombre Sombra, segundo de los relatos del libro, es capaz, en sus escuetas ocho páginas, de reunir a la soledad, al platonismo, a la idolatría y la obsesión, a los celos, a la mentira y al engaño, con la cobardía y el dolor del adiós. Todo junto; todo concentrado. Todo expuesto con el don de la narración de lo cotidiano que tiene Muñoz Molina. Hace que te quedes con ganas de más….

Las Aguas del Olvido.  Protagonista nuevamente escritor. Y algo me dice que con algún punto de Muñoz Molina al que, sin saber por qué, siempre lo imagino como un hombre tímido. Nuestro protagonista asiste casi horrorizado al enamoramiento de su amigo culto e inteligente por una frívola, superficial y casi analfabeta mujer, aún siendo éste consciente de que ella es todo eso. Aparece aquí el perdón. Pero perdón que en realidad no lo es. Porque es un perdón que necesita del olvido como forma de sobrellevar la indignidad. La indignidad por querer que alguien esté con nosotros por encima de todo y a cualquier precio: sin importarnos ni sus motivos ni sus sentimientos, sino solo nuestro afán de posesión.

La Poseída es un relato desalentador y quizás por eso Muñoz Molina haya optado por la narración en tercera persona. Marino, el protagonista, es uno de esos tipos grises, solitarios, perfeccionistas hasta lo obsesivo y maniáticos, que pasan por la vida casi casi sin vivir y a los que salirse, aunque sea mínimamente, de la rutina, los desconcierta hasta la desesperación. La estupenda construcción del personaje consigue que éste llege, incluso, a abatir. Pero al mismo tiempo, y quizás por la enorme distancia emocional que guarda con sus semejantes, Marino es capaz de enamorarse platónicamente de una adolescente a la que ve por las mañanas en una cafetería. Y desde su profunda soledad se imagina una historia para esa muchacha a la que idolatra; una historia en la que ella es una víctima inocente a la que él, en algún momento, podría salvar de una vidas que no merece. Pero una historia, al fin y al cabo, inventada.

La historia de Las Otras Vidas tiene lugar en Marrakech, durante un viaje organizado por una célebre compañía japonesa de pianos de cola para “agasajar” a directores de salas de conciertos y a otros, igualmente cercanos al mundo de la música clásica (como es el caso de uno de los personajes principales de la historia, un medio hippy y bohemio afinador de pianos llamado Cadafells, dotado con el curioso don de la imitación de cualquier intérprete de dicho instrumento). Acostumbrados todos ellos a brear con cierto tipo de egocéntricos, estrambóticos, caprichosos y raritos genios de la interpretación. Vuelve Muñoz Molina con Las Otras Vidas a la primera persona, si bien, en clave de narración retrospectiva. Al grupo “excursionista” parece envolverle un halo de excelencia en el que Cadafells y su novia, muy proclives al consumo de marihuana y de alcohol (a pesar de lo difícil de ejercitar este deporte en un país musulmán), muy proclives también a saltarse todo lo que suene a “políticamente correcto” y poco proclives a los modales y al “aseo personal”. Por casualidad, como ocurren muchas cosas definitivas en la vida, el protagonista pasa una noche con ellos, dejándose arrastrar por ese mundo paralelo y prohibido que a todos en algún momento nos ha tentado. Y las casualidades suelen ir acompañadas de sorpresas que vienen a ser algo como… darse cuenta de que las cosas, o las personas, no suelen ser lo que parecen (o, al menos, no solo).

Extraños en la Noche. Otra vez la soledad, que parece ser un tema recurrente en Muñoz Molina. Pero esta vez acompañada de deseperación y resignación, que es la soledad de la peor especie. Nuevamente, la casualidad junta por un breve espacio de tiempo a dos personas que comparten sus cuerpos, pero nada más que eso. Por pura inercia. Porque se supone que eso es lo que hacen dos personas solas cuando se encuentran y aterrizan en la habitación de un hotel. La relación física aparece desprovista de todo sentimiento, de toda emoción. Muñoz Molina no regala a los protagonistas ni tan siquiera la vanidad de un deseo caduco. La distancia física y emocional que los separa no se acorta ni ante lo ya inevitable. Es posible que la soledad crónica tenga la facultad de deshumanizar. Al menos es lo que se desprende de este relato.

El Cuarto del Fantasma. Esta historia de “fantasmas” me ha gustado mucho, muchísimo. Muy breve pero con unos personajes tremendamente entrañables y un Palmiro Sejayán que representa la sabiduría fruto, sobre todo, de las vivencias acumuladas a lo largo de muchos años. Este será el personaje que cuente a los demás su particular y tremendamente socarrona historia de fantasmas. El auditorio es agradecido y está entregado a D. Palmiro, al que respeta por las canas que peina. El relato es como una tertulia de café de pueblo, en la que todos se conocen ya lo suficiente como para saber qué barbaridades deben decirse en cada momento. Delicioso.

Y aún queda para otro post…

Gracias (por lo de siempre).

Cuéntame un cuento

Confieso que en estos últimos días no he dedicado demasiado tiempo a la lectura, si bien la publicación del libro de cuentos/relatos breves Nada del otro Mundo (Seix Barral, Blblioteca Breve) de Antonio Muñoz Molina, me va a facilitar mucho la tarea de comentar algo nuevo en este blog.

Leer a Muñoz Molina, al menos para mí, es siempre enriquecedor. Ya he dicho en algún momento que me gustan sus libros, sus artículos y las breves “reseñas” de su blog. Quizás por eso no me ha extrañado que también me gusten sus cuentos. O al menos lo que voy leyendo de ellos.

No sé muy bien qué es lo que distingue al cuento del relato breve. Entiendo que en el cuento prima el elemento ficción, que tiene un único y claro protagonista y que su estructura es, en cierto modo, lineal y debe ser susceptible de leerse “de un tirón”. Pero al margen de las difusas diferencias, creo que ambos, cuento y relato breve, son la forma perfecta de perder el miedo escénico a la literatura activa y pasiva; es decir, el miedo a leer y el miedo a escribir. Muñoz Molina lo explica muy bien en el Prólogo; al igual que nos desvela algo que siempre he sospechado y que incluso he puesto en alguna de mis contestaciones a alguno de vuestros comentarios: que el proceso creativo del auténtico escritor es algo que fluye de manera natural, sin artificio (que no sin trabajo). Necesidad de escribir versus ganas de hacerlo. Cuando Muñoz Molina afirma que Nada del otro Mundo se ha escrito casi casi solo es posible que se esté refiriendo a que al estar integrado por relatos/cuentos escritos/creados a lo largo de varios años, de repente se ha encontrado con “material” suficiente para publicar un libro. Pero creo que se refiere también a esa capacidad de los escritores que tanto admiro para crear historias, a esa necesidad acuciante que tienen de contar, de describir, de poner en palabras lo que se les ocurre como si de un dictado se tratase. De momento, el libro me está sorprendiendo; quizás por ese punto que tiene de fantástico, de “cuento”, punto que no quiero desvelar porque sería como contar el final de una película cuando se trata de un final inesperado.

Antes de seguir, os adelanto que me voy a permitir el volver a ir en contra de las reglas del blog, que para eso están. Hoy voy a “hablaros” únicamente del primero de los relatos y os iré comentando el resto en sucesivos post. Ese primer cuento es, precisamente, el que da título al libro y a pesar de transcurrir a lo largo de setenta y siete páginas (lo que le hace incumplir el requisito de la brevedad), se lee, efectivamente, de un tirón.

Nada del otro Mundo está escrito en forma restrospectiva, la trama transcurre en dos momentos temporales distintos, lo que sin duda lo acerca más al relato breve que al cuento. Y es evidente que hay mucho de Muñoz Molina en el protagonista. Esa evidencia es sin duda fruto de la intensidad con la que se nos narran algunos acontecimientos.

Nada del otro mundo nos cuenta la relación de un proyecto de escritor, del que no recuerdo el nombre, con su gran amigo de juventud, Funes. Busco y busco ese nombre a lo largo de las páginas del libro y no lo encuentro; de hecho, tengo casi la certeza de que, sencillamente, no aparece.

Es la historia de dos compañeros de piso (y de mucho más) en unos años en los que probablemente se decida lo que se va a ser el resto de sus vidas. Años de estudiante, años de bohemia tonta y pobre, de cubalibre por litros, tabaco negro y pisos de alquiler con pósters de oficina de turismo y muebles de deshecho suministrados por patronas rapaces. Años por los que el escritor dice no sentir especial nostalgia salvo por las comidas de los domingos, pero años que relata con cierta ternura.

Funes es el compañero fracasado; atascado entre la adolescencia y la vida adulta sin encajar aún en ninguno de esos dos mundos. Fuera de lugar en cualquiera de ellos y sin capacidad para escapar de su autocompasión. El protagonista es muy diferente; parece vivir exactamente lo que corresponde a su momento vital, a su condición de progre, lo que es, posiblemente, más por moda que por propia convicción. Inseguro ante las mujeres de la época que encarnan la revolución sexual de la que ya hemos hablado en otro post. Aquí es donde nos encontramos con Inma, el objeto de sus deseos y la mujer a la que en esos momentos ama. Pero Inma no es el personaje femenino más importante de la historia ni mucho menos, aunque tendrá parte importante en ésta. Ese lugar de honor lo ocupa su amiga Juana Rosa, que consigue embobar y abducir a Funes desde el primer momento, apartándolo de todo lo que era la vida de éste antes de ella; incluído el propio narrador.

Muñoz Molina nos presenta a Juana Rosa como una mujer despreciable. Un auténtico vampiro emocional que es capaz de anular por completo y convertir en un desconocido al que hasta su irrupción en escena era el amigo del alma del protagonista. Habla incluso de su fealdad voluntaria y reivindicativa. La imagino como una de esas mujeres que confunden la feminidad con la sumisión; que creen que ponerse unos tacones o pintarse los labios las convierte en meros objetos sexuales al servicio del macho. Que creen que la esencia de las mujeres está en esos detalles cuando, precisamente, son ellas las que, al darles tal magnitud, están pregonando que la igualdad se manifiesta, ante todo, en bajarse de esos tacones. Vamos, que confunden las churras con las merinas (perdón por el inciso).

Juana Rosa es la salvadora de Funes en ese momento de absoluta orfandad emocional que éste vive. Pero a cambio pide demasiado. La historia “de amor” que viven ellos dos y, sobre todo, la relación de la pareja con el protagonista, es el eje central del relato. Ellos continúan estancados en su vida bohemia, progre, supuestamente altruista; antisistema. El protagonista consigue, poco a poco, hacerse un hueco como escritor y evolucionar. El azar hará que se encuentren unos y otro después de muchos años. Y me temo que hasta aquí os puedo contar del argumento…

La verdad es que el desenlace quizás sea lo de menos. Lo de más es el modo en que Muñoz Molina nos narra esos años vividos por el protagonista (Funes es otra historia), los sentimientos, la intensidad y la urgencia por vivir. Urgencia acompañada, paradójicamente, de cierta desidia y casi de cierta indolencia que probablemente se explican porque no se tiene conciencia aún del paso del tiempo. Qué fácil es arriesgar cuando uno sabe que tiene tiempo para volver a equivocarse una y mil veces más. Y que triste es perder la capacidad de hacerlo.

Lo cierto es que esta primera historia me ha gustado mucho. En realidad es una mini novela, con un protagonista perfectamente construído. Cien páginas más no nos harían conocerlo mejor; ni tampoco a los otros personajes. Y ésto es un mérito indiscutible de Muñoz Molina. Me encanta su manera de contar las cosas, de acercarnos a lo cotidiano, de conseguir meternos en la historia. Logra una empatía total entre el lector y su “yo” de Nada del otro Mundo.

Confío en que los demás cuentos me hagan disfrutar tanto como éste. Os lo iré contando. Hasta entonces, muchas gracias (por lo de siempre).

PD: desde hoy (bueno, desde ayer lunes que siempre me acaban dando las tantas), tenemos nuevo Premio Nacional de Narrativa. Curiosamente, su último libro (que no es el premiado) es un recopilatorio de cuentos. El País de hoy recogía sus explicaciones. No he leído nada suyo; confío en poder hacerlo pronto.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Marcos/Giralt/Torrente/Premio/Nacional/Narrativa/elpepucul/20111121elpepucul_4/Tes

Palo y zanahoria (de)

Así describe Laurent Binet en su novela HHhH (Seix Barral, Biblioteca Formentor, septiembre 2011) la política que Reinhardt Heydrich (sí, con “t” final en el nombre, letra que según Binet el propio Heydrich suprimiría), llevó a cabo en el Protectorado del Reich de Bohemia-Moravia desde el 27 de sep de 1941 hasta su muerte a consecuencia de una septicemia producida por una herida de bala recibida en el atentado perpetrado el 27 de mayo de 1942 (Operación Antropoide).

Muchos conoceréis al Carnicero de Praga por alguna película, documental o libro. Ese alto, rubio, perfectamente ario alemán, de aspecto hiératico y frío al que el mundo le debe el haber pergeñado un genial plan para acabar con los judíos a gran escala, con un método limpio y barato que al tiempo permitiera a los ejecutores del genocidio aligerar esa enorme carga física y psicológica que suponía pasar horas y horas al día disparando y oyendo gritos. El mundo le debe, en definitiva, la llamada Solución Final. Probablemente otros nazis como Goebbels, Goering, Eichmann, Hess, Himmler, el propio Hitler u otros se han llevado la gloria, pero el gran artífice, el cerebro de la operación no es otro que Heydrich. Ni siquiera la muerte pudo pararlo.

La novela está dedicada a la mayor gloria de los que acabaron con la Bestia Rubia; Binet la ha concebido como un homenaje a los paracaidistas checoslovacos venidos de Londres que pusieron fin a la vida de ese personaje con el cuál el escritor confiesa estar casi obsesionado. No es de extrañar: Heydrich es de esos productos de la historia que repelen casi tanto como atraen en tanto objeto de estudio, de análisis. Y el problema es que como resultado de esos análisis nos encontramos con algo tan simple y mundano como un hombre. Nos encontramos con alguien que respira, come, ama, se emociona con la música, juega con sus hijos y sufre con la discriminación de la que es objeto en su infancia. Sería más fácil, más digerible, más llevadero, llegar a la conclusión de que Heydrich es un “no humano”; un zombie, un monstruo producto de algún experimento genético, un medio hombre-medio lobo, un extraño cruce de persona y ave carroñera. Pero no. Lamentablemente, Heydrich no es más que un hombre.

El libro está escrito con una técnica narrativa peculiar, de eso no cabe duda. Laurent Binet intenta introducir al lector en el proceso creativo de la novela haciéndolo partícipe tanto del entusiasmo que en él suscita el tema elegido, como en la ardua tarea que le supuso el proceso de documentación necesario para escribirla. Creo que como objetivos para el Prólogo hubieran sido más que adecuados, pero como objetivos del libro en su conjunto, me han resultado ociosos; sobre todo en la primera parte del libro. Esas primeras ¿100? páginas han llegado a confundirme en el sentido de no ser capaz de discernir lo que es realidad de lo que es ficción; ese es precisamente el motivo por el que encuentro peligrosa la novela histórica (género que suele hacer saltar en mí todas las alarmas) y ese es el motivo por el que me han sobrado muchas de esas páginas iniciales. Bien es cierto que el escritor hace un esfuerzo encomiable para señalarnos qué es fruto de su creatividad y qué no lo es. Pero esa actitud tan “purista” ha operado en mí el efecto contrario (o sea, a veces, el despiste…).

Pero a partir de ahí confieso que HHhH  ha conseguido engancharme y gustarme. ¿Interesante?. Claro que lo es; es que el tema lo es!!!! y la Historia (con mayúsculas, como hechos ciertos) que cuenta también. Aunque en varios momentos, sobre todo en esa primera parte, he tenido la sensación de que Binet nos “escupía” los datos, las anécdotas, los “aconteceres” casi casi como si se tratara de un manual. Y soy de los que cree que el proceso creativo debe ser algo que fluya de forma natural, lo que no significa en modo alguno que sea fácil o rápido. No obstante, creo que poco a poco, la narración va ganando en soltura, en coherencia, en consistencia al fin y al cabo, y, de algún modo, va creciendo en ella algo parecido al “alma”. Entusiasmo, desde luego, a Binet no le falta.

Es más que evidente la profusa tarea de documentación que está detrás de las páginas de HHhH. Necesaria, obviamente. Pero no suficiente. La historia ya existe, los personajes ya existen; disponer de esos recursos de antemano parece que hará más fácil la escritura que el tener que empezar una novela de cero, pero creo que, en el fondo, no lo es. Por eso Binet intenta aportar algo nuevo a su libro, algo nuevo a esa historia que ya han contado otros; una visión objetiva y a la vez subjetiva de lo ocurrido. Lo cierto es que el lenguaje es cercano, la construcción asequible. Entiendo que es un libro apto para cualquier público, lo que en sí mismo ya es decir bastante.

Binet es a veces narrador, otras observador, otras “periodista”. Y otras veces participa en el argumento, asiste a los acontecimientos que nos narra, se acerca y se aleja de la trama, la salpica de sus propias vivencias.  Asiste en primera persona al atentado. El resultado es, para mí, y como ya he dicho, curioso. Pero creo que estamos ante un libro que por momentos intenta acercarse al ensayo, por momentos a la crónica periodística, por momentos a la novela de ficción. Y no sé si eso es bueno o no. Si nos atenemos a las críticas que ha recibido, desde luego sí que lo es. Pero si me atengo solo a mis opiniones, quizás ya no lo sea tanto.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/verdugo/nazi/paracaidistas/es

http://www.elpais.com/articulo/opinion/carnicero/Praga/elpepiopi/20111009elpepiopi_11/Tes

El personaje de Heydrich es el eje central de la novela si bien, poco a poco, ese eje se irá desplazando hacia los autores del atentado. El escritor nos pone en antecedentes para que podamos (si es que ello es de alguna forma posible), entender el proceso por el cuál ese niño algo solitario, casi casi marginado y más tarde expulsado de la marina, se convierte en el hombre más poderoso del Tercer Reich cuando en septiembre de 1939 Himmler crea el RSHA, en la que se suman la SD, la Gestapo y la Policía Criminal (las siglas y los nombres en alemán son casi un galimatías). Heydrich se nos aparece como un hombre devoto del régimen, ególatra, megalómano, cruel y despiadado. Convencido de lo que hace y del por qué lo hace; encantado de ser el brazo ejecutor del trabajo sucio. E inteligente, tremendamente inteligente (Himmlers Hirn heisst Heydrich, o lo que es lo mismo, el cerebro de Himmler se llama Heydrich).

Cuando empecé HHhH  “rescaté” de forma automática el genial ensayo, Los últimos días de Hitler que, obviamente, y por razones “de fecha”, no menciona prácticamente de Heydrich. Pero sí menciona (y mucho) a su jefe Himmler, a quien su autor tilda más o menos de estúpido.  El libro es fruto del trabajo del historiador Hugh Trevor-Roper, quien a petición de los Servicios Secretos Británicos, investigó la muerte de Führer. En él se basó la también genial película El Hundimiento. Un inciso para recomendarlo a aquellos que os interese este tema.

A modo de resumen (que otra vez empiezo a dispersarme): HHhH me ha entretenido y la historia que cuenta me ha resultado tremendamente interesante, como no podía ser de otra manera. Pero me temo que tampoco soy tan entusiasta como parece serlo la crítica autorizada (glup!!). Es una ventaja el poder decir lo que se piensa aunque no coincida con opiniones infinitamente más autorizadas que la propia. Posiblemente esperaba para el tema un tratamiento algo menos “novelado” y quizás ahí está mi error. Es decir, palo y zanahoria…

Encontré en estos días un artículo sobre el tema del libro que me gustó mucho. Os mando también el link que hoy estoy muy por la red: http://www.historiarte.net/articulos/art001.html. También os invito a bucear sobre el Partido de la Muerte  (no cuento nada más). La historia pone los pelos de punta y en la red hay cosas muy convincentes.

Para terminar hoy (me temo que ya lunes; 01:43 a.m.), quiero compartir con vosotros uno de esos títulos a los que se llega de forma casual y que de repente entusiasman: Una Princesa en Berlín, de Arthur R. G. Solmssen. Obviamente, no es una novela histórica ni pretende serlo, pero a través de una trama inventada, el autor consigue meternos de lleno en la Alemania de entreguerras. La “contextualización” es perfecta (nacimiento del nacionalsocialismo, origen del odio hacia el pueblo judío, crisis de la hiper inflación) y eso es muchas veces lo que convierte un libro en brillante.  Da la sensación de que el autor conoce aquéllo de lo que habla, mientras que Binet, a veces, me da la sensación de que se lo ha aprendido. Parecido, pero no exactamente igual.

Muchas gracias (por lo de siempre).