Verano 2011: mucho libro y algunas nueces

Como excepción a la regla de dedicar cada post al último libro leído, intentaré resumiros en éste lo que ha dado de sí este ¿largo? verano, literariamente hablando.

Agosto empezó con Lamentaciones de un prepucio, de S. Auslander (Ed. Blackie Books, hasta ahora desconocida para mí, todo sea dicho). Curioso título para un curioso libro que inevitablemente recuerda a El lamento de Portnoy de Roth, si bien, a mí me ha convencido más. Irónico, procaz, políticamente incorrecto, muchas veces irreverente, divertido y, en cierto modo conmovedor, porque detrás de la historia (autobiográfica) de este periodista americano de familia ultraortodoxa judía, cargada de matices surrealistas, se nos descubre el vacío y la eterna contradicción del personaje que quiere crear una identidad propia pero no es capaz de deshacerse de la que le impone la realidad que vive o, en este caso, ha vivido. Ser capaz de “soltar amarras”, de cuestionar aquéllo que nos han enseñado y, en definitiva, de pensar y decidir por uno mismo es, obviamente, síntoma de madurez. Pero quizás el problema sea el decidir si realmente queremos ser adultos. Auslander se muestra a si mismo como un individuo que intenta en todo momento guiarse por la razón, si bien, es incapaz de desprenderse, por culpa de una fe de la que reniega y a pesar de ello profesa,  de la convicción de que existe un dios onmipresente, que todo lo vigila y todo lo castiga; un dios casi cruel, que se burla de los hombres y juega permanentemente con ellos como si fueran piezas de ajedrez. No obstante, el escritor trata a ese dios en un plano de igualdad; habla con él de tú a tú, discute con él, de algún modo se venga de él (lo que siempre le conduce al arrepentimiento) y, sobre todo, intenta negociar con él. Todo ello narrado con un humor ácido e ingenioso. El libro contiene escenas realmente memorables que seguro arrancaran la carcajada (o al menos la sonrisa) de muchos de vosotros. En algunos momentos me he alegrado de no tener un hijo varón en edad adolescente; sin duda, no sabría manejar determinadas situaciones (si os animáis a leer el libro, quizás descubráis porqué). En cuanto al título, de un lado es un adelanto de la metonimia que el escritor desarrollará a lo largo de toda la obra y que poco a poco se universaliza alcanzando su punto álgido cuando afirma que todos somos prepucios; de otro, quiere mostrarnos la circuncisión como el hecho clave que marcará la existencia del individuo y le hará vivir, pensar y actuar en un sentido o en otro. Es precisamente la decisión de circuncidar o no a su primogénito lo que servirá de excusa al autor para hacernos partícipes de toda esa reflexión sobre la vida, la religión y, en definitva, la condición humana que es Lamentaciones de un prepucio.

Agosto continuó con La Humillación, precisamente de Phlip Roth (Ed. Mondadori), título que me ha reconciliado, en buena medida, con este autor. Novela breve pero intensa; pocas páginas en las que se ponen de manifiesto de forma siempre descarnada no pocas debilidades y miedos humanos. Con la muerte de fondo, como no podía ser de otra manera; muerte como solución última para aquél que no asume el paso del tiempo o, mejor dicho, la merma que para el individuo supone. Ese aquél no es otro que el recurrente personaje-actor que un día descubre que actuar ya no le emociona y, lo que es peor, que actuando ya no es capaz de emocionar a los demás, a su público, otrora rendido a su talento y, en definitiva, a su persona. Pero en el libro de Roth, detrás de este acontecer, hay algo más que una vanidad herida: la existencia del personaje, su vida entera, se desmorona ante esa pérdida del talento que, adicionalmente, le condena al ostracismo, llegando incluso a perder a su mujer. Porque esa vida, y su propia identidad, habían sido construidas alrededor de su yo actor; el protagonista no era más que eso y, en consecuencia, desaparecido el actor, desaparece el hombre. No obstante, en algún momento se intuye algo parecido al amor en tanto forma de salvación de quien ve como su realidad se ha precipitado cuando se tenía la convicción de que,  a partir de cierto momento, la trayectoria vital debe ser comparable a una línea recta y plana que conduce, sin sobresaltos, al final. Roth muestra así una suerte de relación entre un Pigmalión prácticamente acabado y una Dorotea frívola, manipuladora, caprichosa e inconstante y, en definitiva, no apta para ser redimida ni mucho menos para redimir. El sexo, que en un principio anuncia la vuelta a la vida, la recuperación de la autoestima y, en definitiva,  la asunción de que aún queda algo por vivir, se vuelve explícito, obsceno e incluso degradante (¿humillante?); la condición de lesbiana de Dorotea se plasma en un desmedido afán de instrumentalizar al amante.  ¿Quién da más en tan pocas  páginas?.

A ese “corto” le siguió otro: El hombre sentimental, de Javier Marías (Ed. Alfaguara). Terminado en un autobús cuando creía que nunca más haría un viaje largo en uno de ellos. Pero aquí sigo (los caminos del Señor son inescrutables). Amor platónico, paciente, complaciente, sabedor de no ser correspondido pero con la vanidosa convicción de serlo algún día. A la vez vigilante, posesivo, egoista y, en ocasiones, condescendiente. Por ello, quizás no sea tal, si bien es posible que la actitud final de Manur, de alguna forma, consiga redimirlo. La mujer, Natalia, prostituida, encerrada y resignada, cree encontrar en el protagonista aquello que la hará feliz cuando puede ser que, sencillamente, sea incapaz de serlo. El incauto cantante de ópera, capaz de todo por el amor a Natalia; narrador de la historia en forma retrospectiva, en forma de sueño (sueño también como algo incapaz de realizarse). Y bullendo por encima de todos el extraño y enigmático Deán, encarnación de la necesidad tan primaria de sentirnos acompañados y escuchados, y encarnación también de lo que de mercantil y de transacción hay en todas las relaciones humanas. Otro breve intenso.

Me temo mucho que este post tendrá una segunda parte. Gracias a los que habéis llegado hasta aquí (aunque sólo sea por el coste de oportunidad que ello acarrea).

BOMARZO

Es más que probable que muchos de vosotros os hayáis dado cuenta de que el nombre de este blog se corresponde con el del protagonista del libro de M.M. Láinez que da título a esta primera entrada (sirva de presentación). ¿Por qué éste?. Quizás porque es el que marcó la transición de mi afición a la lectura al entendimiento de ésta como algo que trasciende al entretenimiento. Sobre todas las cosas, la lectura me ha venido acompañando a lo largo de la vida; en todos los momentos, incluyendo el de ahora que podría definir de ¿transición? ¿reinvención? (no sé muy bien nominarlo ni menos aún explicarlo; quizás por eso soy lectora y espectadora de lo que otros escriben. Y nada más que eso).

Os contaré en cada entrada algo sobre el último libro que haya leído. Simplemente compartiré con los que me conocen y con aquellos que por casualidad o no la lean, lo que de cada “experiencia literaria” haya extraido. Con el ruego de que hagáis comentarios, sugerencias, críticas (y lo que os parezca) al libro y, por supuesto, a cada post. Y, ante todo, me encantaría que éste fuera un blog “interactivo”, a través del cuál me hagáis a mi vez partícipe de lo que cada libro, o al menos uno especial, os ha enseñado, lejos siempre de la crítica literaria y cerca siempre de la lectura como vivencia.

Mi motivación resulta del hecho de tener cerca personas que en ocasiones me preguntan qué leer y, además, se dejan incluso guiar por mi criterio, lo que nunca dejará de sorprenderme ni de halagarme. La mayoría de ellas, amigas; a ellas les debo, junto a la lectura, el no haberme sentido, en muchas ocasiones, sola.

Por último, muchas gracias a los que habéis llegado hasta aquí y habéis dedicado, en consecuencia, unos minutos de vuestro tiempo a la lectura de este post. Aunque sólo sea por el evidente coste de oportunidad que ello acarrea.