El hombre y el lobo

Ma atrevería a afirmar que todos vosotros conocéis el aforismo popularizado por Thomas Hobbes hacia mediados del pasado milenio en su obra Leviatán (sobre la autoria, ver nota final) El hombre es un lobo para el hombre. Pero no os asustéis, no es esta obra la que quiero comentar en el post, si bien, es la primera asociación que ha hecho mi cabeza leyendo Santuario de William Faulkner (Alfaguara 2010. Publicado en 1931 y revisado en 1948 por el autor). Poco o nada podría yo decir de este escritor y de su obra que no se haya dicho ya. Y no me atrevería a hacer crítica de ésta; no es el objeto de este blog. Pero sí trataré de explicaros lo mucho o poco que he sacado de su lectura y cómo he interpretado sus páginas.

Por alguna razón, Santuario también me ha hecho recordar el Ensayo sobre la ceguera de J. Saramago, título,  para mí, imprescindible. No obstante, a pesar de ese curioso paralelismo, hay algo esencial que, a mi juicio, separa “la maldad humana” de Hobbes de la que nos describe el escritor portugués. Mientras el primero cree en la existencia de una maldad individual, consustancial a la naturaleza del hombre si bien susceptible de ser “domesticada” en el seno de la comunidad a través del Contrato Social, cuya celebración conlleva, necesariamente, la pérdida de cierta porción de individualidad, Saramago nos muestra a un hombre que se corrompe, precisamente, como consecuencia de la alienación que sufre viviendo en una sociedad que, en tanto colectividad, es corrupta y perversa. El hombre de Hobbes entiende la renuncia a una parte de su “yo” como un sacrificio voluntario y necesario para alcanzar la paz social; al hombre de Saramago, por el contrario, es la sociedad la que le roba su identidad y le priva de su individualidad, y esa pérdida impuesta será, precisamente, la que conduzca al caos (…perdonad si a veces me disperso un poco).

En el libro de Faulkner encontramos un poco (o un mucho) de los dos. Sus “malos” lo son por sí mismos, en tanto individuos, si bien,  la comunidad de la que forman parte, potencia esa maldad. Existe tal sinergia negativa y destructiva entre los personajes de Santuario que al final no somos capaces de discernir si la comunidad es cruel  y deshumanizada porque lo es, a su vez, cada uno de los individuos que la componen, o si por el contrario, los individuos actúan de forma abyecta por ser víctimas de un entorno y una sociedad que también lo son. Como lo del huevo y la gallina: cada uno que se quede con lo que más le guste.

En todo caso, si tanto en Hobbes como en Saramago (en éste, en menor medida) hay un atisbo de esperanza y de posibilidad de salvación, en el libro de Faulkner el MAL, con mayúsculas, es el protagonista absoluto y como en toda historia de final feliz, ese protagonista termina saliéndose con la suya. Es como si el escritor nos dijera, “¿no queríais caldo?, pues tomad tres tazas!”.

Vaya por delante que la novela negra (si es que Santuario lo es) no es un género que me resulte muy familiar. Sin embargo, creo que estamos ante mucho más que eso. Santuario es una alegoría de la abyección, de la crueldad y de la perversidad en estado puro. Un tratado sobre la naturaleza y el comportamiento del hombre (¿Antropología?, ¿Sociología?). No obstante, lo más duro del libro, más allá de la historia o historias que cuenta, es el hecho de que sus personajes no son individuos que simplemente actúan de forma perversa en unas circunstancias concretas, sino que la malignidad forma parte de su esencia y, muy probablemente, no serían capaces de actuar de otro modo.

Es posible que si alguno de vosotros ha tenido la paciencia suficiente para leer mis anteriores post ya se habrá dado cuenta de que no me gusta destripar el argumento de los libros, si bien, acepto que, al menos mínimamente, hay que contar algo de su trama. Pues bien, a raíz de la escapada de Temple Drake con un ¿chico? ¿hombre? borracho y de su fortuito accidente, Faulkner hace desfilar por las páginas de Santuario una serie de tétricos personajes que representan la esencia de todas las miserias humanas. No falta de nada. Y nadie se salvará del desastre, ni siquiera la propia Temple quien en un principio parece ser una extraña en medio de tanta vileza. Faulkner no da tregua; Santuario no contiene ni una concesión al lector.

La casa en la que por casualidad “aterrizan” Temple y su compañero (Gowan Stevens) es en realidad un trozo de infierno disfrazado de destilería de whisky. En ella viven Lee Goodwin, borracho despreciable, su compañera Ruby, madre de un bebé que malvive, descuidado y enfermo, metido en un cajón de madera que le protege de las ratas, y un viejo baboso, ciego y mudo que no es más que parte del atrezo que añade una buena dosis de sordidez. También está Tommy, el único que realmente parece mostrar algo de conmiseración hacia Temple, si bien, la razón de la misma no es otra que su condición de deficiente mental: es decir, en Santuario, la compasión es en realidad una tara. En un primer momento parecerá que también Ruby, probablemente por su condición de mujer, está dispuesta a proteger a Temple y a ayudarla a salir del averno en el que ha sido abandonada por Gowan, si bien enseguida se nos desvelará que “ha hecho callo”, como suele decirse, y que es muy capaz de mirar a otro lado. Llegará a despreciar a Temple a quien considera una niñata que no sabe nada de la vida y que juega con fuego hasta que, irremediablemente, acaba consumida por él.

Sé muy bien de que pie cojean ustedes, las mujeres decentes -dijo la otra-. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre -le dio la vuelta a la carne. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. “Soy una chica decente yo no hago eso.” Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para que se desmaye porque quizás no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuando se ve en un aprieto, ¿a quien viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que no somos dignos de atarle los zapatos al juez. (Pág. 59).

¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad. No sabe lo que se verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a la suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entones se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente le dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando […]. (Pág. 61).

Ruby encarna el Síndrome de Estocolmo en estado puro. Únicamente le importa Lee, a pesar de que por él dejó una vida mucha mejor y de que, a causa de él, se ha convertido en una esclava devota, incapaz de ver más allá de sus narices, totalmente abducida por ese personaje abyecto que la maltrata y la desprecia y al que considera la esencia de la hombría. Incluso a pesar de la desgracia que se cierne sobre Temple, su mayor preocupación es que su hombre llegue a interesarse por ella más de lo aceptable. Tan ruin como los demás.

Y entre esos demás está Popeye, el personaje que Faulkner ha concebido como la esencia de la miseria humana, que carga en sus espaldas con un pasado tétrico que no se nos desvelará hasta el final del libro, si bien no es en absoluto un intento por parte del autor de justificar su vileza.

Por su parte, Horace Benbow es el abogado que aparece por casualidad en la granja al principio del libro y que después se encargará de la defensa de Lee Goodwin, a quien acusan de un asesinato que no ha cometido sólo por ser negro, vivir en pecado y ser un mujeriego que vende whisky de contrabando. Otro borracho, insulso, mediocre y simplón. La investigación del crimen (si es que la hay realmente) y el juicio de Goodwin, ocuparán la última parte en la que el escritor no desperdicia la ocasión para mostrarnos un sistema penitenciario y judicial corruptos, y una masa de gente anónima, morbosa, llena de prejuicios y que actúa al unísono en el ejercicio de lo que considera su legítimo derecho a la defensa.

 Tampoco sale muy bien parado Gowan Stevens, el niñato borracho que sale del infierno en busca de un coche que le permita rescatar a Temple y que aún a sabiendas de lo que allí le espera a ésta, prefiere seguir su camino, olvidar lo que ha sucedido y no pensar en lo que va a suceder. Cobarde, por supuesto. Pero también frío, egoista y el cooperador necesario que con su hacer como si las cosas no ocurrieran, permite, justamente, que ocurran. A veces, eso es peor que el propio crimen. 

Lo que acontece en esa especie de casa de los horrores ocupa una primera parte del libro, si bien, a veces, nos es narrado de forma velada a través de algunas escenas que recuerdan a las películas antiguas donde detrás de un apasionado beso aparece un fundido en negro sin que a nadie le quepa la menor duda de lo que ocurre después. No hay que olvidar que la novela data de 1931, pero es posible que hoy, Faulkner, no la hubiera escrito de otro modo. No hace falta contar más.

Pero lo que hay fuera no es mucho mejor. Miss Reba, la madame dueña del prostíbulo en el que tiene lugar parte de la trama es una despreciable borracha, enorme, asmática y fría, que piensa que lo mejor que le puede ocurrir a una mujer es que un hombre de los de verdad se fije en ella y la llene de joyas a cambio de lo que sea. Miss Reba vive con dos perros que se llaman uno como ella y el otro como su difunto marido, y a los que maltrata cada vez que se emborracha; perros asustados lanudos, cerriles, malhumorados, malcriados, a los que la pomposa monotonía de sus vidas les era repentinamente arrebatada sin previo aviso por un incomprensible momento de terror y de miedo al enfrentarse con la aniquilación física por obra de las mismas manos que sinbolizaban ordinariamente la reglamentada tranquilidad de sus vidas. (Pag. 155). Tengo la impresión de que Faulkner no se estaba refiriendo sólo a los perros.

Aparecerán a lo largo del libro otros personajes, más o menos interesantes, más o menos relevantes, pero todos formando parte de ese cuadro casi dantesco y con tintes surrealistas que a veces es Santuario. Para describirlos, normalmente con mucho detalle, el escritor utiliza un recurso que ya hemos visto muchas veces: la maldad suele acompañarse de la fealdad, la deformidad o la existencia de una tara física.

Lo cierto es que en el libro no falta de nada: asesinato, violación, corrupción, celos, lujuria, voyerismo, prostitución… todo ello en una obra que, comoya he comentado, se publicó en 1931, lo que convierte al autor en un auténtico  héroe literario y en un visionario, porque ¿cuántos libros de ese género negro se han escrito después a partir de un cocktail de ingredientes parecido?.

Llegados a este punto es posible que alguno piense que no me ha gustado demasiado Santuario. Nada más lejos de la realidad. Faulkner es un maestro en la construcción de los diálogos. Desde las primeras páginas o, mejor dicho, desde las primeras palabras que cada personaje “pronuncia”, somos capaces de conocerlos profundamente. Adicionalmente, es un maestro de la descripción, no solo de las personas, sino también y sobre todo, de las situaciones que viven. Con un profuso y exacto uso del adjetivo nos hace ver cada habitación, cada objeto, y nos permite respirar cada ambiente, sobre todo esa asfixiante  y opresiva densidad que rodea la granja.

Duro, tremendamente duro. Y aunque me temo que estamos acostumbrados a ver y leer todo tipo de atrocidades, me sorprendería que a alguno os dejara impasible Santuario porque Faulkner “cuenta” muy bien aunque no sea en absoluto fácil (no apto para la playa).

A modo de conclusión: creo que después de Marías, Amis y Faulkner necesito aflojar un poco. Y creo que he encontrado el libro perfecto para ello. Os lo contaré dentro de dos semanas en mi próximo post. Hasta entonces, muchas gracias (por lo de siempre).

Un apunte: esta misma semana aparecía en El Confidencial una noticia relativa a la publicación de un estudio titulado Origins of Altruism and Cooperation, escrito por el antropólogo Robert W. Sussman y el psiquiatra Robert Cloninger que concluía que las personas somos buenas, altruistas, y con vocación cooperante, y que la ‘maldad’ surge sólo en situaciones concretas. Cada uno que se quede con lo que más le guste.

(http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2011/09/19/un-estudio-demuestra-que-el-ser-humano-es-altruista-por-naturaleza-84335/)

Sobre la autoría

La frase popularizada por Hobbes tiene su origen en la obra Asinaria (La Comedia de los Asnos), escrita por  Tito Macio Plauto (254 a.c.-184 a.c.), si bien, el texto original es algo más extenso Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit. (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).

Concretamente, la frase puede encontrarse en la Escena IV del Acto Segundo (verso 495) y es pronunciada por el personaje del Mercader, quien se niega a entregar el dinero obtenido por Deméneto con la venta de unos asnos si no es en presencia de éste, precisamente, por no fiarse de la naturaleza de los demás.

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Devoción Mariana (o casi)

Probablemente, lo lógico en este momento sería comentar la última novela de Javier Marías. El problema es que leí Los Enamoramientos hace ya unos meses y, por tanto, hacerlo supondría ir, nuevamente, en contra del compromiso que asumí al abrir este blog de escribir sobre el último libro leído y escribir sólo de un libro por entrada. No obstante, no me resisto a invitar a comentarlo a aquéllos que también lo habéis (espero) disfrutado. Tengo que admitir que me gusta todo lo que leo de Marías y, además, tengo la suerte de que aún me queda mucho suyo por leer.

Es el turno ahora de Mañana en la batalla piensa en mí (Ed. Alfaguara), novela que al igual que Los Enamoramientos ha conseguido cautivarme desde la primera página y que probablemente muchos de vosotros hayáis leído en algún momento de los últimos años. Mañana en la batalla piensa en mí (frase extraída por Marias de la obra de Shakespeare), además de servirle de título, es a la novela algo parecido a su leitmotiv y aparecerá en numerosas ocasiones a lo largo de la misma seguida o no de otras frases que, como dice el autor, son y no son estrictamente de Shakespeare, depende. A los que os interese saber algo más sobre esta “curiosidad”, que convierte el libro casi en un hipertexto, os invito a llegar a la nota final.

Al leer Mañana en la batalla piensa en mí nos encontramos nuevamente con el escritor-narrador-protagonista que es Javier Marías. Esta perspectiva narrativa, sin duda, compromete aún más al autor con su obra y, al tiempo, sirve para acercar al máximo lector y personaje. De hecho, Víctor Francés, protagonista de la obra, se dirige desde sus páginas al lector y le cuenta, de tú a tú, un capítulo completo y determinante de su vida casi como si se tratara de una confidencia.

Una de las cosas que más me llama la atención de Marías es el intimismo que impregna sus novelas. Desde la primera página, nos muestra a Víctor Francés en un estado de desnudez psicológica tan intenso que en algunos momentos consigue convertir al lector casi casi en un voyeur. Desgrana hasta el último de sus pensamientos y tribulaciones y serán justamente éstos, más que los diálogos que mantenga, los que nos permitan descubrir cada matiz de su personalidad. Más aún, Marías es capaz de diseccionar sus personajes, ya sean hombres, ya sean mujeres (como lo es María, protagonista de Los Enamoramientos), y después lanzar los pedazos al lector para que éste los digiera, casi sin masticar, con todas sus carencias y debilidades. Ese “travestismo narrativo” (permitidme la expresión), criticado por algunos, es para mí una de sus grandes virtudes y contribuye en buena medida a que sus personajes sean perfectamente creíbles; precisamente, por humanos. Otra de las cosas que me gusta de Marías es su capacidad para expresar lo que parece obvio y por ello, precisamente tan difícil de traducir a la palabra. Me refiero, sobre todo, a los sentimientos.

Víctor Francés es en el libro lo que piensa y lo que siente. Al resto de personajes sólo lo conoceremos a través de las palabras y los ojos de éste y, por tanto, nuestra percepción de los mismos estará siempre cargada de subjetividad. No sabremos de ellos más que lo que aquél quiera que sepamos. La consecuencia es que la narración se vuelve algo capciosa (¿acaso no lo somos todos un poco cuando contamos nuestras vivencias?). Por eso, y a pesar de las simulitudes que he encontrado entre el protagonista y otro de los personajes, Marías-Víctor Francés ha conseguido ganarse mi empatía, mientras que el Víctor Francés-Deán (ese otro personaje) me ha resultado despreciable.

Por lo que a la trama se refiere, ya desde la primera frase de Mañana en la batalla piensa en mí se nos desvela cuál será el suceso axial de la obra; quizás porque no es tan importante lo que se cuenta sino el cómo se cuenta. Víctor Francés es un hombre recientemente divorciado que acepta la invitación a cenar en casa de una casi desconocida, madre de un niño pequeño y esposa de un marido ausente, que morirá durante esa cita antes de que la infidelidad llegue a consumarse. La muerte de Marta Téllez será el suceso a partir del cuál el narrador-protagonista nos haga partícipes de lo que le ocurre “durante y después” (e incluso antes), tanto a él como al resto de los personajes, en cuyas vidas conseguirá entrar de forma premeditada si bien, casual.

Víctor Francés es además un escritor habituado a ejercer de negro que aún conserva cierta vanidad. Será precisamente su trabajo la puerta que le permita acceder a la familia Téllez y a Deán, viudo de Marta, valiéndose de la ayuda de su amigo Ruibérriz, personaje del que se servirá Marías para ironizar sobre el mundo literario, sobre la importancia que damos a las apariencias y ya de paso, sobre la institución de la monarquía y su corte que, todo hay que decirlo, no sale muy bien parada. La reacción del protagonista ante la muerte de Marta nos descubre a un hombre en cierto modo angustiado, si bien no tanto por la muerte de su “no amante” como por las consecuencias que dicha muerte y su condición de testigo de la misma puedan tener en su propia vida. Por eso es, ante todo, un hombre deseoso de huir, que incluso puede mostrar en algún momento cierta frialdad ante lo acontecido. De esta forma, se incide en la dificultad, tan típicamente humana, de asumir las consecuencias de los propios actos y en la capacidad, también propia del hombre, de justificar dichos actos dotándolos de una especie de “condición de inevitables”. El miedo no deja al protagonista intervenir en lo que parece ya no tener remedio, si bien, sí intervendrá (dejando comida al niño) en aquello que cree que puede evitar y de lo que, de algún modo, se siente responsable. Esa soledad en la que deja a Marta Téllez y que sin duda le llena de remordimientos, será lo que le atormente en adelante y probablemente, esa especie de tormento constituya la razón de ser del título de la novela.

Es posible que hayáis notado que he puesto en cursiva la condición de recientemente divorciado del protagonista. Así se refiere a él la contraportada del libro, si bien no tengo del todo claro que eso sea así exactamente. La razón no es otra que la historia que recuerda el protagonista, vivida hace ya tiempo (y aquí es donde está la clave), en la que confunde a una prostituta con su ex mujer, Celia. Victoria, que así se llama la prostituta, entablará con él una curiosa conversación, seguida de sexo, que le hará reflexionar sobre las relaciones humanas. Será esa escena y la que tiene lugar a continuación en la casa que compartía con su ex-mujer,  las que parezcan ser más cercanas en el tiempo a su divorcio y las que servirán al escritor para introducir reflexiones sobre lo doloroso de la ruptura, por muy inevitable que ésta fuera, el sentido de la propiedad que desarrollamos sobre las personas a las que queremos, lo hiriente de vernos sustituidos por aquél o aquélla para la que poco antes eramos todo, o la necesidad de buscar la intimidad física perdida (en realidad, creo que la supuesta confusión Celia-Victoria no es más que la justificación que busca el protagonista al hecho de satisfacer su deseo-necesidad con una prostituta, lo que hasta ese momento, como él mismo indica, no había hecho).

No quiero desvelar más datos del argumento, pero sí quiero dedicar unas pocas líneas al resto de personajes que aparece en la novela. Deán, el viudo, el (a mi juicio) despreciable, se nos aparece como un sujeto capaz de amoldar y manipular sus sentimientos según las circunstancias: las personas le sirven o no y, en definitiva, a las personas las quiere o no en función de lo que más le convenga en cada momento. Esa capacidad de adaptación y la inevitable frialdad que la acompaña probablemente constituyan su fortaleza pero son, justamente, lo que lo convierten en despreciable. Aquí es donde encuentro su mayor similitud con Víctor Francés quien no obstante, tiene mi simpatía. Si se analiza con un poco de atención la relación de éste con el hijo de Marta Téllez, enseguida se ve que el niño sólo empieza a interesarle en el momento en el que empieza a interesarle, a su vez, Luisa, la hermana de Marta. Y ello porque piensa que en algún momento podrían llegar a tener una relación “seria” y asume a ese niño como parte de la vida de su futura compañera cuando ese mismo niño, hasta ese momento, no había sido más que un estorbo. Muy humano, ¿no os lo parece?.

Sobre este libro se podría escribir muchísimo más pero creo que para un post resulta más que suficiente. Si ha conseguido despertar el interés por la novela en alguno de vosotros, consideraré el tiempo invertido en escribirlo como bien empleado. Y ello aún a riesgo de que no le guste porque la realidad es que me temo que existen casi tantos detractores de Marías como lectores asiduos de su obra. Aunque creo que si hay algo que no se le puede discutir es lo trabajado de sus novelas. En Mañana en la batalla piensa en mí, por ejemplo, utiliza muchas de las “ensoñaciones” del protagonista para dar contenido a escenas que transcurren al final del libro, repitiendo pasajes enteros y dotándolos de significado. Me gusta el resultado.

Para terminar, os envío mis agradecimientos (por lo de siempre). Ahora me toca centrarme en la lectura,  que estos días la he tenido algo abandonada y empiezo a quedarme sin material para el próximo post. Creo que estoy en condiciones de adelantaros que lo publicaré en unas dos semanas (espero que esta sea la cadencia habitual).

Hasta cuando os apetezca!.

Mañana en la batalla piensa en mí (PVI)

No quería torturar más de lo imprescindible a aquéllos que no les interese demasiado el orígen shakesperiano del título del libro incluyendo estas referencias en el, ya de por sí largo, post. Por ello, he preferido preparar esta especie de anotación  que va dirigida a todos aquéllos que, como yo, tengan curiosidad por este tipo de cosas. Si además les gustan las obras del dramaturgo inglés, tanto mejor.

La edición de Alfaguara que he leído (2010) incluye al final sendas notas firmadas por el autor y dirigidas a los “aficionados a la lectura” y a los “aficionados al cine”, respectivamente. En la primera de ellas, Marías nos desvela el origen “shakespeariano” del título indicándonos que proviene de la Escena III del Acto V de Ricardo III.

Ello nos sitúa casi al final de dicha obra, concretamente en la noche anterior a la batalla en la que el Rey Ricardo III perderá la vida vencido por el Duque de Richmond, quien lo sucederá en el  trono de Inglaterra como Eduardo VI. Esa noche, ambos contrincantes descansan preparándose para el combate y ambos serán visitados por los espectros de todos aquéllos  a los que Ricardo asesinó (incluyendo sus dos sobrinos de corta edad), precisamente, para conseguir llegar al trono. No obstante, el objeto de estas apariciones es radicalmente opuesto en un caso y en otro: mientras que los espectros animan al Duque de Richmond a vencer en la batalla y a acabar con el enemigo, atormentan al monarca recordándole el modo en el que les dió muerte y anunciándole que la próxima batalla acabará con su vida.

Es justamente esta escena la que Víctor Francés (pags. 278-279) ve en la televisión de su casa la noche que conoce a Victoria, la prostituta a la que confundió con su mujer. Y será esa misma escena la que se repetirá en su cabeza, en forma de pesadilla, a raíz de la muerte de Marta Téllez. Al protagonista le llaman la atención, sobre todas las demás, las palabras que le dirige al Rey Ricardo el espectro de Lady Anne, esposa del monarca repudiada por éste. Idénticas palabras serán utilizadas, un par de páginas más adelante (pág.281), cuando el propio Víctor Francés se pregunte si le habrá ocurrido algo a Celia. El texto original es el que reproduzco a continuación (no me resisto):

Richard, thy wife, that wretched Anne thy wife, 
   That never slept a quiet hour with thee, 
   Now fills thy sleep with perturbations
    To-morrow in the battle think on me,
    And fall thy edgeless sword: despair, and die!

En el libro aparecen también otras frases de la misma escena de Ricardo III, bien aisladas, bien enlazadas  entre sí formando el siguiente párrafo:  Mañana en la batalla piensa en mí, cuando fui mortal, y caiga herrumbosa tu lanza. Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo el plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí. Desespera y muere. Os indico  a continuación dónde podéis encontrar cada una de ellas:

  • Todos los espectros, a excepción del Duque de Buckingham,  terminan sus respectivos alegatos con el verso despair and die! (o, en el caso del Príncipe Eduardo, despair, therefore and die!), que equivaldría, como es evidente, al desespera y muere de Marías.
  • Jorge de Clarence (hermano del monarca) y Lady Anne incluyen en sus intervenciones la frase tomorrow in the battle think on me; el Duque de Buckingham la pronuncia, si bien algo alterada (tomorrow in tha battle think of Buckingham).
  • Los espectros del Príncipe Eduardo, Jorge de Clarence y Rivers entonan un “Let me sit heavy on thy soul to-morrow”, que podría equivaler al “sea yo plomo en el interior de tu pecho”.
  • El espectro de Vaughan, por su parte, dirige al Rey las siguientes palabras, que hacen alusión al caiga tu lanza: Think upon Vaughan, and, with guilty fear, Let fall thy lance: despair and die!. 
  • Enrique VI alude a su ya perdida condición de mortal: Whun I was mortal, my anointed body […].

Respecto del adjetivo herrumbosa, el propio Marías afirma que no ha sido extraída del texto del dramaturgo inglés, si bien nos indica que puede encontrarse en la obra de Miguel Hernández o de Juan Benet.

Evidentemente, no es casualidad que en el transcurso de la reunión que mantiene el protagonista en palacio, el Monarca cuente como en una noche de insomnio encendió la televisión y pudo ver parte de una película protagonizada por Orson Welles que narraba los años de la monarquía británica de Enrique IV y Enrique V, predecesores en el trono inglés de Ricardo III, y cuyo título no recuerda. Víctor Francés le desvela que se trata de Campanadas a Medianoche.

Cont.: Verano 2011…

Fue la publicación de El año de Saeko, de Kyoichi Katayama (Ed. Alfaguara) y una recomendación (y por qué no decirlo, el tamaño del libro, tan apto para la toalla, la tumbona o la silla de la playa) lo que me llevó a leer Un grito de amor desde el centro del mundo, supuestamente, la novela japonesa más leída de todos los tiempos. El título no presagiaba nada bueno pero no pocas veces nos engañan los traductores. Historia de un amor adolescente, idílico y perfecto que se ve interrumpido antes de que la rutina, el aburrimiento o el enfrentamiento con la complejidad de la edad adulta consigan acabar con él (de aquí su perfección). No logró emocionarme ni conmoverme aunque, gracias a su brevedad, tampoco consiguió aburrirme. Me pregunto qué pintaba Sakutaro con los padres de Aki y las cenizas de ésta yendo a Australia… (el libro comienza justo a la vez que ese viaje y a partir de ahí, es el propio Sakutaro quien narra la historia). Dudo que un adolescente de dieciséis años sea capaz de pronunciar una frase del tipo A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. A lo mejor en Japón sí…. El problema es que tengo El año de Saeko en la mesilla (cometí el error de comprar los dos libros a la vez), y aún no sé muy bien qué hacer con él.

Los últimos días de mi retiro vacacional los dediqué por entero a la La viuda embarazada (Martin Amis, Ed. Anagrama), curioso título que, esta vez sí, concuerda con el original. Pero que no os lleve a equívoco;  la viuda embarazada es la expresión utilizada por Alexander Herzen (confieso haber buscado este nombre en Internet), para definir la herencia que nos deja la muerte de las formas contemporáneas del orden social y, en definitiva, la muerte del mundo tal y como lo conocemos en cada momento. Eso es lo que Amis quiere mostrarnos en su novela a través de la narración de las vacaciones de un grupo de veinteañeros  en un castillo en Italia en el verano de 1970, es decir, en los inicios de la revolución sexual y, como ha apuntado el propio Amis, del feminismo. Y será precisamente el sexo, si bien expuesto desde una perspectiva más allá de lo físico, el elemento que sirva de nexo de unión entre los personajes;  la visión que cada uno de ellos tiene del mismo, la percepción “sexual” que todos ellos tienen entre si de forma recíproca, así como las vivencias sexuales, más o menos procaces, que hayan tenido y tendrán durante ese verano, serán los ingredientes a partir de los cuales se nos exhiban sus respectivas personalidades. En algunos momentos, parece que nos encontremos casi casi ante un “dime cómo follas y te diré cómo eres” o un “eres lo que follas” o quizás, por el contrario, estemos en realidad ante un “follas lo que eres”….. Amis busca (y en cierto modo consigue) ahondar en los efectos que en cada personaje tendrá lo que acontezca ese verano, como si éste fuera un anticipo de lo que será el resto de sus vidas. El protagonista, Keith Nearing, se nos muestra como un proyecto de escritor inmaduro, hedonista, superficial y narcisista que lee de forma casi compulsiva novelas de Jane Austen, las hermanas Brontë o D.H. Lawrence. Como contrapunto y, a la vez, complemento necesario, encontramos a su ex-novia-amiga Lily, promotora de esas vacaciones,  insegura y algo superada por una revolución sexual de la que no quiere, en modo alguno, quedarse al margen. Referencia obligada es el personaje de la hermana de Keith, Vi (Violet), que resultará arrollada por esa revolución que exige la malicia de Scheherazade o de Rita para sobrevivir. Vi, alter ego de la hermana del autor muerta a los 48 años víctima de las drogas y el alcohol, en palabras del propio Keith,  no es una mujer; es en realidad una niña grande en un mundo de adultos que no busca en el sexo más que seguridad y que sin duda encarna la noche de desolación y caos que habrá de discurrir, según Alexander Herzen, entre la muerte de un mundo y el nacimiento de otro. Amis se regodea en la descripción de escenas acontecidas en ese verano, algunas de las cuales resultan tremendamente similares entre si, si bien salpicándolas de referencias al futuro del protagonista. Tras esa disección de lo acontenido en Italia, donde el tiempo parecía no transcurrir, dedica los escuetos últimos capítulos a narrar, de forma casi telegráfica, lo que ocurre en los años posteriores con la evidente intención de incidir en que ese verano, espacio temporal breve que ocupa no obstante la mayor parte del libro, fué el cénit que marcó definitivamente la vida de los personajes: lo que aconteció antes es irrelevante; lo que acontece después es una consecuencia de lo ocurrido en el castillo. De hecho, en algún pasaje del libro que no logro encontrar el propio Keith afirma que ese verano fué lo único real de su existencia y, sin duda alguna, lo mejor de ella (Permitidme una licencia al recordar a J. Manrique: Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.)

El feminismo es el otro eje de la narración si bien concebido como necesidad, por parte de la mujer, de comportarse como un hombre para ser capaz de sobrevivir a esa revolución sexual y, sobre todo, participar de y disfrutar con ella (Era ya obvio que toda adaptación dura y difícil iba a recaer sobre las chicas. No sobre los chicos, que ya eran todos así, de todas formas. Los chicos podían seguir siendo chicos. Eran las chicas quienes tenían que elegir. Y la ingenuidad, probablemente, se había terminado. Tal vez, en aquella nueva era, las chicas necesitaban miras. Pág. 394). Lily lo intenta, quiere hacerlo, pone todo su empeño en ello (Si no nos gusta, siempre podremos… Quiero actuar como un chico durante un tiempo. Y tú no tienes más que seguir siendo como eres. Pág. 36), si bien, es sin duda alguna el personaje de Gloria el que mejor encarna esa “metamorfosis” necesaria con la creación de las “chicas-polla”, figura metonímica que se repite a lo largo de todo el libro y con la que la propia Gloria se siente totalmente identificada (y así la verá el propio Keith).

Resulta casi obligado decir que la narración trata otros temas en absoluto menores (y que no pasarán desapercibidos a quien decida enfrentarse a ella) cuales son la imperiosa necesidad de construirse a uno mismo (contraportada del libro), la búsqueda de la aprobación de la “comunidad”, a la que se contrapone un individualismo exacerbado, o la inseguridad y el miedo propios del momento de transición hacia la edad adulta. No obstante, tengo que reconocer que la lectura me costó. La viuda embarazada no es un libro fácil ni una novela “al uso” (por momentos incluso dudé de que fuera una novela en sentido estricto); requiere disección y ciertas dosis de ejercicio mental. Probablemente  lo leí en un contexto inapropiado (no es libro para toalla ni para tumbona) pero lo cierto es que me quedé con la sensación de que le falta algo para que pueda afirmar que me ha parecido un libro redondo, aunque no sabría decir qué; me encantaría que me diérais alguna pista. Lo que sí sé, es que ese “algo”, para mí, resulta esencial. En todo caso, tengo más que claro que le daré a Amis una segunda oportunidad (no había leído nada suyo hasta esta viuda embarazada; se admiten sugerencias) y no me cabe duda de que a muchos de vosotros os gustará, y mucho. Quizás, en realidad, esa segunda oportunidad me la esté ofreciendo él a mí.

Pag. 404: ¿Qué se hace en una revolución? Esto. Te apenas por lo que se va, reconoces lo que permanece, saludas a  lo que llega.

Esto es lo que han dado de sí mis días de retiro. Gracias a los que habéis llegado hasta aquí; aunque solo sea por lo de siempre.

PD:  las nueces, con vuestro permiso, las  reservo para mí.