La organización del desgobierno

Nota (28 de octubre): asisto a la lectura, por parte de mi hermana (la hoy funcionaria) de mi último post. Y puntualiza (ergo corrige) que el autor de La organización del desgobierno se llama Alejandro…..Ahí queda eso; corregirlo sin más me parece intentar ocultar mi error y creo que eso no va conmigo. Asumo mi condición de ser humano imperfecto con gran humildad. Me cita además un principio que causa furor en la Administración cuál es el de dar la patada hacia arriba (combinado con el de Peter, puede llevar al más incompetente a cotas de poder inimaginables). Así que ya sabéis; si alguno quiere deshacerse del inútil, que lo ascienda. Me disculpo por el lapsus.

En 2009, se publicó La nueva organización del desgobierno, una edición revisada y actualizada del libro de Antonio Nieto de 1984. Recuerdo oír hablar (y mucho) a hermana y cuñado, por aquél entonces opositores y después, funcionarios, de ese libro. Y a pesar de la edad que tenía entonces, algo me debió quedar porque la lectura de La Sala de Profesores de MarKus Orths (Seix Barral, 2011), me ha hecho recordarlo de forma casi instantánea. El otro título que me ha venido a la cabeza ha sido Un momento de descanso, de otro Antonio (Orejudo), publicado en febrero de este mismo año por Tusquets en su Colección Andanzas. La primera conclusión que he sacado es que en todas partes cuecen habas.

Supongo que nadie discutirá que la administración y la burocracia educativas son un claro ejemplo de ese desgobierno (casi despropósito diría yo) que parece, hoy más que nunca, extenderse a todos los ámbitos que de alguna u otra forma tengan que ver con la res pública. Quizás por eso la Universidad, en tanto caldo de cultivo óptimo para que proliferen todos esos “virus” en forma de enchufismo, endogamia, nepotismo, peloteo, trapicheo y otros más, sea el objetivo perfecto para escribir una parodia, que en el fondo y tristemente, no es tal.

La Sala de Profesores nos sitúa, no en la universidad, sino en un colegio de la la RF Alemana. Pero me temo que eso es lo de menos y que lo que el libro nos narra, en forma de sátira, puede trasladarse a muchos otros lugares y a muchos otros niveles educativos; quizás también a otros muchos ámbitos que estén controlados o dirigidos por alguna administración. Orths nos cuenta las vivencias de Martin Kranich, un pobre ingenuo recién licenciado que únicamente quiere “enseñar” y se tropieza de bruces con un sistema pervertido y perverso (en el libro casi surrealista, tanto es así que algún crítico ha afirmado que tiene tintes Kafkianos, y que comparte el humor de Monty Phython), contra el que no puede hacer absolutamente nada.

Desde el primer momento se adivina el tono del libro, en la ansiedad casi infantil que muestra el protagonista en conseguir ese puesto de profesor. La llamada en la que le habrán de comunicar si la Delegación de Educación ha aprobado o no su plaza se convierte en el único motor de su existencia por unos días.

A partir de ahí, o más bien, a partir del momento en el que se incorpora al centro escolar, se suceden escenas y diálogos de lo más surrealista. El Director, el Sr. Höllinger es una especie de dictador omnipresente que únicamente teme a la propia administración educativa. Disfruta con el sufrimiento de los profesores a los que mantiene permanentemente en vilo y disfruta aún más fomentando las insidias y los enfrentamientos entre ellos. Es el perfecto arquetipo de ser mediocre y vil, al que, por circunstancias de la vida, le han otorgado una cuota ínfima de poder que exprime hasta lo inimaginable. El típico ejemplo tan manido de funcionario amargado cuyo único disfrute en la vida es el ejercicio tiránico de esa microscópica cuota de un poder misérrimo. Y el novato es, como no, la víctima perfecta.

En ese colegio hay unas normas ya instauradas, un statu quo corrupto e inmutable ante el que todos se someten sin atreverse si quiera a criticarlo. Me ha parecido adivinar un cierto toque morboso en el libro, aunque quizás el orígen alemán del escritor haya influido en esta apreciación. Pero es que toda esa historia de la dictadura sin razón del mediocre, rodeado de acólitos que no son capaces de elevar la voz y que se someten a un sistema que les dice hasta dónde han de vivir, si deben fumar o no, donde se practican interrogatorios a la luz del flexo o donde se someten a “torturas”….

Los profesores lo consentían todo. Sí, incluso habían llegado a aplicar torturas con regularidad para averiguar lo que era capaz de aguantar un profesor. Dichas torturas se aplicaban allí, en el ERG, los miércoles a sexta hora. Todos estaban obligados a presenciar las torturas. A las torturas se las denominaba reuniones. Nada de lo que él, el director, decía en una reunión tenía sentido alguno, pero a pesar de todo los profesores tenían la obligación de hacer como si sí lo tuviera. (pág. 19).

Tenemos incluso un inspector interno que toma parte activa en que sus compañeros incurran en alguna falta; y por ello será premiado. Y un cuerpo de inspectores, como no, de la administración educativa, que en un momento dado se lleva detenido a uno de los profesores.

Aquí aterriza el idealista Kranich, y nada más llegar, el Director le advertirá de cómo han venido funcionando (y obviamente seguirán haciéndolo) las cosas: Se podían distinguir cuatro pilares, aseguró, en los que se basaba todo el sistema educativo: dichos pilares eran el miedo, los lamentos, la farsa y la mentira. La mentira, dijo sin preámbulos, y eso era algo que yo había de interiorizar, era la quitaesencia del centro. Allí, en el centro, todos mentían. Y el primero de todos él, el director (pág. 17).

Podría poneros muchos ejemplos de las situaciones grotescas que describe el autor. Pero no lo voy a hacer porque creo que restaría gracia al libro. Sí os diré que los alumnos tienen un papel que puede parecer secundario pero que, en el fondo, no lo es. De ellos depende cómo sean valoradas las clases que imparten los profesores y de esa evaluación, la evaluación del propio profesor. Una crítica en toda regla a esa tiranía del alumnado (y, en muchos casos, de sus progenitores) que está inundando nuestro sistema y que solo deriva en la pérdida de autoridad de un profesorado amedrentado y en la consecuente mediocridad de la enseñanza.

Acabaré contándoos que ha sido un éxito en Alemania y que le han sido concedidos varios premios (la verdad es que desconozco si son más o menos importantes). En todo caso es un libro curioso, de apenas 155 páginas, de esos que se leen de un tirón.

El otro título al que me refería al principio de este post (Un momento de descanso) tiene una trama más compleja y tiene momentos verdaderamente hilarantes. La parte que dedica a la crítica universitaria es, a mi juicio, la más conseguida (y divertida). La escena dedicada a la resolución de la oposición (no recuerdo si era a profesor titular), con cena-soborno-chantaje y hasta secuestro, creo que es sobresaliente.

Pero en su conjunto me pareció un libro algo deslavazado. Orejudo ha construido una novela en la que a veces creí encontrar varias lo que, en principio, no es en absoluto un defecto, sino, antes al contrario, creo que exige un esfuerzo extra por parte del escritor para que el resultado sea coherente. Pero es que precisamente esa coherencia y conexidad es lo que creo que le falta. O al menos a mí se se escapó, si bien, como Un momento de descanso no es el objeto de este post, no voy a castigaros más.

En todo caso, a los que os divierta la crítica con un punto de irreverencia, mordacidad, sarcasmo y toque de humor negro, os gustará. Y a una de mis hermanas en particular, también.

Son ya 23 minutos (12:23 a.m.) los que me han llevado otra vez a desatender mis obligaciones para con este blog, y ello a pesar de que el libro lo terminé hace unos días. Pero tengo que confesar que este fin de semana, en el que he pasado varias horas pegada al ordenador, ha habido otros temas que me han mantenido casi “abducida”. Pero, como digo, esos son otros temas. Muchas gracias (por lo de siempre). Agur.

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El Síndrome de la Edad de Oro y Antonio Muñoz Molina

La última pelicula de Woody Allen (Midnight in Paris) tiene como protagonista a un guionista víctima del síndrome conocido con de la Edad de Oro, que se supone lo sufren aquéllos que piensan que en el pasado hubieran sido más felices porque en esa otra época, que imaginan perfecta, las cosas eran, simplemente, mejores. Algo parecido me ha ocurrido a mí con la literatura. Confieso que hasta hace muy poco, mi tiempo de lectura lo he dedicado, casi en exclusiva, a autores ya desaparecidos, clásicos o no. Confieso también que me equivocaba y la prueba es que estoy descubriendo, poco a poco, novelas, libros, escritores y narradores que me están haciendo disfrutar casi tanto como lo han venido haciendo sus predecesores.

Y uno de los mayores culpables de que haya superado esa neurosis es sin duda Antonio Muñoz Molina. Me gustan muchísimo sus artículos, me gustan muchísimo sus libros (o al menos los que he leído, que no son todos ni mucho menos) y, en definitiva, me entusiasma su forma de escribir. Y además me gusta lo que de la persona se ve desde fuera (que suele ser poco o no coincidir con la realidad, todo hay que decirlo).

La Noche de los Tiempos me pareció una novela espléndida, aunque no es el objeto de este post. En realidad no lo es ningún libro (hoy no toca), pero contestar un comentario me ha hecho acordarme de la web del escritor y no me resisto a recomendaros que, en algún momento, entréis y buceéis en ella (www.antoniomuñozmolina.es/ http://www.antoniomunozmolina.net).

Escrito en un instante es una delicia. Muñoz Molina dedica un poco de su tiempo cada día a escribir pequeños post que comparte con los lectores. Todo un lujo. Además, como ya he dicho alguna vez (no aquí), admiro la generosidad con el “yo” muy por encima de la generosidad material. Un motivo más para que me guste (muchísimo) MM.

Feliz Día del Pilar

Pero,…..¿qué es un fin de semana…..?

Genial la pregunta que formula la también genial Maggie Smith en el transcurso de una cena familiar en uno de los episodios de Downton Abbey. Me gustan las series inglesas tipo Retorno a Brideshead. Me gusta el humor inglés. Me gustan el gin tonic (creo que ya lo he dicho) y el oporto (portugués, lo sé; pero me temo que su fama es más bien cosa de los ingleses). Me gustan la puntualidad y la corrección. Me gustan los chaqués grises del Príncipe Carlos y la insuperable facha del Duque de Edimburgo. Y me gustan Jane Austen, Charlotte Brontë, el Yo Claudio de Robert Graves y Oscar Wilde. Y, sobre todo, me gusta la gente que es capaz de reírse de sí misma; inteligente recurso que permite adelantarse a que lo hagan los demás. Quizás esta especie de anglofilia (que en realidad es bastante menor de lo que pueda parecer) es la explicación al hecho de que también me haya gustado y haya disfrutado leyendo La hija de Robert Poste (Impedimenta, 2010. Primera edición de 1932), de Stella Gibbons, long-seller inglés donde los haya. Por cierto, me gustan, y mucho, las publicaciones de la editorial Impedimenta. Cómodas de leer y de una estética muy particular y, a mi juicio, muy, muy lograda (es que también me gusta lo estético). Por eso, (y porque he aprendido a insertar imágenes en el blog) os incluyo una foto de la portada del libro; sin la caratula es aún mejor.

La hija de Robert Poste es, además del título del libro, la gabela que lleva su protagonista Flora;  la condición de tal es, de un lado, lo que le permitirá irse a vivir con (o de) sus parientes de Sussex y, de otro, el patronímico por el que la conocerán dichos parientes, hasta el punto de que uno de ellos se dirige a ella únicamente como “hija de Robert Poste”. De hecho, al principio del libro, más allá de su parentesco con Robert Poste, la pobre Flora casi ni existe.

El argumento es sencillo: a la muerte de sus padres, y ante lo exiguo de sus rentas, Flora decide comenzar a vivir de sus parientes ya que según ella misma ha observado, mientras aún persiste el absurdo prejuicio contra el hecho de vivir de los amigos, no se establecen límites ni por parte de la sociedad ni por parte de la conciencia personal, a la carga que una pueda suponer a la hora de vivir de sus parientes (pág. 28). En consecuencia, decide enviar sendas cartas a todos los familiares candidatos a acogerla y finalmente se decanta por una tía, a la que no conoce, que vive en una granja en la Inglaterra profunda, y cuya respuesta, redactada de forma casi inteligible, le llega en un sobre mugriento. No obstante, la carta de la tía Judith ha conseguido despertar la curiosidad de Flora al mencionar el daño que, supuestamente, su marido le hizo en algún momento al padre de ésta, y aludiendo a unos hipotéticos derechos que, espera, la protagonista haga valer.

En realidad, el libro comienza aún antes de esta historia. El prefacio ya es un adelanto de lo que va a ser La Hija de Robert Poste. La autora, periodista de profesión, le envía el libro a un supuesto amigo escritor junto con una nota en la que le adelanta su reciente vocación de novelista […] comprenderás la magnitud de la empresa a la que me enfrenté cuando —después de malgastar diez años de mi vida como periodista, aprendiendo a decir exactamente lo que quería decir en frases cortas—, descubrí que debía aprender, si quería acercarme a la literatura y recibir críticas favorables, a escribir como si no estuviera muy segura de lo que quería decir pero estuviera encantada de decir exactamente lo mismo pero en frases tan largas como me fuera posible (pag. 18). Ese será precisamente el tono irónico y lleno de retranca de toda la novela. En ningún momento arranca la carcajada pero en muchos, sí la sonrisa; muy british.

“Deliciosa” es el adjetivo que le dedicó The Independent según la contraportada. Para mí lo ha sido, sin duda: deliciosa, entretenida, amable, fácil de leer y también (y sobre todo) tremendamente ingeniosa, inteligente, mordaz y, como he dicho, irónica y en momentos, maliciosa. Pero no os dejéis despistar; La Hija de Robert Poste es una novela más elaborada de lo que en un principio pueda parecer. Lo perfecto para “aflojar” un poco. 

La protagonista, Flora Poste, es una curiosa y paradójica mezcla de la inglesa convencional y puritana convencida de que en los libros “de conducta”, tan habituales en la época, se encuentra la solución a todo aquello con lo que uno pueda tener que enfrentarse en la vida, con una inteligente, autosuficiente y, en cierto modo, adelantada mujer que es capaz de planificar su vida al margen de los convencionalismos y de aconsejar a una joven acerca de métodos anticonceptivos.

La llegada de Flora a la granja supondrá una auténtica revolución. Allí se encontrará con los Starkadder, familia integrada por unos especímenes de lo más curioso, todos ellos individuos absolutamente rústicos y asilvestrados. Desde el primer momento, aún antes de llegar a Cold Comfort, la protagonista decide que su misión es reorganizar la vida de la granja y, sobre todo, la de todos sus parientes: y a ello dedicará todos sus esfuerzos. Porque Flora está convencida de que las cosas únicamente pueden ser de una forma y esa forma es, como no podía ser de otro modo, la que ella es capaz de reconocer como tal, la que dictan sus libros de cabecera, la que la sociedad inglesa de la época consideraría como “políticamente correcta”. Crítica clara a los convencionalismos, a los prejuicios sociales y a las verdades absolutas e inmutables establecidas de forma apriorística. En ningún momento se le pasa por la cabeza a Flora la idea de que aquello no sea asunto suyo. De hecho, le resulta un poco molesto que sus parientes no quiera aceptar parte de su renta como pago por su estancia y manutención y ello porque si iba a vivir en Cold Comfort en calidad de invitada, sería una impertinencia imperdonable que se dedicara a inmiscuirse en la vida de la familia; si se pagaba  la estancia, en cambio, podría inmiscuirse todo lo que le pareciera (pág. 101).

Lo cierto es que Flora está dotada de una intuición y una inteligencia emocional fuera de toda duda. Es capaz de averiguar lo que cada uno necesita y quiere incluso antes de que el sujeto en cuestión se de cuenta de ello. La reeducación, la inserción de los Starkadder en la sociedad se va produciendo poco a poco, exactamente según los planes que la protagonista va pergeñando para cada uno de ellos asistida por sus libros-guía a los que acude a modo de Biblia, y cuya lectura intercala con la de las novelas típicas de la época que, dicho sea de paso, son ferozmente criticadas. De hecho, creo que de la quema solo se salva Cumbres Borrascosas (gracias Stella!) y esa “salvación” será la excusa para poner el acento en el exagerado machismo de su época: Es obvio que ese libro es de Branwell y no de Emily. Ninguna mujer podría haber escrito una cosa tan buena. Esto es cosa de hombres… He formulado una teoría sobre su alcoholismo, también… Verá: él realmente no era un borracho […] (pág. 162). Sobre sus hermanas: (pág. 163) Todas ellas eran unas borrachas, pero Anne era la peor del grupo. Branwell, que la adoraba, solía fingir que se emborrachaba sólo para conseguir ginebra para Anne. El propietario no se la entregaría si Branwell no se hubiera granjeado previamente aquella falsa reputación como borracho brillante, impenitente y holgazán… Y sólo Dios sabe con cuánta devoción se entregó a conseguir esa reputación […].

Tampoco se salva de la quema el arte moderno que empezaba a mostrarse en la época y el snobismo que siempre aparece acompañando a toda manifestación cultural supuestamente “revolucionaria”: La película duraba una hora y tres cuartos, y contenía únicamente doce primeros planos de nenúfares perfectamente inmóviles en un estanque lleno de verdín, así como cuatro suicidios, todos realizados con extraordinaria lentitud . Toda la gente que la rodeaba (recordó Flora con gesto meditabundo) murmuraba cuán encantadores resultaban los patrones rítmicos de la película, qué calidad tan emocionante poseía, qué abstracta era su estructura decorativa (pág. 148).

En cuanto al resto de personajes, en un primer momento pensé en contaros algo sobre algunos de ellos, pero creo que no lo voy a hacer. Prefiero que os los imaginéis. Pensad en un reducto en el campo (una granja, para ser exactos) al que aún no ha llegado la “civilización”. Imaginaos unas personas que viven de un modo distinto al que dictan las normas sociales y los convencionalismos. Y juntad eso con el típico chovinismo británico encarnado en una joven convencida de que su papel en la vida, o al menos en ese concreto momento de ella, es la reeducación de esos individuos y el reestablecimiento del orden social comúnmente aceptado. Flora y sus libros pueden con todo, incluso es capaz de asistir un parto: […], la hija de Robert Poste tenía un vívido conocimiento de los embarazos y los partos rurales gracias a la lectura de algunas novelistas, especialmente de aquéllas que nunca se habían casado. Las descripciones de lo que probablemente les habría acontecido a sus hermanas casadas, y menos afortunadas, solían ocupar cuatro o cinco páginas de letra abigarrada, o bien ocho o nueve páginas en interlineado doble con siete palabras por renglón y abundantes puntos suspensivos (pág. 107).

Solo os daré unas pinceladas: al frente de la familia se encuentra la tía Adda quien vive encerrada en una habitación que solo abandona dos días al año para hacer lo que la familia denomina “recuento” de parientes y ver cuantos de los Starkadder se han muerto en el último año (pág. 262).

Desde su cuarto controla y manipula la vida de todos los hombres y mujeres que componen la familia, sometiéndolos a un permanente chantaje emocional y gritando a cada momento que todos deben permanecer para siempre en la granja y no dejarla nunca sola porque de pequeña vio algo muy sucio en la leñera. La tía Adda será el mayor de los desafíos con el que se encuentre Flora; el Elemento no Incluido en el Sumario de su libro de cabecera El sentido común de índole superior (pág. 320). Pero su determinación será más fuerte y, además, sus resultados conseguirán contentar a todos; incluso al bestia que perdió el objeto de su deseo porque Flora lo consideraba demasiado exquisito para él ya que le proporciona una sustituta a la altura de sus expectativas: Ven aquí…tú. Te cogeré a ti en vez de a ella. Sí, aunque seas una puerca, te cogeré a ti, y así nos arrastraremos por el fango los dos juntos. Siempre ha habido Starkadders en Cold Comfort, y ahora habrá también una Beetle (pág. 272).

Con Elfine, quizás su mayor logro, realiza un auténtico milagro. De hecho, en el momento culminante de la presentación de aquélla en sociedad, Flora parece sentirse casi casi como Dios. Sin duda por eso, después de describir los sentimientos de ésta al ver su “trabajo” bajando por la escalinata y la reacción que con ello producía en un determinado joven, la autora escribe […] y Flora vio que aquello era bueno (pág. 245). La tarea no había resultado en absoluto fácil:

Elfine debía transformarse a cualquier precio; sus ínfulas artísticas debían ser arrancadas de raíz. Debía lograr que sus pensamientos fueran dignos de la hermosa cabecita que los albergaba. Sus gestos debían ser más comedidos y su conversación menos «literaria». Y, desde luego, no debía volver a escribir poesía en absoluto, ni seguir dando largos paseos a menos que fuera acompañada por la clase de perro adecuado para dar esos largos paseos. Debía aprender a mantener una conversación seria sobre caballos. Debía aprender a reír cuando se mencionara un libro o un cuarteto de cuerda, y a confesar que no tenía muchas luces. Debía aprender a tener piernas y brazos largos y ojos azules, y a ser recatada. Las dos primeras cosas ya las tenía, pero debía ponerse a trabajar de inmediato para adquirir la tercera (pág. 204). Genial, ¿no os lo parece?.

El resto de personajes no tiene desperdicio. Y a todos les encontrará Flora su sitio en el mundo; incluso a ella misma. Y, finalmente, verá complacida que todo está bien.

Muchas gracias a todos (por lo de siempre) y hasta dentro de un par de semanas.

A tener en cuenta (por aquéllos que se animen)

Imprescindibles las notas a pie de página y la nota inicial del traductor. Me temo que La hija de Robert Poste es de esos libros que pierde con la traducción por muy buena que ésta sea; como suele ocurrir con las historias en las que se juega con el lenguaje, con el doble significado de las palabras y con  los giros y dobleces típicos de cada idioma. Y eso los ingleses, al igual que la ginebra, lo hacen como nadie.

Una curiosidad

Stella Gibbons utiliza un recurso muy original para resaltar aquellos párrafos que se corresponden con su idea de novela “al uso” inglesa; esa novela victoriana, de autoría  casi siempre femenina, que tanto critica por dedicar muchas palabras a lo que se puede decir en muchas menos y de forma mucho más clara. Así, coloca asteriscos (hasta  tres) en aquellos pasajes más elegantes y literarios. 

***Desde los infraestratos entretejidos y petrificados de su subconsciente, los pensamientos del viejo Adam Lambsbreath emergieron en lenta filtración hacia la confusa consciencia del vaquerizo; no como una parte integral y plena de su ser consciente, sino más bien como una emanación impalpable o una aportación crespuscular de la esfera vital, siempre en vigilia, de los inquietos árboles y los campos que lo circundaban (pág. 73). Impresionante!.

Habemus Nobel: Tomas Tranströmer

Prize motivation: “because, through his condensed, translucent images, he gives us fresh access to reality” (www.nobelprize.org)

Creo que la concesión del Premio Nobel de Literaura merece, al menos, una pequeña reseña.

Este año el galardón ha recaído en manos de Tomas Tranströmer, quien, según leo, es un poeta sueco.  Desconocido para mí, lo confieso. Como también confieso que he leído muy muy poca poesía; supongo que la misma que habréis leído todos aquellos que tuvieron literatura en COU, algo de Auden y poco más. No he conseguido que me enganche más allá de Neruda… será cuestión de insistir.

Para aquéllos que, como a mí, os resulte desconocido este escritor, incluyo a continuación una breve reseña de su biografía como adelanto de lo que nos contarán en los próximos días. Y después uno de sus poemas traducidos al castellano. He escogido éste entre los que he podido ver desde que hace 15 min. leí la noticia porque es un pequeño homeaje a Listz y a su yerno Wagner. Y alguno de vosotros sabe de mi creciente aficición por éste último.

Os “veo” en unos días. Un saludo.

Tomas Tranströmer nació en Estocolmo en 1931. Desde muy joven alternó su trabajo de psicólogo con la escritura de poesía. Desde la publicación de su primer libro, 17 dikter (17 poemas) en 1954, aclamado por la crítica, su producción creció sin prisa y sin pausa, al tiempo que su obra fue siendo traducida a  distintas lenguas; en la actualidad sus poemas pueden leerse en cerca de cuarenta idiomas. Es poco frecuente que la obra prácticamente completa de un poeta vivo se convierta en un texto tan internacional, sin haber recibido el Premio Nobel, aunque es cierto que Tomas ha sido propuesto reiteradamente a ese premio. Aparte de las versiones inglesas (hay varios traductores), rusa, castellana, alemana, francesa e italiana, también existen versiones de los poemas de Tranströmer en turco, griego, chino, árabe, hindú, persa y muchas otras lenguas remotas para nosotros como el tamil,  el estonio, el esperanto, el tártaro,  el macedonio… En las últimas décadas  ha viajado frecuentemente, invitado a diferentes  festivales de poesía del planeta. Su obra ha sido estudiada profundamente por la crítica y es a menudo tema de tesis doctorales.
Tranströmer es un poeta realmente leído en su país –las ediciones de sus poemas se agotan continuamente y ha estado en el tope de las ventas del mes- a pesar de la tímida y austera imagen pública que ha proyectado siempre y su relativo retiro de los últimos tiempo. (www.zapatosrojos.com.arg)

 

GÓNDOLA FÚNEBRE Nº 2

I

Dos hombres, suegro y yerno, Liszt y

Wagner, viven junto al Canal Grande

con la inquieta esposa del rey Midas,

ése que transforma en Wagner todo lo que

toca.

El frío verde del mar atraviesa los pisos del

palacio.

Wagner destaca, el conocido perfil de títere

parece más cansado;

el rostro, una bandera blanca.

La góndola cargada pesadamente con sus vidas; dos pasajes de ida y vuelta y otro

sólo de ida.

II

Una ventana del palacio se abre con el viento y el súbito soplo provoca muecas.

Sobre el agua aparece la góndola del basurero impulsada por dos bandidos con remo.

Liszt ha escrito unos acordes tan pesados

que deberían ser enviados a analizar

en el Instituto de Mineralogía de Padua.

¡Meteoritos!

Demasiado pesados para la quietud, pueden sólo hundirse más y más, futuro abajo, hasta

los años de las camisas pardas.

La góndola, pesadamente cargada con las

hacinadas piedras del futuro.

III

Rendijas, hacia 1990.

25 de marzo. Inquietud por Lituania.

Soñé que visitaba un gran hospital.

No tenía funcionarios. Todos eran pacientes.

En el mismo sueño, una niña recién nacida

hablaba con completas oraciones.

IV

Junto al yerno, que es hombre de su tiempo,

Liszt es un apolillado grandseigneur.

Es un disfraz.

El abismo, que ensaya y descarta máscaras

diferentes, ha elegido justo ésta para él,

el abismo, que quiere subir hasta los hombres sin mostrar

su rostro.

V

El Abate Liszt está habituado a cargar él

mismo su maleta por soles y por nieves

y cuando muera un día, nadie irá a

esperarlo a la estación.

La tibia brisa de un coñac excelente lo

conduce a la tarea.

Siempre tiene tarea.

¡Dos mil cartas al año!

El escolar que escribe cien veces el palote,

antes de que le permitan volver a casa.

La góndola cargada pesadamente de vida;

es sencilla y negra.

VI

De regreso en 1990.

Soñé que conducía doscientos quilómetros en vano.

Entonces, todo se agigantó. Gorriones enormes como gallinas

cantaban de modo ensordecedor.

Soñé que dibujaba teclas de piano

en la mesa de cocina. Tocaba sordamente

en ellas.

VII

El clavicordio que calló durante todo

Persifal

(aunque estaba escuchando) puede

al fin decir algo.

Suspiros… sospiri…

Mientras Liszt toca, esta noche, mantiene

apretado el pedal marino

para que la fuerza verde del mar suba a

través del piso y se una a todas las piedras

del edificio.

¡Buenas tardes, bello abismo!

La góndola cargada pesadamente de vida;

es sencilla y negra.

VIII

Soñé que llegaba tarde el primer día de clases.

Todos en el salón llevaban máscaras blancas

sobre el rostro.

Imposible decir quién era el maestro.